vie. Abr 17th, 2026

“¿Esto es útil para tomar fotografías? ¿Como funciona?” pregunta Ana Victoria, una niña venezolana de 6 años, muy curiosa, apuntando a la cámara. Sí – respondí – simplemente presionas este botón y aparece la fotografía. Puedes intentar tomar una foto de tu madre, de tu hermano o del equipo que está aquí asistiendo. O si me permiten puedo tomarles una foto a los tres:

La familia de tres espera en el consulta de la clínica móvil de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Danlí. El niño de cuatro años, Deivid, sufre desde hace varios días fiebre y diarrea aguda. La pequeña Ana solo tenía fiebre, la cual, al parecer, no era nada grave, dijo su madre. “Salimos de Venezuela hace seis años, Fuimos a Brasil como refugiados. y luego nos quedamos allí por mucho tiempo. La gente allí era muy buena, están con los migrantes, pero el salario que uno gana no alcanza para vivir. Como migrante no tienes ventajas, mi trabajo era de vendedor ambulante. Ahora mi objetivo es irme a Estados Unidos a conseguir más dinero y volver a Brasil construir mi casa allí“, dice Betania.

El sol arde en Danlí, municipio ubicado a una hora de la frontera entre Honduras y Nicaragua. Como si de una zona desértica se tratara, quema la piel, deshidrata, exaspera e irrita. Cerca del Instituto Nacional de Migración (INM) se ven dos filas casi interminables: una donde las personas intentan tramitar su permiso especial de tránsito, que les permitirá, durante cinco días, cruzar territorio hondureño. Y otra fila para recibir diferentes cuidados médicos en las clínicas del equipo de MSF y otras organizaciones humanitarias.

Este aumento del flujo migratorio tiene impacto médico-humanitario que viola a las personas en movimiento de diferentes maneras. Las clínicas de MSF enfrentan cada vez más enfermedades relacionadas con la falta de agua y saneamiento. Estos efectos ya no tienen que ver sólo con si ingirieron agua contaminada mientras cruzaban la selva del Darién, pero ahora estas personas no tienen acceso a agua potable ni acceso a otros servicios básicos.

“Todos los días escuchamos historias de personas en movilidad que afirman haber adquirido estas condiciones durante su estadía en la selva del Darién. A esto hay que sumarle el hecho de que estas personas no tienen dónde bañarse, lavarse adecuadamente las manos o donde realizar sus necesidades fisiológicas. Además, no tienen acceso a servicios de salud y la mayor parte del tiempo suelen pasar la noche en condiciones precarias y hacinadas, lo que empeora considerablemente su frágil estado de salud y, por tanto, aumentar su susceptibilidad a cualquier tipo de infección“, describe Luis Montenegro R., médico de las clínicas móviles de MSF.

Además de estos síntomas, la gente acude para intentar curar las heridas realizadas durante el recorrido por algún tipo de caída o golpe. Así lo menciona la señora Angely, una mujer que para evitar ser atrapada por la policía de inmigración se cayó mientras bajaba rápidamente del autobús que la ayudaría a cruzar la frontera. Acudió a las clínicas en busca de analgésicos y para confirmar que todo estaba bien.


“Fue muy difícil decidir si ayudar a los míos o ayudar a otras personas. Viajo sola con mi hija de 14 años, ella fue muy valiente, siempre le digo: ‘perdón por traerte’ pero en ese camino se pierde esa calidad humana de ayudar a los demás. Nunca repetiré esta experiencia en mi vida”, describió Angely con lágrimas en los ojos.

La protección del parque Monumento a La Madre

En las últimas semanas, Danlí se convirtió en lo que parece ser un nuevo epicentro de la crisis migratoria regional. Esta vez más complejo. Según cifras del Instituto Nacional de Migración (INM), a septiembre de 2023, más de 257,885 personas han ingresado al país de manera irregular hacia Honduras, duplicando las cifras alcanzadas en 2022. Y esto podría significar un subregistro si mencionamos que las autoridades de Panamá registró más de 330.000 personas cruzando la Darién y no se consideran aquellas personas procedentes de Cuba y Haití que llegan por vía aérea a Costa Rica y Nicaragua.

Como nunca antes se había visto, los parques de la zona empiezan a convertirse en campamentos improvisados. Es la feria del maíz, un evento tradicional para el pueblo de Danline. Era importante entonces agilizar el paso de estas personas para no perturbar el turismo: “les vamos a facilitar transporte gratuito hasta la frontera con Guatemala”. Si bien la idea era aliviar ese gasto, no era un servicio diario. Personas, cientos de ellas, siguen instalando sus tiendas de campaña en este lugar para intentar descansar.

Hay olor a humo, como en los pueblos cuando encienden los leños para empezar a cocinar. Sonriendo muestran sus arepas, muy apropiadas ya que son de origen venezolano.

