vie. Jul 3rd, 2026
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Parte de las excavaciones gestionadas por ACVSSR

Álvaro Minguito / Aranzadi

Parte de las excavaciones gestionadas por ACVSSR.

Ambos nacieron en 1902 y fueron fusilados en 1939. Las fechas están inscritas en lápidas inexistentes, lápidas que les fueron negadas cuando sus cuerpos fueron arrojados a la fosa común. Las sentencias no fueron sólo de muerte, sino también de olvido. Pero sus verdugos fracasaron. Hoy sus nietas los nombran y recuerdan.

Manuel Mateo López y Facundo Navacerrada Perdiguero eran jornaleros pobres, hombres de familia y ciudadanos involucrados en la vida pública de su comunidad.

En 1936, tras el golpe de Estado del 18 de julio, el llamamiento a defender la República les colocó en puestos de dirección sindical y municipal en la localidad de San Sebastián de los Reyes, 18 kilómetros al norte de Madrid.

Manuel era alcalde cuando los aviones nazis bombardearon Colmenar Viejo, localidad vecina. En respuesta, Manuel ordenó que se construyeran refugios para proteger a los supervivientes y les garantizó comida y refugio.

Facundo fue teniente de alcalde del mismo concejo municipal. Juntos, detuvieron el hambre y las enfermedades, males secundarios de la guerra, y resolvieron los problemas de suministro que enfrentaba la gente.

Ambos sirvieron en la primera línea de la defensa del Madrid.

En medio de explosiones, sangre y traiciones, Manuel y Facundo imaginaron y hicieron realidad formas alternativas de organizar la vida.

Al parecer, ese fue su crimen.

Carmen Carreras y Benita Navacerrada

Álvaro Minguito / Aranzadi

Carmen Carreras, secretaria de la Asociación Comisión de la Verdad del Sanse, junto a Benita Navacerrada, hija de uno de los represaliados en Colmenar.

En 1939, cuando triunfaron los golpistas, Manuel y Facundo fueron condenados a muerte. Fueron trasladados a Colmenar Viejo.

El improvisado tribunal que los declaró culpables recurrió a denuncias espurias de vecinos que buscaban congraciarse con el nuevo régimen.

Facundo fue fusilado el 24 de mayo; Manuel, el 22 de octubre.

Sus cuerpos, junto con los de otras 106 víctimas, fueron enterrados en una fosa común en el cementerio de Colmenar Viejo.

84 años después, escucho esta historia de boca de Esther Mateo Cabrero y Gema López Navacerrada, nietas de Manuel y Facundo.

Gema y Esther están motivadas por un objetivo concreto: remover la tierra para recuperar los huesos de sus abuelos.

“Por eso estamos aquí”, dice Esther, “para dignificar la memoria de nuestro pueblo, porque no eran perros, sino personas que tenían un pasado, padres, hijos. Y ahora estamos aquí, sus nietos”.

Equipo de excavación de Aranzadi con miembros de la ACVSSR

Álvaro Minguito / Aranzadi

Equipo de excavación de Aranzadi con miembros de la ACVSSR.

Vine a Sebastián de los Reyes para reunirme con Gema y Esther, pero también con Luis Pérez Lara y Carmen Carreras Béjar, presidente y secretaria de la Asociación Comisión de la Verdad de San Sebastián de los Reyes (ACVSSR), quienes impulsan el proyecto de exhumación en el Cementerio de Colmenar Viejo.

Estamos en el centro cultural Blas de Otero, un espacio comprometido con promover el encuentro comunitario en tiempos de ensimismamiento digital.

Luis me recibe con una sonrisa hospitalaria. Ese hombre que ha visto el horror cara a cara no reprime la sonrisa. Varias veces, quizás demasiadas, exclamo que no lo puedo creer cuando me dice que tiene 87 años.

