mar. May 12th, 2026

La evolución de la vida en nuestro planeta es un fenómeno natural extraordinariamente complejo, no un ensayo científico de variables controladas. Por esa razón no podemos reproducir el proceso a voluntad. La vida es algo mucho más sofisticado que un experimento de laboratorio.

Esto implica que nunca podremos saber con precisión qué hubiera pasado si nuestro planeta no tuviera algo tan especial como un satélite gigante. Lo que sí podemos hacer es reflexionar sobre las probables implicaciones que tuvo la Luna en uno de los momentos más trascendentales de la evolución: la conquista del medio terrestre.

Dejar el agua es como cambiar el planeta

Nuestro organismo, como el de cualquier otra especie, come, respira, excreta, defeca y se mueve de forma automatizada porque es en su territorio, es decir, vive en un medio al que está naturalmente adaptado. Las especies biológicas han evolucionado de esta forma, cribando y descartando cualquier novedad evolutiva (mutación) que reduzca nuestro nivel de adaptación al medio y seleccionando positivamente sólo aquellas que lo aumentan o, al menos, no interfieren.

Pero si nos sacan de nuestro nicho ecológico y alteran las reglas del juego, todo cambia. Cuando vemos películas que tienen lugar en el espacio, nos hacemos una mínima idea de la cantidad de problemas que los ingenieros tienen que resolver para mantenernos con vida. fuera de casa. Si queremos sobrevivir, nos vemos obligados a llevar una nave y un traje espacial, es decir, con un sustituto de nuestro entorno ecológico a la espalda.

Para los animales acuáticos, salir del agua sería un reto comparable al que sería para nosotros Homo sapiens mudarse a Saturno Tendrían que tener un traje terrestre para protegerlos de la desecación, de la brutal variación térmica entre el día y la noche o del aplastamiento de sus órganos por la gravedad (en tierra no tienen el empuje que tienen en el agua).

Sorprendentemente, esta titánica proeza tuvo lugar en nuestro planeta de forma natural, varias veces y con diferentes protagonistas (artrópodos, moluscos, anélidos y vertebrados, entre otros). Eso sí, con un aliado excepcional: las mareas.

Los conquistadores del medio terrestre

La absoluta revolución anatómica, morfológica y fisiológica que supuso la conquista del medio terrestre no fue, como podéis imaginar, un proceso fácil ni rápido. De hecho, transcurrieron unos 25 millones de años (Ma) desde los peces tetrapodomorfos del Devónico tardío, los elpistostegálidos, hasta las formas verdaderamente terrestres de los vertebrados del Carbonífero Inferior.

Tampoco hubo direccionalidad ni voluntad de conquista en este proceso. Los protagonistas de este salto evolutivo simplemente se adaptaron a las nuevas circunstancias como resultado de la más pura lucha darwiniana por la supervivencia a orillas de los océanos.

Pongámonos en situación y pasemos a unos 400 Ma atrás. Miles de organismos marinos sufrían dos veces al día de la tormento de ser arrastrado por las mareas hacia territorio hostil. La mayoría de ellos sucumbieron al quedar varados en las zonas intermareales a la espera de la nueva subida salvadora de la marea. Pero el más afortunado bichos raros con mutaciones que les permitieron ser más resistentes a infiernos del lodo intermareal, sobrevivió y siguió existiendo.

La presión de la competencia intra e interespecífica mantenida en el tiempo favoreció formas capaces de soportar las inclemencias terrestres por períodos cada vez más largos hasta que surgieron especies que podían sobrevivir indefinidamente en la tierra.

Primero fueron las plantas –hace unos 425 Ma– que, gracias a su capacidad fotosintética, no necesitaban materia orgánica, ausente en una tierra completamente desprovista de vida.

Tiempo después, estas plantas pioneras proporcionaron supervivencia a gasterópodos (caracoles) y artrópodos (arañas, miriápodos e insectos), creando los primeros ecosistemas terrestres más o menos estables. Por lo tanto, era posible que hace unos 365-360 Ma los primeros vertebrados de cuatro patas pudieran yacer al sol en las húmedas llanuras pantanosas del Devónico superior.

La particular importancia de la Luna en las mareas

Sabemos desde hace mucho tiempo que mientras el Sol crea las mareas, es la Luna la que toma las decisiones. La enorme magnitud del satélite terrestre, unida a su proximidad, hace que la fuerza gravitatoria que ejerce sobre las aguas sea el doble de la atribuible exclusivamente al Sol.

Su existencia fue un empujar muy considerable en la conquista de la tierra. Esta aceleración evolutiva también se vio favorecida por el hecho de que en el Devónico la Luna estaba más cerca de la Tierra y las mareas eran sustancialmente más intensas.

De hecho, la investigadora Hannah Byrne y sus colaboradores dicen que la gran masa y la ubicación de la Luna brindan las circunstancias ideales para crear amplias amplitudes de marea y el consiguiente aislamiento de charcas. Hablando en plata, la Luna promovió la creación de refugios de supervivencia en forma de piscinas de salvavidas. Esto, a su vez, podría haber dado lugar a una presión adecuada para favorecer la selección de novedades como extremidades o estructuras respiratorias internas en animales varados. Sus novedosos cálculos y algoritmos sugieren que variaciones de marea de más de cuatro metros serían óptimas para favorecer estos procesos. Precisamente así existieron en la zona del bloque sur de China, donde se han encontrado una gran cantidad de fósiles de pioneros vertebrados terrestres.

A partir de ahí se inauguró un nuevo capítulo en la historia de los vertebrados que hizo posible la aparición, entre otras muchas especies, de la nuestra.

Podríamos concluir, visto lo visto, que la Homo sapiens estamos en deuda con la Luna. Ella no solo es hermosa. No solo ilumina nuestras noches con un romanticismo tramposo. No solo tenemos que agradecerle por ser una fuente inagotable de inspiración, poesía, sueños y enamoramientos. Es muy posible que la humanidad deba su existencia al hermoso satélite.

A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora Titular del Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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