“La diferencia es que en Colombia solo los fríen y solo les agregan queso, nosotros les damos más sabor”, comienza a decir Nanmalys recostada de su cama de cartón. Ella, acompañada de su hermana Patricia y su hijo menor, Rodrigo, se instalan para iniciar la charla. Ante la incomodidad de esta cama de cemento con lámina de cartón, se veían muy acogedores, cuidándose unos a otros.

“Llegamos hace cinco días Honduras y hemos estado durmiendo aquí bajo la lluvia y el sol. Nuestro permiso especial de tránsito ya venció, no pudimos salir porque desde que pasamos por Nicaragua nos quedamos sin dinero. Allí –Nicaragua– Nos salieron personas armadas y nos dijeron que si no pagábamos no podíamos cruzar la frontera. Por eso seguimos aquí, porque estamos ajustando el billete para continuar nuestro viaje a Estados Unidos”, explica Nanmalys.

“Es muy difícil porque No tenemos acceso a baños, utilizamos espacios públicos y esto luego recae sobre nosotros., porque la gente local ya no nos quiere aquí. Y lo que queremos es simplemente continuar. Cuanto más rápido pasa todo, menos sufren nuestros hijos”, describe la mujer.

“Señora, ¿qué ofrece?”, mencionan Esnailyn y Lorei, un par de venezolanas que se suman a la conversación. Los dos cuentan sus dolencias físicas: fiebres, dolores de cabeza, dolores corporales. Y también señalan sus malestares generales como no tener espacio para dormir, para poder hacer sus necesidades fisiológicas, para poder bañarse.

“Duele estar enfermo, querer ir al baño y no tener adónde ir. Nos cobran un dólar por ir al baño, si vamos cuatro o cinco veces al día el total que nos cobran se convierte en un plato de comida. Se gasta mucho dinero en poco tiempo. Nos están cobrando 40$ por el billete y somos siete. A veces ignoran que estamos aquí sólo de paso, nuestra intención es sólo llegar a Estados Unidos”.

Se acerca la noche y más personas se reúnen en el Monumento a la Madre para intentar recuperar algo de energía física. Con la esperanza de que la comunidad de acogida pueda proporcionarles, lo que sería muy cómodo para ellos, algo de comida y agua.

Historias de la selva del Darién

A unos kilómetros de la oficina del INM en Danlí se encuentra el Centro de Atención a Migrantes Irregulares o CAMI. Un espacio de descanso que también cumple la función de oficina de extranjería. Más personas esperan completar su proceso migratorio, bajo el sol y con las mismas dificultades, para poder cruzar el país.

“Este niño es un héroe, nadó como pez en el río de la selva para ayudar a otras personas”, empieza a decir un grupo de hombres que estaban al principio de la fila.

Se trataba de Enmanuel, un niño venezolano que a sus 11 años demostró mucho coraje y humanidad para ayudar a sus compatriotas que también atravesaban la selva. “En eso Río Bajo Chiquito Había una parte profunda y yo ayudaba a la gente, me tiraban sus bolsas y yo las agarraba para llevarlas al otro lado del río. Me gusta ayudar a los demás. No he tomado clases de natación, aprendí a nadar en un río en Colombia. Nunca imaginé que nadaría en la selva y no sentí miedo”, dice el pequeño nadador que de mayor prefiere ser jugador de baloncesto.

Viajando únicamente con su madre, quien en Venezuela se dedicaba a la repostería, abandonaron este país debido a la compleja situación económica y social. “Al estar en la selva siempre era mirar hacia adelante, sin mirar para los lados ni para atrás. Él ya sabía todo lo que estaba pasando allí y tenía miedo por él -su hijo- y por mí. Conocimos a un grupo de personas en la selva y nos juntamos para seguir viajando”, añade Imalia, su madre.

En esa misma fila también esperaba Rosa Idalia, vestida de la manera más cómoda y protegiéndose del sol con una gorra. Ella estuvo atenta escuchando la conversación, con la intención de contar también su experiencia. Ella no cuestionó hacerlo y añadió a la conversación: “Cruzar la jungla es muy duro, pero se siente más difícil salir de ella y encontrarse con una situación más inhumana. Hay gente durmiendo en la basura, nos restringen mucho, solo se nos acercan migrantes para pedir información y así subirnos a los buses”.

Pese a ello, un elemento en particular la mantiene positiva a pesar de la adversidad: su nieta. “Antes de salir del Perú le quité esta muñeca a mi nieta de dos años. Todos los días le doy un beso, la abrazo en los momentos más difíciles y me concentro en sus sueños, hacia dónde voy. Siempre pienso en mi nieta y más en el día que le tocó celebrar mi cumpleaños número 62 en la selva”.

En ese momento las autoridades de la CAMI abrieron el portón y la fila comenzó a avanzar. Rosa Idalia no pudo compartir cómo pasó su cumpleaños, quizás una celebración que no olvidará. Finalmente logra ingresar para continuar con su gestión migratoria y así lograr su sueño así como el de los miles de migrantes que ingresan a Honduras cada día: llegar a Estados Unidos.

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