La espalda recta, la mano fuerte, la palabra decidida me muestran a una persona al menos veinte años más joven. Si Luis fuera distante y parsimonioso, si decidiera afrontar la vida con una mueca amarga, nadie podría juzgarlo. Pero en lugar de eso sonríe.

¿De dónde viene esa sonrisa? ¿Si has encontrado la fórmula para convertir el sufrimiento en el combustible que te permita seguir creyendo que la justicia es posible?

Esther Mateo, nieta de Manuel Mateo López y Gema Navacerrada

Álvaro Minguito

Esther Mateo, nieta de Manuel Mateo López, junto a Gema Navacerrada, nieta de Facundo Navacerrada, dos de los represaliados en Colmenar Viejo tras la guerra civil española, observan los trabajos en la fosa común de Colmenar Viejo.

“Se escucha muy a menudo”, dice Luis, “que lo que pasó aquí fue una guerra y que hubo dos bandos que cometieron atrocidades. Yo digo que eso es mentira.

Lo que ocurrió aquí fue un golpe de Estado que intentó destruir la República y ésta, que no era un ‘bando’, sino un gobierno elegido democráticamente, se defendió. Mis padres eran ambos comunistas y fueron al frente para defender la República.

Cuando tenía tres meses me dejaron al cuidado de mis abuelos. Durante tres años fui hijo de héroes.

Se cumplen los tres años, triunfan los golpistas y de un día para otro me convierto en hijo de unos rojos asesinos, hijos de puta. Mi padre se exilió. A los 21 años viajó a Francia para conocerlo.

Descubro un país que no se parece en nada al mío. En la mía, las cárceles están llenas de opositores y todavía se ordenan ejecuciones. En ese momento me sumé a la lucha clandestina.

En 1968 me capturaron y me condenaron a 13 años de prisión. Para justificar la sentencia, la policía argumenta que encontró folletos que llamaban a los trabajadores a luchar por la democracia. Ese fue mi crimen.

Fui torturado por el equipo policial de Billy ‘The Kid. Pasé por sus desafortunadas manos.”

Muestra de un cráneo de uno de los exhumados con impacto de bala

Álvaro Minguito / Aranzadi

Muestra de cráneo de uno de los exhumados con impacto de bala.

Carmen, secretaria y portavoz de la ACVSSR, tiene una mirada escrutadora y está interesada en que todo lo que dice esté fundamentado.

Su formación científica no le impide, sin embargo, emocionarse y me muestra descaradamente su brazo helado cuando la conmueve un episodio de la historia que empieza a contarme.

“Este país nos ha apoyado con mentiras durante 40 años de franquismo y muchos de democracia. Yo crecí sin saber nada de esto. Apenas lo descubrí cuando fui a la universidad”.

A mí me pasó lo mismo, le digo. No fue hasta que fui a la universidad que entendí las dimensiones del horror que se había vivido en Guatemala, de donde vengo.

En Guatemala también se interrumpió un proceso democrático con la excusa de defender al país del comunismo.

También en Guatemala los familiares de las víctimas masacradas por el ejército siguen cavando hoyos en el suelo con la esperanza de encontrar los restos de sus familiares.

Uno de los integrantes de Arazandi realizando trabajo de recopilación

Álvaro Minguito / Aranzadi

Uno de los integrantes de Arazandi realizando trabajo de recopilación.

“Para realizar este proyecto”, afirma Carmen, “nos enfrentamos al problema de que éramos una asociación local de San Sebastián de los Reyes y la exhumación había que hacerla en otro municipio”.

La Asociación, sin embargo, logró que su ayuntamiento se pusiera de acuerdo con los alcaldes de los otros siete municipios, para presentar un proyecto al gobierno, amparado en la recién aprobada Ley de Memoria Democrática.

“Nuestra asociación”, subraya Carmen, “tiene que sentirse orgullosa de que alcaldes del PP, del PSOE, de Ciudadanos e Independientes, hayan coincidido y dicho sí al proyecto. Hay cosas que simplemente superan los criterios partidistas”.

