SABER
Una familia puso un belén en el salón. Todos colaboraron. El niño puso una hamaca y en ella el niño Jesús. Su madre le recordó que lo habían acostado en un pesebre, pero el niño defendió su decisión: “Sí, en un pesebre, pero en la hamaca está más cómodo”.
Nada en el nacimiento de Jesús es accidental. El Papa Francisco señaló en su homilía de Navidad que el belén tampoco fue casual, sino más bien una señal, y que incluso este objeto pequeño, aparentemente insignificante, nos ayuda a redescubrir el verdadero significado de la Navidad para no distraernos con lo superfluo. El Evangelio lo menciona varias veces: Nos dice que María colocó a Jesús “en un pesebre” (Lc 2,7); los ángeles anuncian a los pastores que encontrarán al niño recién nacido acostado en un pesebre (v. 12); y los pastores encuentran “al recién nacido acostado en el pesebre” (v. 16). Dios quería decirnos algo con esa señal. Al menos podemos descubrir tres cosas: cercanía, pobreza y concreción.
PENSAR
Lo primero que significa el pesebre de Belén es cercanía. La función del pesebre es presentar la comida inmediatamente. Pero el hombre, en cambio, alimenta su hambre de poder, de dinero y de placeres desordenados devorando a sus hermanos débiles, especialmente a los niños ya los pobres, como en la guerra. Pero Jesús se hace muy cercano en el pesebre para saciarnos con el verdadero alimento de su propio cuerpo en el pan de la Eucaristía. No olvidemos que la palabra “Belén” proviene del hebreo que significa: “Casa del pan”.
El pesebre es incómodo, pero Dios se instala allí para hacernos sus hijos y nutrirnos con ternura. No permanece distante y poderoso; Él, que estaba sentado en el Cielo, se permite acostarse en un pesebre. El Papa dice que nos habla desde el pesebre: “Si sentís que los acontecimientos os abruman…, si tenéis hambre de justicia, yo, Dios, estoy con vosotros. Sé lo que vives… Sé tus miserias y tu historia. Nací para decirte que estoy y estaré siempre cerca de ti”.
VIVIR
En segundo lugar, señala el Papa, el pesebre nos habla de pobreza. Jesús no tenía a nadie alrededor, excepto a aquellos que lo amaban: María, José y los pastores; todos pobres, unidos por el cariño y el asombro; no por riquezas. El humilde pesebre saca a relucir las verdaderas riquezas de la vida: no el dinero ni el poder, sino las personas. Y la primera persona y riqueza es Jesús. El Papa pregunta: ¿Amamos su pobreza o preferimos quedarnos cómodos en nuestros intereses? ¿Lo visitamos en los pobres pesebres del mundo?
En tercer lugar, el pesebre nos habla de lo concreto. Un niño en un pesebre es una escena impactante: Dios verdaderamente se ha hecho carne. Jesús, pobre hombre, no hizo muchos discursos sobre la pobreza, sino que la vivió concretamente hasta las últimas consecuencias. Su amor por nosotros fue concreto, hasta su muerte. Él no nos amaba en broma. Jesús no quiere sólo buenas intenciones, quiere que vivamos nuestra fe y amor de manera concreta, con actos de adoración y caridad. No dejemos pasar esta Navidad sin hacer algo bueno. Ya que es su fiesta de cumpleaños, démosle regalos que le gusten.
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