¿YO? ¿Profanaré el último día del año con cavilaciones políticas? Lejos de mí una idea tan imprudente! dejo a un lado la púa con la que arranco notas vibrantes de la lira nacional; Me quito los corpiños altos que uso para analizar la vida republicana y me quito la toga de magister con la que doy autoridad a mis opiniones cotidianas, que no tienen otro valor que el de ser incuestionables, irrefutables, incuestionables, impecables e incontrovertibles. No creo que altere el destino de la Patria si no le doy hoy mi guía diaria. Permítanme, pues, exaltar este fútil apartado de hoy con sólo una breve sucesión de relatos breves, algunos de los cuales tal vez merezcan el honor de formar parte de la alegría que deseo este día a mis cuatro lectores, y de su amena conversación en cena de fin de año… El profesor amonestó a Pepito. “-Si sigues portándote mal, te llevarás a casa una mala nota. ¿Sabes lo que es una mala nota?” “Sí”, respondió el niño con confianza. “Es la madre de los malanitos”. La esposa de Jactancio P. Tulante iba a viajar a Francia. “-Me traes una francesa” -le dice el fatuo chico suyo al despedirse de ella en el aeropuerto. Al regresar, la señora le preguntó alardeando con su falsa sonrisa facetada: “¿Me trajiste el Frenchie?” “-Sospecho que ya tengo algo aquí”, responde la dama, señalando su vientre. “El problema es que no sé si será francés o francés”. Lorenzo Rafail y María Candelaria se encontraron en el camino. –¿Te acompaño, María Candelaria? pregunta tímidamente Lorenzo Rafail. “-No, ¡mira qué! -se enfada la chica-. ¡Entonces vas a querer abrazarme!”. Él le dice: “¿No ves que estoy cargando una gallina y arrastrando una cabra, y que también llevo un talache y un balde? Entonces, con las manos llenas, ¿cómo podría abrazarte?” “-¡Sí, mira qué! -responde María Candelaria-. El talache lo clavas en la tierra, en él atas el chivo, luego metes la gallina debajo del balde y me abrazas. Un poquito, ¿no?”… Cuitlazintli, indio mozo de buena edad, estaba en vísperas de casarse con Petlazulca, indio de muy buen parecer. El niño fue al pueblo el día de mercado y vio una tela con la que le gustaba hacer un taparrabos. Le pidió al comerciante que le vendiera medio metro, suficiente para hacer la prenda, pero el hombre le dijo que la tela solo se vendía por metros. Así, mal de su grado, el joven tuvo que comprar el metro completo. De regreso en su casa, cortó la tela en dos partes: con una se hizo su taparrabos y guardó la otra parte para hacer otra y lucirla por primera vez el día de sus nupcias. Muy orgulloso salió con esa flamante funda, y fue a mostrarle a su novia su taparrabos. La encontró en las afueras del lugar lavando ropa en la clara corriente de un riachuelo. Corrió hacia ella a toda velocidad, pero en su prisa no se dio cuenta que su taparrabos se atoró en la rama espinosa de una zarza, por lo que el infortunado llegó con su novia sin nada para cubrir lo que consumieron. la moralidad y el civismo exigen que se cubra. “-Mira lo que tengo, Petlazulca” -le dice a la niña con mucho orgullo. Ella, de rodillas sobre el fregadero, se da la vuelta y ve lo que nunca habían visto sus ojos de doncella. Ella, confundida, aparta la mirada de ella y la vuelve a fijar en la piedra donde se estaba lavando. “-¡Qué mirada, li digu!” repite imperativamente. Ella, confundida y sonrojada, obedece la orden y mira de reojo. Cuitlazintli, pensando en la calidad y el color de la tela con la que se hizo el taparrabos, le pregunta a su novia: “-¿Te gusta?” “-Sí” -responde ella muy tímidamente. Luego le dice al chico: “-Y yo mido medio metro más, para el día que nos casemos”… FIN.
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