En asociación con la Sociedad de Ciencias Aranzadi, el proyecto se inició en 2022 y hasta la fecha se han recuperado más de la mitad de los restos de los 108 ejecutados.

Sin embargo, hasta que finalice el proceso, la Unidad de Antropología Física de la Universidad Complutense de Madrid y el laboratorio de BIÓMICA, de la Universidad del País Vasco, no podrán analizar las muestras de ADN para determinar qué restos pertenecen a Facundo Navacerrada y cuáles. a Manuel Mateo.

dia de excavacion

Álvaro Minguito / Aranzadi

Día de excavación.

Para los mayas, pueblo originario del país de donde vengo, los abuelos son quienes nos revelan lo que somos, nos brindan un lugar en el mundo y nos consuelan ante el misterio cíclico de la vida y la muerte.

Nos plantan como ceibas en la tierra y en el tiempo.

Tengo en mis manos dos folletos editados por la Asociación que honran la memoria de Facundo y Manuel. Las portadas muestran retratos en blanco y negro de los dos: hombres jóvenes que miran con orgullo a la cámara.

Primero creo que mi imaginación me está traicionando, pero después de un par de miradas lo confirmo: Gema se parece mucho a Facundo, Esther se parece mucho a Manuel.

La genética ha conseguido doblar el tiempo y los dos hombres parecen reencontrarse a través de los genes de sus nietas.

En ese momento, Gema habla de su madre, Benita Navacerrada, convertida en un símbolo de la lucha contra el olvido y representante de una generación para la que la reivindicación de memoria y justicia parece haber llegado demasiado tarde.

A sus 91 años, Benita Navacerrada sigue en pie y reúne las aspiraciones de miles de hombres y mujeres que murieron sin saber dónde fueron enterrados sus padres.

Gema dice que su madre se acuerda de todo.

“Lo cual”, señala, “es a la vez bueno y malo porque te pasas todo el día pensando en ello”.

Hay un recuerdo que le causa especial sufrimiento a Benita: en San Sebastián de los Reyes todos decían que a Facundo no lo fusilaron, sino que lo quemaron.

“De hecho, mi madre sabe quién trajo la gasolina. Y ese hombre, con el que la obligaron a vivir en un pueblo de 1.500 habitantes, pasó de ser un tipo pobre a que le regalaran una granja”.

Las lágrimas aparecen en los ojos de Gema.

“Si es cierto que lo quemaron”, continúa, “reconozco que no aparecerá y para mi madre eso va a ser muy duro. Dice que lo entiende, pero cuando empecemos a entregar los restos a los familiares y no tiene las de su padre…”.

“Eso no lo sabemos”, interrumpe Carmen, “espero que no sea cierto”.

Con gran sabiduría y sensibilidad simbólica, necesaria para comprender los sutiles mecanismos del duelo, durante la primera excavación surgió la idea de recoger pequeños montones de tierra de la tumba y colocarlos en pequeñas bolsas de cuero para regalar a los familiares.

Benita Navacerrada recibió uno y lo apretó contra su pecho.

A Esther le hubiera gustado que su padre, el hijo de Manuel, viera lo que ella está viendo, para protagonizar junto a Benita esta historia.

“Mi padre nunca lo superó. Siempre lo llevó muy mal. Lamentablemente murió joven, a los 69 años. Por eso me da tanta alegría ver a Benita, porque ella ha podido ver los homenajes que se le han rendido”. a su padre, el poder esté ahí en la tumba. Veo a Benita… Y veo a mi padre”.

Esther llora y agarra con fuerza la mano de Gema, que también llora. Se miran a los ojos, como si encontraran, en la mirada del otro, respuestas a preguntas esenciales: ¿qué harán cuando reciban los restos de sus abuelos, cuando la tierra que ocupan esté vacía?

¿Cuánto cambiarán sus vidas cuando termine la búsqueda y el dolor encuentre algún alivio? ¿Cómo será el día después…?

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