mar. Jul 7th, 2026

Picio, lo digo sin ánimo de ofender, fue muy feo. Antiguamente, la mujer que se casaba con un novio que no era guapo decía para justificarse: “El hombre y el oso, cuanto más feo, más bonito”. Pero Picio era más feo que el pecado. Ese pecado feo, lo aclaro, porque hay algunos muy hermosos que con gusto volvería a cometer si la virtud me lo permitiera. (La palabra latina virtus significa virtud, pero también significa fuerza, energía). El caso es que el desgraciado Picio se enamoró de Liriola, una hermosa muchacha. Tan vehemente era su amor por ella que ella le propuso matrimonio. Actualmente muchas parejas rehúyen el matrimonio. Parece que tienen miedo de hacer un compromiso duradero. Tampoco quieren traer hijos al mundo: ahora tienen “perros” y “gatitos”, pero no hijos, si se me permite reiterar. Cosa de los tiempos. Liriola rechazó a Picio, definitivo. Ella le dijo: “No me casaría contigo ni aunque fueras el último hombre sobre la Tierra”. El pobre Picio arriesgó, emocionado: “¿Y si fuera el penúltimo?”. Cuesta creer lo que le pasó a Don Pioquinto Sexto, un profesor de latín. Enseñaba a sus alumnos la primera declinación de esa lengua muerta, la más viva de todas. El maduro profesor llevaba en un bolsillo de su chaleco una botellita con un centilitro de las maravillosas aguas de Saltillo, cuya virtud potenciadora es conocida en todo el mundo. Pues bien: Por accidente se abrió el pomo, y cuando la maestra escribió “rosa-rosae” una gota de esas linfas taumatúrgicas cayó sobre la pizarra. Inmediatamente la declinación se elevó de una forma que asombró tanto al profesor como a sus alumnos. Desde ese día Don Pioquinto no ha tenido bajas. Conozco otro caso interesante. Un turista viajó con su esposa a cierto país del Cercano Oriente. (“No tan cerca”, le comentó el hombre con gravedad a su esposa. “Mira lo que cuestan los boletos de avión”). Se les ocurrió ir a un bazar, y un comerciante los invitó a pasar a su tienda. Allí el viajero vio unas zapatillas que le gustaron. Pensó que en casa podría usarlos como pantuflas. Preguntó el precio al comerciante, y éste le informó: Mil euros. “¿Porque tan caro?” El cliente se sorprendió. El hombre de la tienda bajó la voz y le habló casi al oído: “Estas pantuflas, sahib, son eróticas, afrodisíacas, lubrificantes. Quien las use experimentará un impulso repentino de libido tan poderoso que podrá cansar a una docena de huríes”. y otros.” tantas odaliscas sin sentir ningún cansancio”. El turista, incrédulo, le contó a su mujer lo que el hombre le había dicho sobre las pantuflas. “Cómpralas”, le dijo la señora. ‘” No muy convencido, el viajero le propuso al vendedor: “¿Puedo probarlos?” “Pruébalos”, autorizó. “Después de todo, aquí está su esposa”. de pantuflas. Apenas se las había puesto cuando fue poseído por un irreprimible deseo carnal. Una mirada de lujuria apareció en sus ojos, y comenzó a jadear, jadeando, como un semental en llamas. Lo que hizo de inmediato no debe ser relatado. Si lo narro es sólo por apego a la verdad, y para no dejar la historia sin final (Hace dos siglos Schubert dejó una sinfonía inconclusa, y es la fecha que aún la reclaman). La Inconclusa”, le repiten siempre). ¿Qué hizo el turista después de ponerse las pantuflas? En vez de ir hacia su mujer, se abalanzó sobre el asustado comerciante, lo tumbó sobre una alfombra persa y, lleno de fiera pasión. , comenzó a despojarlo de su ropa. “¡Basta, sahib!” el tipo le gritó desesperadamente. “¡Se puso las pantuflas al revés!” FIN.

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