
Juan Carlos Machorro, abogado experto en el diseño e implementación de proyectos de inversión.
El próximo año tendremos el proceso electoral más importante de la historia del país, en el que elegiremos al Presidente de la República, 128 senadores y 500 diputados federales. También se elegirán los titulares del Poder Ejecutivo en 9 entidades, 31 congresos locales y se realizarán elecciones municipales en 25 entidades. El padrón electoral muestra más de 97 millones de electores, una cuarta parte conformada por jóvenes menores de 30 años y más del 51 por ciento conformado por mujeres.
Y aquí cabe preguntarse qué tipo de cualidades podemos observar en los candidatos a los distintos cargos a elegir, y por tanto el tipo de gobernantes que nos merecemos.
Históricamente hemos sido testigos de diferentes estilos de gobernar. Algunos han sido populares, mientras que otros han sido altamente capacitados y efectivos; Difícilmente encontraríamos tandas de gobernantes que abarquen ambos perfiles en la historia de la política contemporánea. Asimismo, es pertinente reconocer que la lealtad y la capacidad son dos cualidades que se buscan en un político.
Y aquí cabe preguntarse, ¿qué es más importante en un gobernante, la lealtad, la popularidad o la capacidad y eficacia en la gestión del gobierno? ¿Qué características atienden al fin último de la gestión pública situado en la consecución del bienestar y la garantía del desarrollo de los gobernados?
Un gobernante debe tener la capacidad de tomar decisiones informadas y efectivas y por lo tanto responsable. La popularidad no garantiza que un líder tenga las habilidades necesarias para tomar decisiones importantes, y mucho menos en tiempos de crisis.
Ni el carisma ni las dotes de comunicación garantizan en modo alguno la adopción de decisiones razonadas en temas de economía o política exterior, por ejemplo, poder tomar decisiones que perjudiquen enormemente a los países y comprometan el futuro de generaciones enteras.
El líder popular suele estar más preocupado por mantener sus niveles de popularidad que por tomar decisiones y acciones efectivas. Por otro lado, un verdadero líder toma decisiones difíciles pero necesarias para proteger a su país y su gente.
Por otro lado, la verdadera prueba de la gestión de un gobernante radica en la capacidad de lograr resultados a largo plazo. Las medidas coyunturales y la agenda electoral son fáciles de adoptar y frecuentemente populares, aun cuando se corre el riesgo de hipotecar el futuro de comunidades y generaciones.
La lealtad en política suele referirse a la fidelidad de un político a su partido, a su movimiento oa su líder, más que a la comunidad que gobierna oa principios de eficiencia en el ejercicio del gobierno.
Un político capaz puede trabajar con personas de diferentes partidos y con diversas visiones y opiniones que enriquecen el análisis para lograr objetivos comunes, con miras a lograr transformaciones verdaderas y duraderas en la sociedad.
Por estas y otras razones, es fundamental contar con candidatos competentes que puedan desempeñar con eficacia su tarea, y es recomendable acoger una sólida formación académica y experiencia en el ámbito político, que atiendan al conocimiento de la realidad del país y a la conciencia de los desafíos y oportunidades del país en el corto, mediano y largo plazo.
Necesitamos candidatos con dotes de liderazgo y capacidad de gestión y decisión, honestos en su desempeño, abiertos a la transparencia y rendición de cuentas, respetuosos del equilibrio de poder y contrapesos en la gestión gubernamental, capaces de escuchar las opiniones de los diferentes sectores, lejos de la polarización; que sepan trabajar de la mano con el sector privado y entiendan el rol de la sociedad civil. Candidatos que respeten el estado de derecho, la seguridad jurídica y la protección de los derechos de propiedad y garanticen la existencia y gestión de instituciones sólidas y eficientes encargadas de hacerlos cumplir.
Candidatos que entiendan que, una vez asumido el poder, ya no vale referirse a sus gobernados como adversarios.
El país necesita urgentemente una inversión responsable en infraestructura que permita el transporte de bienes y personas de manera eficiente y segura, con proyectos bien planificados que respeten el marco legal en su diseño, adquisición, construcción y operación, en los que prima la planificación más que la improvisación. Un sistema educativo de calidad que forme a los ciudadanos del futuro y ofrezca una educación de calidad en sintonía con las necesidades del mercado laboral y las realidades del futuro. Políticas públicas que promuevan la investigación y el desarrollo. Un sistema de salud que atienda las necesidades del país con un pensamiento científico más que ideológico y electoral. Un clima favorable que fomente la inversión y el emprendimiento y la creación de puestos de trabajo de calidad.
Candidatos y ciudadanos nos instan a pensar en las próximas generaciones, más que en las próximas elecciones.
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