vie. May 8th, 2026

El sistema democrático mexicano recién está dando sus primeros pasos. Se encuentra en la fase inicial de su desarrollo. Se necesitan varios años para que alcance la madurez y se convierta en parte de la conciencia de la mayoría de los ciudadanos.

Aún quedan muchas batallas por librar en este campo. Su avance ha sido difícil y ha tenido que vencer la resistencia de los propios ciudadanos. En lo más profundo del alma y del corazón del mexicano late un creyente en el hombre fuerte y poderoso que marca el rumbo nacional. Es producto y herencia del tlatoani y del conquistador español.

En el discurso somos avanzados, republicanos, federalistas y demócratas. En la vida real somos centralistas y poco demócratas. Todavía disfrutamos de los malabares y la simulación política. “Las Leyes de Indias se cumplen, pero no se cumplen”.

Los presidentes en ejercicio han tenido el monopolio de la política y la asignación de recursos. Los estados y sus gobernadores, con presupuestos raquíticos y fuerzas de seguridad casi inexistentes, de alguna manera dependen del Ejecutivo. No ejercen plenamente su poder soberano. Para la democracia esta situación es muy grave, ya que atenta contra el libre ejercicio del voto, contaminando y enrareciendo el ambiente electoral.

Obligados por estas circunstancias, los gobernadores ofrecen los votos de los ciudadanos de sus respectivas entidades como tributo al oficialismo. Es un atentado democrático, una burla a los militantes de los partidos de oposición y un insulto al pueblo. Esto no tiene nada que ver con ideologías de derecha o izquierda, es puro pragmatismo, regresión política, chambismo y oportunismo desbocado.

Otro síndrome pernicioso es el abstencionismo. El México silencioso, el mudo, el invisible, determina el destino del país. Del padrón electoral de más de 90 millones de mexicanos, más de 30 millones no votan. Su ausencia determina la elección. Es grotesco y ridículo, pero real.

Debemos despertar la conciencia nacional. Crear y formar ciudadanos responsables que cuiden su país. La falta de participación de los mexicanos distorsiona nuestra democracia. Solo bajo condiciones especiales la gente sale a votar. Así fue en la elección de Fox y en la de López Obrador. Es probable que este fenómeno se repita en el proceso electoral de 2024.

Otro gran problema es la falta de continuidad de programas y proyectos exitosos. Cada sexenio queremos reinventar el país y tirar por la borda lo logrado en sexenios anteriores. El costo es monumental y la parálisis y el revés criminales. Se pierde el tiempo en enmendar los gobiernos anteriores. Este viejo síndrome de la política mexicana ancla al país y lo convierte en una estatua de sal.

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Metro

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