
El discurso oficialista se centra en el vaso medio lleno y no en el medio vacío porque nadie destaca las buenas acciones del gobierno; la noticia son los apagones, que afectan a menos del 5% de la población, no al 95% que recibe el suministro eléctrico.
Es encomiable que los medios de comunicación libres, y los propios ciudadanos a través de las redes sociales, señalen las deficiencias porque de esta manera contribuyen a la mejora del gobierno y a mejorar el nivel de vida de la comunidad.
La comunicación oficial también cumple una función importante en tanto difunde hechos reales, acciones y obras concretas como ejercicio de transparencia y rendición de cuentas con quienes otorgan poder a los gobernantes; la ciudadanía
Sin embargo, una cosa es cumplir con el deber de informar a la sociedad y otra manipular y tergiversar la información para presentar una realidad alternativa ficticia.
Con el afán de ganar popularidad, muy valorada en el campo electoral, el gobernante, municipal, estatal o federal, cae en la trampa de la verborrea. Este sufrimiento, propio del egocéntrico, se caracteriza por el uso excesivo de la palabra y la incapacidad de escuchar al interlocutor.
Es fácil caer en ella porque, al iniciar funciones, el gobernante trae la inercia de la campaña que lo llevó a ganar la elección. En general, las campañas políticas muestran que quienes más convencen no siempre dicen la verdad, sino que dicen lo que la gente quiere escuchar de manera consistente y creíble; y como en la campaña no hay que demostrar nada, la estrategia funciona.
Además, durante las campañas, se acostumbran a difundir mentiras sin consecuencias. Algunas de estas mentiras se propagan en la llamada “guerra sucia” que se encarga de desacreditar a los adversarios con acusaciones no probadas bajo el principio de Francis Beacon: “calumniar que algo permanece”. Generalmente están relacionados con la corrupción, el nepotismo, los escándalos sexuales, el crimen organizado o las adicciones.
Las promesas y compromisos de campaña también tienen un alto componente de falsedad, pero están tan bien presentados que muchas veces logran obtener la preferencia del votante. Sin embargo, muchas veces el ciudadano otorga su voto no porque haya sido engañado sino porque espera que esta vez el candidato cumpla sus promesas, ya sea porque proviene de un partido diferente, es independiente o tiene ciertas características personales. : juventud, género, origen humilde, etc. La esperanza es lo último que se pierde, dice el conocido dicho.
Al asumir, algunos gobernantes comienzan a cambiar su discurso y poco a poco hablan, no con la verdad, sino teniendo en cuenta situaciones reales como el presupuesto limitado, el contrapeso de poderes, los compromisos adquiridos en campaña y la influencia de la prensa y los grupos de poder.
Otros siguen con un discurso de “campañero”, ya sea porque hasta en el cxargo están permanentemente en campaña; porque perdieron todo contacto con la realidad producto del egocentrismo, la soberbia y la intoxicación por el poder; o porque creen que la gente es tonta, ya que si en la campaña les creyeron, ¿por qué no les van a creer ahora?
En todo caso, un gobernante que continúa con un discurso de “campaña” está destinado a perder credibilidad, autoridad y respeto; factores que son cruciales para la gobernabilidad y la gobernabilidad.
La gente termina por no creer nada; sus adversarios por ridiculizarlo y su gabinete por ignorarlo.
Algunos más se aferran a un falso discurso con la expectativa de que a fuerza de repetición se convierta en verdadero; como Goebbels, el estratega de Hitler, argumentó: una mentira repetida mil veces se convierte en realidad. Esta estrategia es muy popular porque en pleno siglo XXI sigue demostrando su eficacia, no solo en nuestro país, sino en diversas partes del mundo.
En este caso se juegan todo por todo; si logran posicionar su realidad alternativa podrán ejercer el poder con facultades autoritarias; Pero sólo por un tiempo: No se puede engañar a todo el mundo, todo el tiempo.
En definitiva, la realidad obstinada acaba imponiéndose: la inseguridad, la política de drogas, la contaminación ambiental, la escasez de agua, la corrupción, el ataque a la democracia, los cortes de luz, los conflictos políticos, la pobreza y la desigualdad. , se niegan a desaparecer incluso ante la fuerza de la palabra.
De los aspirantes, y aspirantes, a cargos de elección popular, muchas promesas, compromisos, guerra sucia, noticias falsas y consignas de campañas; mucha información que tendremos que analizar y procesar.
En el fondo, el juego es claro. Su misión es convencer, la de los ciudadanos, de ejercer nuestro derecho al voto de manera libre y responsable, a no dejarnos engañar ni mover por falsas esperanzas, ya basta de eso.
El autor es economista, demógrafo y politólogo. Profesor de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
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