lun. Ago 3rd, 2026

Vivimos tiempos confusos y, en muchos sentidos, canallas. Una cosa es abusar y hacer realidad la vieja máxima de que el poder siempre corrompe, y otra destruir, no cambiar, el ordenamiento jurídico bajo el cual es posible la convivencia dentro de los países. Por ello, es fundamental establecer una clara distinción entre las atrocidades cometidas por los líderes y las consecuencias que generan.

En México, cada día que pasa, las puertas al mundo se hacen más estrechas. A medida que pasa el tiempo, tenemos patrones de comportamiento que, expresados ​​como se expresan y vendidos como los vende el gobierno, son cada vez más difíciles de entender. Los compromisos internacionales -como si fueran papel en blanco- que ha asumido el país, cada vez valen menos. Cada día que pasa, cada vez nos importa menos lo que otros países y sociedades piensen de nosotros y la forma en que este pensamiento se relaciona directamente con el desarrollo de nuestras relaciones comerciales, diplomáticas y de otro tipo. Sobre todo, todas las repercusiones que esto tiene en relación a un proyecto específico, que es también el futuro de la región de la que somos parte, que se llama T-MEC, cada vez nos es menos relevante.

La democracia está en grave peligro y no sólo en México. En un mes se cumplirán tres años del asalto al Congreso de Estados Unidos, hecho que puso de moda el ultraje antidemocrático -que no es el único lugar donde se ha colgado- de discutir la legitimidad de un resultado electoral. Por eso lo que está pasando, la enfermedad de la democracia, los abusos de poder, la insensibilidad de algunos líderes y las consecuencias de sus actos nos llevan a llamar a las cosas por su nombre: lo que está en peligro es la democracia.

Se acabaron las marchas, o al menos hasta ahora. Ahora comienza realmente la necesidad de aclaraciones. Es hora de empezar a llamar a este régimen por lo que es. En realidad, hasta este punto nadie sabe muy bien qué es la 4T, por lo que es necesario empezar a preguntarse verdaderamente qué es o qué representa este movimiento. ¿Qué es 4T? Ha llegado el momento de cuestionarnos hacia dónde vamos, qué queremos o cuál es el sentido de todo lo que está pasando en el país. Independientemente del automatismo, de los números, del Congreso de la Unión, es necesario saber que las leyes sólo sirven y sólo importan cuando son aceptadas por la mayoría por el pueblo y sus representantes y cuando su cumplimiento es importante o relevante.

No estoy de acuerdo con que toda esta erosión del INE acabe en un intento fallido de cambiar una ley a falta de un cierto número de votos. De aquí en adelante –sobre todo de cara a las elecciones de 2024– el INE será un órgano profundamente desprestigiado y un árbitro cuya existencia ha sido cuestionada y cuestionada por el partido de turno y el próximo presidente y líder de la nación. Hemos venido sustituyendo la visión épica del INE de dar respuesta y dar respuesta a las inquietudes populares y electorales de la sociedad por una visión en la que se pretende reflejar un organismo que gasta mucho y que tiene representantes, que en eso tiene razón el Presidente. – que son capaces de defender la representación institucional a costa de todo.

El INE no es perfecto. Como todo trabajo humano, se puede perfeccionar. Pero, sobre todas las cosas, el INE es una victoria de la sociedad civil; una victoria para varias generaciones de mexicanos que pasaron del colapso de los sistemas a la garantía o, al menos, a la dificultad de robar o alterar los resultados electorales. Parece que lo ocurrido en 2006 seguirá siendo la justificación de quienes buscan socavar y menoscabar la autoridad y desempeño del organismo electoral mexicano. También da la impresión de que el escuálido diferencial que significó que Felipe Calderón pudiera ocupar la Presidencia de México -sea la que fuere- es un hecho que nos seguirá acompañando por mucho tiempo, al menos mientras los actuales protagonistas de la movimiento que gobierna el país se mantenga vivo como pueblo y como movimiento.

El INE muere no sólo por los gastos, sino por lo que cobran los directores. El INE muere básicamente porque nunca se le puede perdonar ser –pese a que en ese momento no estaban los actuales asesores o directivos– el elemento sobre el que se articuló lo que para Andrés Manuel López Obrador fue el robo de la Presidencia de 2006 Para López Obrador este hecho fue la condena del desarrollo político del país durante una serie de años. Que nadie se equivoque, que la ley electoral quede formalmente como está hoy no quiere decir que la ley tenga lo más importante que debe tener una ley que es el consenso social y, sobre todo, un acuerdo para poder cumplirla . Como no hay una voluntad unánime y plena de cumplir con esa ley, con o sin modificación electoral, por el momento estamos sin árbitro electoral y lo que tenemos es un árbitro culpable.

A ojos de algunos, el INE es culpable de gasto, culpable de liderazgo, culpable de tener una estructura genética que lo hace fácilmente manipulable –según el Presidente y su partido– para no poder garantizar resultados electorales. Lo del INE es mucho más que una venganza. La destrucción del organismo electoral significa poner al país al borde del precipicio y hacer que las próximas elecciones ya no tengan un árbitro que las regule. Y si no tenemos un árbitro y si no hay un código de conducta, entonces dígame, cuando las legitimidades comiencen a romperse –por el uso del poder–, ¿hacia dónde miraremos oa quién acudiremos?

