mié. Ago 26th, 2026

“Caras que vemos, camas que no conocemos”. Con esa frase críptica, ese guapo, guapísimo amigo nuestro, parecido a Stewart Granger, nos respondía cuando le preguntábamos por qué se había juntado con esa fea y desagradable mujer. Alguna gracia oculta, o muchas, debió tener la anfisbena, porque nuestro amigo comía de su mano y nunca la soltaba. La mujer lo tenía enyeguao, como dicen en la expresión ranchera del hombre ciegamente enamorado de una hembra por razones de colchón. “Encu…” es el término vulgar que se utiliza para el caso. Lejos de mí la temeraria idea de comparar la historia que he narrado con la de su majestad Carlos III y su reina consorte, Camila. Diana era mil veces más hermosa, y mis cuatro lectores pueden ver todo lo que pasó. Aparentemente el pueblo británico, que es tan británico, ha perdonado al nuevo rey su conducta, y la bella y desafortunada princesa pasó a un discreto olvido. El triunfo es como el bautismo: ella borra todos los pecados. En cierta ciudad nuestra, cuyo nombre no mencionaré por razones comprensibles, había una extraña escuela. Solo tenía una maestra y funcionaba clandestinamente. En esa época, todas las niñas de alto estatus social, e incluso de clase media, eran educadas en colegios de monjas. Hicieron hincapié en la pureza, no tanto por razones de virtud, sino porque era necesario que las mujeres jóvenes permanecieran vírgenes para hacer un buen matrimonio. En otras palabras, básicamente -dicho sin segunda intención- el himen tenía valor por razones de índole económica. Incluso en eso Marx tenía razón. Lo de la pureza, sin embargo, tenía un inconveniente. Las jóvenes llegaron al matrimonio sin saber nada de las realidades de la vida. Hubo una novia que a altas horas de la noche escapó aterrorizada del dormitorio nupcial y corrió semidesnuda por la calle hasta llegar a su casa, donde llorando les dijo a sus padres lo que su esposo quería hacer con ella. ella cosas feas Tantos maridos buscaron en otra cama lo que no pudieron encontrar en la suya. De ahí esa institución imperante -y aceptada- a mediados del siglo pasado: La casita. El hombre casado tenía esposa y amante. Para la primera todos los respetos de parte de ella: fue la madre de sus hijos. Con la segunda, en cambio, disfrutaba de los placeres del amor erótico que su virtuoso esposo no podía ofrecerle por la sencilla razón de que ella no los conocía. Pero varios inconvenientes derivaron de la existencia de la casita. En primer lugar se repartía la renta del marido, y luego a veces había hijos de fuera del corral que a la hora de heredar querían entrar en él. Por lo tanto, algunas damas casadas dejaron de lado las pías sermones que escuchaban en la escuela y trataron de aprender las artes necesarias para tener felices a sus hombres tanto de día como de noche. Para eso se usaba la escuela de la que hablé arriba. Las dichas damas solían acudir a ella, con previa cita discreta, y recibían de la maestra, antigua cortesana jubilada, lecciones sobre los modos de dar satisfacción a sus señores, oa cualquier hombre, si se ofrecía. La sabia mentora instruía a sus alumnos en posturas, destrezas orales y manuales y variaciones muy variadas sobre un mismo tema. En esa ciudad -lo mostraban las estadísticas- el número de casas pequeñas disminuyó considerablemente. Es una pena que se haya olvidado el nombre de ese gran mentor. Se acerca el día del maestro, y se le debe honrar, porque enseñó cosas más importantes que lo que se aprende en la escuela. Todo esto me inspiró la coronación del rey Carlos III. Qué cosa tan rara es la inspiración. FIN.

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