jue. Abr 9th, 2026

Director de México Evalúa

Empecé a contarlos. Hay muchos. Me di cuenta que mi corazón sí es un almacén y que albergaba la esperanza de cambios profundos en diferentes áreas de nuestra vida nacional. Estoy listo para marchar por la democracia, como lo he hecho desde 1988, cuando las elecciones estatales parecían una barrera difícil de superar y se avizoraba la victoria de un candidato opositor en medio de condiciones totalmente sesgadas a favor del oficialismo. He marchado en solidaridad con las víctimas de la violencia; hacerlo junto a madres y padres que buscaban a sus seres queridos ha sido de lo más desgarrador. Las marchas del 8M son tremendas, porque entre los reclamos de justicia se siente la energía de las nuevas generaciones que se movilizan sin patrón, sin estructura, sin mando centralizador. Entonces, por momentos, se convierten en una fiesta sin anfitrión, que puede salirse de control y terminar en un violento pleito o en una hoguera entre quienes sienten y piensan lo mismo.

Las fuentes de participación y movilización política son muy variadas. Supongo que dependen de la edad, los ingresos, la educación, la región en la que uno vive y la valoración de lo que es justo o injusto, lo que nos afecta o se percibe lejano y, sobre todo, lo que es capaz o incapaz de que uno se siente. para poder influir en el entorno. Una persona que se ve privada de toda posibilidad de influencia seguramente será pasiva, mientras que alguien que se sienta con algún grado de poder se movilizará.

Seguro que habrá mucho análisis al respecto. En esto soy una villamelona, ​​que trata de entender los resortes que mueven a la gente. Hace poco hablé con Carlos Hernández, un matemático que ha recopilado y analizado diferentes tipos de información para ubicar dónde y quiénes son las personas que no participan, las que se abstienen de votar a la hora de una elección, lo que para mí es un acto radical. , que debe entenderse. Porque abstenerse de intervenir con el voto en el propio destino es un acto de rebeldía, en el que la persona abdica de un derecho esencial para decir no puedo, no funciona, no me importa o no quiero. En algunos casos, se trata de una expresión antisistema, que puede llevar a sacudir el estado de cosas. En este punto el acto radical, que parecía sin sentido, puede desencadenar una transformación.

El universo de las personas que no votan es enigmático, porque sus mensajes son muy diversos. Creemos que los entendemos, pero no estoy seguro de que realmente lo entendamos. Carlos llama a este espectro de personas el océano azul. Algo inmenso y también desconocido. Porque en el mar rojo nos desarrollamos, usamos argumentos, luchamos, pero no convocamos al mundo azul. Y lo que se pinta de rojo es una minoría.

Tengo entendido que Carlos Hernández publicará su estudio en un próximo número de la revista Enlaces y creo que será una gran invitación a pensar. Piensa en los que no participan, pero existen. Piense en las razones que los mantienen al margen y busque formas de agregarlos a la definición del país para los próximos años. Porque si las minorías de siempre siguen eligiendo el gobierno, vamos a estar atrapados en los mismos temas y en las mismas discusiones para siempre.

Algo debe moverse establecimiento sociales y politicas. El obradorismo no lo hizo. Las oposiciones de hoy siguen estancadas en sus mismos paradigmas, cuya constante es el acceso al poder sin proyecto asociado. Esta situación conduce a graves anomalías democráticas, porque gran parte de la población queda fuera.

En la última marcha del 8M me preguntaba por qué los partidos políticos de siempre tienen una oferta tan limitada para las miles de mujeres que marchan cada año. Sus posiciones suenan tan contundentes, pero se diluyen tan rápido… Es una muestra de ensimismamiento de los partidos que no ven dónde están las agendas emergentes, las que pueden mover al país y al mundo. Con un liderazgo tan mediocre y reglas que protegen lo poco que les queda, no tienen ningún incentivo para despertar. Ver que las coordenadas de este mundo han cambiado y que hay un ímpetu social que si no se entiende se manda al fondo azul de preferencias, sentimientos y vocaciones incomprendidas.

En lo personal, la conversación con Carlos Hernández me llevó a pensar en lo atados que estamos a la status quo. No son solo partidos políticos y liderazgos; En otras esferas, también, estamos casados ​​con lo que sabemos, sin querer abrirnos a lo que está surgiendo. Por eso es tan importante mirar el océano azul. Quizás allí encontremos las claves para movilizarnos y cambiar el país.

¿Qué nos mueve? Yo entiendo las mías, pero es fundamental entender las de los demás.

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