Estimado lector, no voy a perder su tiempo ni el mío explicándole que Andrés Manuel López Obrador hoy es el presidente más votado en la historia de este país gracias a este INE, que no quiere y busca que pague por lo que pasó en 2006, en 2012 y por todos los supuestos errores que se le atribuyen. Busca que todos los directores y gerentes paguen porque en el pasado la institución tuvo un protagonismo excesivo para él y porque representan una encarnación de la dignidad de la institución que representan. Por tanto, esto, como tantas otras cosas, debe limitarse al crédito del régimen y del presidente López Obrador. El problema es que, a medida que se amplía la lista de lo que se está logrando, inevitablemente aparece con cada vez más fuerza la pregunta: ¿el país está mejor o peor con todo lo que ha supuesto y hecho la administración del presidente López Obrador?

¿De verdad López Obrador se mantendrá al margen –atendiendo con la responsabilidad que su cargo amerita– en las próximas elecciones presidenciales? ¿Respetará el espíritu maderista de la Revolución Mexicana? ¿Le preguntará en tapas que, por ser parte de su círculo cercano, también respeten las próximas elecciones electorales y permitan concluir el ciclo político que debe culminar en 2024? Aunque a estos últimos siempre les he tenido la sospecha de que ese selecto grupo que rodea al Presidente está destinado a ser carne de cañón y bombas de tiempo que explotarán más temprano que tarde.

No tengo dudas del cariño que le tiene el Presidente al jefe de Gobierno de la CDMX. Tengo muchas dudas de que, en el ajuste final, la elección del presidente López Obrador termine decantándose por Claudia Sheinbaum. Nadie puede garantizar la negación de su persona para defender la visión política que tiene el Presidente de la 4T, que, salvo él, nadie sabe realmente cuál es.

Todavía no sabemos, y no sé cuánto tiempo tardaremos en saberlo, cuán profundo es el cambio en la mente y el corazón de los ciudadanos que el hecho de juzgar a los políticos, como si de un tribunal fáctico se tratara, a través de la sociedad redes Esto inevitablemente ha cambiado no sólo la mecánica electoral o las técnicas electorales, sino que, sobre todo, ha cambiado el sentimiento por el cual vivimos y reaccionamos ante el poder.

En 2024 habrá elecciones presidenciales en México. Se distribuirán unas papeletas -ya veremos bajo qué organismo responsable o método- papeletas que no llevarán el rostro del presidente López Obrador. Aunque serán elecciones electorales en las que, indirectamente, reeligiremos al actual líder político de México a través de quien finalmente elija para sucederlo, no sin antes poner a prueba la condición humana de los candidatos y la capacidad de inteligencia de los votantes. . En México ya hemos vivido experiencias similares, en las que el líder actual nombra o designa a quienes seguirán su camino, que parecemos haber olvidado.

En un par de años se podrá relacionar Palacio Nacional como la residencia oficial del actual presidente, pero -como en su momento se refirió al mandato que ostentó Plutarco Elías Calles- quien gobierna vive enfrente. En caso de que los elementos actuales de la vida política se mantengan en el tiempo, mañana un presidente, el que verdaderamente gobernará, estará viviendo en la estancia La Chingada y el otro en Palacio Nacional.

Habría que pedirle a los gobernantes que sepan que, sabiendo que todos moriremos en algún momento, es su obligación evitar que muramos más rápido y en peores condiciones. Una forma de hacerlo, por ejemplo, es unir esfuerzos para combatir el ya innegable cambio climático. Después de 20 años del atentado a las Torres Gemelas, tras eliminar la barrera que existía entre el poder y el ciudadano a través del atentado a través de las redes sociales, es imprescindible restaurar la creación de legalidad en los modelos que estamos viviendo para que tenemos una mayor garantía de poder sobrevivir.

Se acabaron los juegos. El tiempo se está acabando. Queda menos de un año y medio para tener que elegir realmente, primero, en el proceso interno de los partidos y, después, en las urnas, ¿qué país queremos? Ese es también el trabajo de la oposición, que tiene que terminar siendo una oposición testimonial que se contenta con tener pocos votos y una presencia limitada, pero que no tiene mucha hambre de ganar.

El presidente López Obrador tendrá una dificultad nominal para elegir quién será el candidato. Tendrá que elegir un perfil que no sea lo suficientemente audaz como para volverse contra él o capaz de ir en contra de sus designios. Aunque es indiscutible que ya no será suficiente presentar a un hombre, el régimen unipersonal termina en 2024. Y hay que recordar que ni Antonio de Padua María López de Santa Anna –a pesar de haber sido presidente de México en 13 ocasiones – en algún momento tuvo tanto poder como el que legítimamente le otorgaron los ciudadanos de México a López Obrador el 1 de julio de 2018.

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