jue. Jun 4th, 2026

Seguramente sorprenderá a muchos saber que hace ocho o nueve décadas casi no se hablaba de democracia y en el mundo no había muchos países que la reivindicaran. Este era un tema tabú. Porque entonces no era políticamente correcto hablar bien de la democracia o salir en su defensa.

Esto fue una consecuencia natural del hecho de que los regímenes abiertamente totalitarios estaban en pleno apogeo, contrarios por definición a la democracia. Tales como el nazismo, el fascismo, el comunismo, el socialismo, el franquismo y otros de similar pelaje.

En la posguerra las cosas empezaron a cambiar, hasta el punto de que lucirse como fiel demócrata ya era bastante lúcido. Tan grotesco fue el cambio en algunos casos que países socialistas y comunistas, para jactarse de demócratas al cuadrado, definieron su régimen como “democracias populares”, perdonando el pleonasmo.

En su famoso teoría de la democracia, Giovanni Sartori afirma que en los al menos veinticinco siglos de su historia rastreable, la democracia ha sido olvidada e incluso desacreditada en varias ocasiones.

Como ahora, aunque no lo parezca, porque si bien en estos tiempos nadie —o muy pocos— se atreven a proclamarse abiertamente antidemócratas, lo cual sería políticamente incorrecto, en realidad grandes sectores de la población están al menos desencantados con la democracia, pero no se atreven a decirlo abiertamente, o no saben cómo expresarlo.

Su decepción proviene en gran medida del hecho de que asumieron, por supuesto erróneamente, que con el establecimiento de la democracia todos los problemas sociales se resolverían automáticamente. Vendrían además el desarrollo en beneficio de todos, la justicia social y la plena vigencia de los derechos humanos. Los enormes niveles de abstencionismo electoral tienen quizás en gran medida su origen en este desencanto democrático.

¿Qué es lo anterior? Porque la democracia, que hoy nadie se atreve a cuestionar abiertamente, está indisolublemente unida en su manifestación más elemental y primaria, que es la electoral, a los partidos políticos, a un sistema de partidos. Los teóricos contemporáneos lo han dicho claramente: sin partidos no puede haber democracia.

Sin embargo, algo muy curioso está sucediendo, particularmente en nuestro país: los partidos políticos son objeto de implacables y feroces críticas. Hay muchas razones para esto, por supuesto. Pero no es la manera de resolver el problema.

Buena parte de los despiadados críticos de los partidos se han aficionado a trabajar en lo que genéricamente denominan “grupos de la sociedad civil” u “organizaciones ciudadanas”, cuya naturaleza política, límites y alcances son etéreos e imprecisos. Creen que a través de una lista interminable de membretes pueden reemplazar efectivamente a los partidos políticos para hacer que la democracia funcione. Están equivocados.

Que los partidos son guaridas de rufianes, farsantes y pretendientes que sólo ven sus intereses como camarillas ya través de los cuales controlan a los partidos es, en buena medida, una realidad innegable.

Que por cierto no es algo nuevo. Ya en 1915 Robert Michels lo había expuesto teóricamente en su célebre obra los partidos politicos al esbozar lo que llamó la “ley de hierro de las oligarquías” de los partidos, ley según la cual una pequeña minoría toma el control de los partidos, casi siempre por los peores métodos, en detrimento de su democracia interna. Lo que acaba afectando al propio régimen democrático.

Mucho se ha discutido si esta llamada “ley de hierro” de Michels es fatalmente determinista o no. En una sociedad libre y participativa no puede ser. En consecuencia, la solución está más en rescatar a los partidos de las camarillas que los dominan y controlan. No es una tarea fácil, pero no hay otra forma de salvar efectivamente la democracia.

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