mar. Jun 16th, 2026

Nadie -nadie- imaginó que el peor legado de López Obrador sería la crisis moral que corroe a México.

Por supuesto, no se trata de una crisis moral en sentido religioso, sino secular y universal.

Como dijo una vez David Brooks en The New York Times, las naciones y las personas tienen una esencia moral.

Palabras más palabras menos, Brooks dice que “el alma es donde están nuestros anhelos morales, las emociones que nos hacen sentir admiración por la generosidad y disgusto por la crueldad”.

Nuestro Presidente no es repugnante a la crueldad. Su gobierno ha dañado el alma de México.

El tejido social del país está carcomido por el avance de la delincuencia.

Ni el narcotráfico, ni la extorsión, ni los asesinatos y desapariciones se inventaron con López Obrador, pero ha sido tan grande su avance y es tan asombrosa la indiferencia del Presidente, que estamos perdiendo el país.

No perdemos soberanía ante los Estados Unidos, sino ante los cárteles de la droga y la extorsión.

Difícilmente encontraremos un barrio, o una cuadra, donde no haya alguien que tenga un primo, un conocido, un novio, que no esté involucrado con grupos criminales o sea víctima de ellos.

Hay un gobierno paralelo, clandestino, que actúa y manda fuera de las instituciones.

¿Quieres trabajar tranquilo en tu zapatería? Pagar.

¿Quieres que tu restaurante siga funcionando sin violencia? Pagar.

¿Quieres que los trabajadores de tu fábrica o negocio regresen seguros a sus hogares? Pagar.

¿No quieres que tus hijos sean reclutados por bandas de sicarios, narcotraficantes o extorsionadores? Que se vayan del país.

Es la sociedad misma la que está en proceso de descomposición. No es el problema atávico de la corrupción entre las élites, que se corrige con sistemas transparentes de control y rendición de cuentas.

Por eso la elección presidencial del próximo año va mucho más allá del petróleo sí o del petróleo no, o de un aeropuerto aquí o de una refinería.

Las elecciones de junio próximo serán la batalla por el alma de la nación. Estamos perdiendo México. O lo rescatan o no hay vuelta atrás.

Ahora los dos grandes cárteles están enfrentados, pero si se aliaran para luchar contra el Estado, las instituciones de la República no tienen capacidad para someterlos.

La Guardia Nacional está en tareas de control migratorio y el Ejército distraído en funciones ajenas a la defensa de la integridad territorial, la soberanía y la protección de la población.

En el caso del narcotraficante y su avance, las Fuerzas Armadas actúan como cuerpo de reacción mediante bombardeos sobre hechos consumados. Masacre en Jalisco, tantos soldados van a Jalisco. Masacre en Guanajuato, soldados van a Guanajuato. Ataques criminales en Tamaulipas, van tropas para allá.

La ausencia de estrategia es producto de la indiferencia presidencial. Y la consecuencia es que el poder fáctico de los grupos criminales puede superar el poder del Estado.

La estrategia de “abrazos, no balazos” resultó demagogia y complicidad.

El gobierno reparte culpas para salirse de la discusión, porque no le importa el tema.

Puros pretextos, porque tenían tres años con mayoría calificada en el Congreso para hacer cambios constitucionales. Ahora tienen mayoría absoluta para aprobar leyes.

No hay respuestas a lo que se perfila como la derrota de México.

Las Fuerzas Armadas fueron un recurso de emergencia para someter a organizaciones criminales que rebasaron los límites de la seguridad pública en algunos estados.

Después de 17 años en esta tarea, se encuentran divididos, desnaturalizados. Haberlos tenido durante tantos años en un rol que debería haber sido provisional los convirtió en parte del problema.

¿Cómo sacarlos de tareas temporales que se convirtieron en permanentes y de negocios que quebrantan la integridad de los comandantes de los institutos armados?

López Obrador contó con pleno apoyo ciudadano para crear -o fortalecer- una corporación civil ampliamente dotada de presupuesto, armamento, bien entrenada, con solvencia para garantizar, en un plazo razonable, la vida normal de la población.

Su indolencia ante el dolor social echó por la borda esa oportunidad que tenía de capitalizar el apoyo popular en bien del país. Casi todo México estaba con él.

Incluso la mayoría de la Conferencia Episcopal estuvo con AMLO en las últimas elecciones presidenciales, y hoy lamentan haberlo apoyado.

Las cámaras empresariales, los obispos y los sacerdotes se equivocaron al darle un voto de confianza a Barrabás.

El cuerpo social está dañado. A pocos les importan las noticias de grupos criminales que tienen control de pueblos, ciudades, carreteras, tramos de frontera, trata de personas, cuerpos de seres humanos descuartizados en la vía pública.

López Obrador reprocha que se habla y se exhibe lo que está pasando.

Ha sido un Presidente al que se le escapa la crueldad. Su indiferencia caló en la comunidad nacional.

El viernes recibió en Palacio a la líder de las abuelas que buscan a los desaparecidos por las dictaduras en Argentina.

Fue un acto de falsedad, por la foto. Esa imagen lo retrata.

Se niega a recibir en México a las madres de los desaparecidos, que aunque no encontrarán en él la solución a su dolor, necesitan que su Presidente les dé la mano, les escuche, les comparta su aflicción.

No hay generosidad en el portador de la banda tricolor.

Los delincuentes tienen un poder que ejercen sin restricciones presupuestarias para comprar armas, no tienen freno para usarlo contra nadie, ni limitaciones ético-protocolo para emboscar a las fuerzas del Estado.

También tienen a su favor que nos gobierna un político indiferente y quiere seguir comandando.

Lo que está en juego es la supervivencia del alma de la nación.

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Metro

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