sáb. Abr 4th, 2026

La DEA, para el presidente Andrés Manuel López Obrador, es buena cuando trabaja para sus intereses, pero perniciosa y entrometida cuando perjudica a su gobierno. La discrecionalidad estomacal del Presidente lo pone en un péndulo, pero sería mejor que utilizara un método que parte de la premisa de que la DEA, siempre, es una agencia abusiva y engañosa, que tiene agendas políticas y conflictos y contradicciones internas, como en Actualmente, con la investigación de la directora, Anne Milgram, por presunta corrupción.

Entender su dinámica ayudaría al Presidente en la difícil cooperación bilateral en materia de seguridad, sin tirones de su parte ni acusaciones que produzcan el efecto gelatina, pero eso allana el camino para que unilateralmente le pasen una dolorosa factura. Debe tenerse presente el caso de Genaro García Luna, sobre quien un jurado, sin una sola prueba de su relación con la cártel de sinaloa, lo encontró culpable de todos los cargos basándose únicamente en testimonios penales. En cuanto a López Obrador, en cambio, existen abundantes indicios circunstanciales de una supuesta relación con esa organización.

García Luna quedó atrapado en las contradicciones de la DEA, en los tiempos en que el director regional en México era David Gaddis. El exsecretario de Seguridad Pública trabajó muy bien con Gaddis, y con quien estuvo a cargo de las investigaciones del cártel de sinaloa, Carlos Mitchem, uno de cuyos subordinados, Matt Donahue -quien años después se convertiría en el jefe de operaciones de la agencia- fue quien le puso tras la pista del decomiso de cocaína en Manzanillo, el más grande de la historia. Pero García Luna tenía muy mala relación con los subalternos de Joe Báez, responsable de las investigaciones contra el cártel del golfoy cuyos subordinados, Sergio Luna y Gregory Garza, fueron quienes dijeron que tenía vínculos con los sinaloenses desde que era jefe de la Agencia Federal de Investigaciones.

Luna y Garza trabajaron en estrecha colaboración con el fiscal general, Eduardo Medina Mora, para confrontar a García Luna y obtuvieron un acceso sin precedentes a las investigaciones y al trabajo con testigos protegidos, dos de los cuales, “Felipe” y “Jennifer”, resultaron poco confiables. y condujeron al desastre de la Operación Limpieza. Otros testigos de poca monta ayudaron a la DEA a acusar al exsecretario de Defensa Salvador Cienfuegos, en un caso cuya construcción no aguantó el más mínimo golpe. Lo mismo fue el de García Luna, el único de la DEA que sigue festejando al Presidente.

En 1991 publiqué en la revista Proceso una investigación denominada ‘La DEA en México’, con los nombres de 59 agentes de la agencia adscritos a seis oficinas en este país. El número de agentes acreditados no ha cambiado mucho desde entonces. En el gobierno de Calderón había 70 acreditados de manera fija, y actualmente se estima un número un poco menor. En 1991 había seis oficinas regionales en México, las cuales crecieron a nueve en casi 15 años: Ciudad Juárez, Guadalajara, Hermosillo, Matamoros, Mazatlán, Mérida, Monterrey, Nogales y Tijuana, además de la sede en la Ciudad de México.

El número de agentes fijos, que desde que pagaron el secuestro del doctor Humberto Álvarez Macháin, acusado –y exonerado– de estar vinculado al caso Camarena, tienen que precisar que trabajan para la DEA –lo cual no es una obligación en el caso de los agentes de la CIA- y no refleja cuántos de ellos pueden estar en México en un momento dado. Hay decenas de agentes, flotantes o temporales, que llegan a México como turistas -estadounidenses de origen mexicano que pasan por la frontera ya que los locales son predominantemente elegidos- y trabajan clandestinamente supervisando sus investigaciones, las cuales son dirigidas desde El Paso, Houston, Phoenix y San Diego, y hablando con los infiltrados que tienen en los cárteles de la droga.

El Presidente se indignó porque tres informantes de la DEA dieron toda la información sobre los hijos de Joaquín el retaco Guzmán, el llamado niños pequeñoslo que llevó al Departamento de Justicia a desclasificar sus acusaciones contra los jóvenes narcotraficantes y anunciar las acciones para desmantelar la operación global del cártel de sinaloa y sus extensas redes de tráfico de fentanilo. La DEA usó a tres integrantes de esa organización criminal, no infiltraron agentes, para brindarles información y cuando tenían suficiente para armar el caso, los arrestaron, probablemente ofreciéndoles ingresar al Programa de Testigos Protegidos y esperando que en algún momento serán llamados a declarar.

Infiltrarse en organizaciones criminales es común para la DEA, no ahora, pero para toda la vida. De hecho, la infiltración de organizaciones criminales o terroristas es una técnica que se utiliza en todo el mundo, incluso en México, particularmente por parte del Ejército, que cuenta con soldados encubiertos, como sucedió en la escuela normal rural de Ayotzinapa. En México, como en otros países, la DEA suele jugar al margen de los gobiernos.

Por ejemplo, Mitchem y otros dos agentes que también trabajaron en el cártel de sinaloase reunió en la Ciudad de México a espaldas de los gobiernos de Calderón y Fox, con Vicente Zambada Niebla, hijo del jefe de la organización, Ismael el Rey Zambada, para darles información sobre otros cárteles. En diciembre de 2007, en otro caso que ilustra los niveles de infiltración, la negociación de la alianza entre los Beltrán Leyva y Los Zetas fue reportado en tiempo real a la DEA por un infiltrado.

La molestia del presidente con esa agencia es comprensible. Sus ancestros también se tragaban sapos, pero pelear con ella no va a solucionar nada. Limitar su acceso a la información, afectando la cooperación bilateral, como lo hizo luego de la detención del general Cienfuegos, fue un exabrupto que se corrigió meses después, cuando se autorizaron las 21 visas especiales que estaban pendientes. López Obrador tiene que abandonar sus arrebatos viscerales, y actuar con racionalidad, por razones institucionales y por razones personales, para no arrastrar odios como el que generó García Luna con la DEA, a quien le cobró todas las facturas.

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