sáb. Ago 29th, 2026

Con el pretexto de que estamos en el umbral del período “Lupe Reyes”, quisiera adentrarme en esta ocasión a través de la literatura en los conocidos temas políticos que se abordan cada semana en esta columna. El motivo es Annie Ernaux, la escritora francesa galardonada en la última edición del premio Nobel de Letras.

Más allá de los méritos atribuidos a la distinción que año tras año otorga la academia sueca, el anuncio del ganador cada mes de octubre ofrece la oportunidad de descubrir autores que nos eran desconocidos o les habíamos prestado poca atención. Este es el caso de Annie Ernaux, a quien conocí simplemente porque a menudo la mencionan los personajes de las novelas de Michel Houellebecq, de las que soy asiduo. Ni siquiera estaba seguro de que el autor fuera real y no una mera invención del controvertido escritor, también francés.

Enterarme de que Ernaux no solo existía sino que también ganaba premios fue una grata sorpresa, sobre todo cuando descubrí que varios de sus libros habían sido publicados por la editorial Tusquets y me di a la tarea de conseguirlos. En las últimas semanas una parte de mí ha habitado las novelas de esta mujer. Y lo que he experimentado no es sólo el placer que proporciona una literatura buena, honesta y descarnada, sino también el sobresalto de contemplar en estado puro un espíritu incorruptible y libre, incluso de sí mismo. En la mayoría de sus novelas, el personaje central de ella es la propia autora, aunque no considera sus textos como autobiográficos, sino sociobiográficos: Retrato social, a la vez que memoria y experiencia personal.

Probablemente el libro que mejor plasma esta intención sea Los Años, una especie de memoria de vida, desde la infancia hasta la vejez; una memoria que no es personal sino colectiva, utilizando su propia trayectoria como pretexto para dar cuenta de la historia social. “Las autobiografías parten de uno mismo y se limitan a dejar en un segundo plano el contexto histórico. Más bien aspiro a inscribirme en ese paisaje, como si fuera una figura más”.

Y en Los Años lo hace. Un recorrido por la manera en que le va sucediendo la historia común. Cuando era esposa o cuando quería dejar de serlo, lo describía abiertamente: “A fuerza de acostarse con el mismo hombre, las mujeres tenían la impresión de volver a ser vírgenes… Iba sola al cine por la noche, tarde con un temblor interior, creyendo que todos sabían que no estaban donde debían”.

Cuando experimentó la presión de adoptar el consumo como la religión de los nuevos tiempos, apuntó: “La nueva forma de estar en el mundo era la relajación, el sentirse bien, la relajación, una mezcla de desparpajo e indiferencia hacia los demás”. Y luego se dio cuenta de la ansiedad que lo inspiró a reemplazar personas y pasiones por cosas: “Tengo miedo de encasillarme en esta vida tranquila y cómoda, de vivir sin darme cuenta”.

Pero no toda su obra es sociobiográfica. Se dice que la escritura es literatura cuando a través de ella se ofrece una comprensión más amplia de lo que nos hace humanos. Lo que ella describe es también lo que otros han experimentado. Por ejemplo, quien realmente quiera comprender los abismos por los que se sumerge el enamoramiento desesperado debería leer Pura pasión. Una novela en la que cuenta los días y las noches suspendidos en el hilo de una pasión desolada: Su relación con un amante ruso, más joven que ella, al que no puede llamar ni buscar, y cuyo único vínculo es una visita irregular y arbitraria cuando él puede y decide. Ernaux no escatima un detalle del sufrimiento, pero también de la gloria de lo que ella llama el tiempo de la pasión, que no se parece a nada. “En el suburbano, en el Metro, en las salas de espera, en todos los lugares donde está autorizado no dedicarse a nada, apenas me sentaba me sumergía en un ensueño con A (la amante). En el momento en que caía en ese estado, había un espasmo de felicidad en mi cabeza”. Y en otro pasaje: “Todo era una carencia interminable, excepto el momento en que estábamos haciendo el amor juntos. Y sin embargo, estaba obsesionado por la momento que vendría después, cuando él ya no estuviera.Vivía el placer como un dolor futuro.Pura pasión.

Al principio de la columna mencioné que hablar de literatura es a veces otra forma de hablar de política. Al menos en el caso de Annie Ernaux. Una mujer para quien la condición humana implica no solo entender lo que nos hacemos, sino también exhibir los sistemas que creamos para lograrlo.

En su discurso en la ceremonia de premiación menciona que el mantra de su obra es una frase que anotó en su diario privado hace 60 años: “Escribiré para vengar a mi raza”. Y prosiguió: “Pensé con orgullo e ingenuidad que escribir libros, convertirse en escritor, al final de una estirpe de campesinos sin tierra, obreros y pequeños comerciantes, gente despreciada por sus modales, su acento, su falta de cultura, sería suficiente. para reparar la injusticia del nacimiento. Que una victoria individual borró siglos de dominación y miseria”. Pero para ello tuvo que encontrar su propia voz: “Sumergirme en lo indecible de una memoria reprimida y sacar a la luz mi modo de existir. Necesitaba romper con el “escribir bien”, con la bella frase, la misma que les enseñaba a mis alumnos, para sacar, exhibir y comprender la lágrima que me penetraba. Espontáneamente, surgió en mí el estruendo de un lenguaje que traía ira y escarnio, incluso vulgaridad, un lenguaje de exceso, insurgente, muchas veces utilizado por los humillados y ofendidos, como única forma de responder a la memoria del desprecio, de la vergüenza y de la vergüenza de la vergüenza.” Más actual imposible.

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