sáb. Jul 11th, 2026

La celebración este sábado de su 70 aniversario como periodista supondrá para la Premio Cervantes Elena Poniatowska cumplir siete décadas con el oído atento y latiendo con la vitalidad de un corazón de deportista.

“La mirada es importante, pero también el oído. Soy periodista y escucho, escucho y escucho”, confesaba en una reciente entrevista con EFE la autora, que la semana pasada cumplió 91 años con la misma curiosidad que cuando, con 21 años, debutó como entrevistadora.

El 27 de mayo de 1953, horas después de una conversación con el entonces embajador de Estados Unidos en México, Francis White, Poniatowska escribió su obra inaugural sobre el oficio que su amigo Gabriel García Márquez consideraba el mejor del mundo.

“La primera impresión que da el Sr. White es de optimismo. Se ve que cree en la felicidad. Al contrario de muchos que han adoptado caras largas y frases despectivas (será por influencia del existencialismo) el Sr. White es todo interés, entusiasmo y muchas ganas de amar”, decía el primer párrafo del relato, publicado en el periódico virutas de embalaje.


noble Un hombre optimista: Embajador Mr. White, la entrevista fue lanzada en dos segmentos. Los dos primeros párrafos en la parte inferior derecha de la portada de la red social y el resto en la página dos, junto a una nota sobre un banquete al que asistió el el actor Mario Moreno, Cantinflas.

Aunque Poniatowska, también cuentista, es reconocida como una de las principales novelistas de México, el periodismo fue el germen de su escritura, marcada por el humanismo.

Acentos de un salero

Ganadora de una decena de premios, entre ellos el Alfaguara, el Seix Barral y el Rómulo Gallegos de novela, Es una de las autoras más reconocidas en lengua española.pero el comienzo fue con pocas herramientas, como ha reconocido la propia escritora.

“Luego puse los acentos como salero, donde caían. Pensé que escribir era poner acentos, comas, puntos”, confesó. poniatowska a la novelista española Almudena Grandes, en la Feria del Libro del Zócalo, en octubre de 2015.


Luego leyó como una loca, trabajó mucho y eso le permitió hacer preguntas sagaces a presidentes, premios Nobel, escritores, pintores y sobre todo a la gente de abajo. Varias de sus mejores entrevistas aparecen en libros de no ficción como “Ida y vuelta”, “Palabras cruzadas” y en la colección “Todo México”.

En 1968 se sintió destrozada al ver cómo el gobierno asesinaba a estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, investigaba, desafiaba amenazas y escribía La noche de Tlatelolco, pieza publicada en 1971, que revelaba los horrores del Gobierno.

la noche de tlatelolco es un testimonio coral insuperable; recupera lo invisibilizado por la censura y la decisión de amnesia que llamábamos información de prensa y televisión”, escribió en 1994 Carlos Monsiváis, en ese momento uno de los intelectuales más lúcidos de México.

“Mi sujeto no soy yo”

Elena Poniatowska nunca escribirá su autobiografía ni hará un libro de autoficción. Odia hablar de ella porque la distrae de su juego favorito: preguntar.

“No soy de los que hablan de mí. Mi trabajo es hacer preguntas a los demás; No me dedico a pensar en mí porque mi sujeto no soy yo”, dijo a Efe el año pasado poco antes de cumplir 90 años, una idea del otro lado del narcisismo de los periodistas que hoy se suponen más importantes que los noticias.

Indaga, no interrumpe, mira a los ojos a los entrevistados, es conmovedor. Una vez ella preguntó Diego Rivera por sus dientes de leche y el pintor la describió como una “niña polaca curiosa”, en referencia a sus orígenes polacos.

Feminista de verdad, en mayo de 1953, cuando reinaba el machismo en México, Poniatowska hizo hablar al Embajador White de la emancipación de la mujer y su capacidad para ocupar altos cargos con la misma fuerza y ​​constancia del hombre, idea que repite en su periodismo y sus novelas.

Setenta años después del primer verbo, el oído de Elena Poniatowska sigue sano y la periodista sigue obsesionada con la vida de los demás.

“Elena Poniatowska se formó como periodista y le dio nueva dignidad a la profesión. Desde esa perspectiva entendió que una de las virtudes de la escritura consiste en escuchar”, dijo a Efe el novelista Juan Villoro, refiriéndose al legado de Poniatowska.

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