dom. Ago 2nd, 2026

Las últimas semanas en Francia han estado marcadas por protestas masivas contra la iniciativa del presidente Macron de reformar el sistema de pensiones. La propuesta presidencial eleva la edad de jubilación de 62 a 64 años. El sentido de la reforma es correcto, pero el caos que ha provocado ilustra el divorcio entre la élite gobernante y la población. Las imágenes de las manifestaciones son impresionantes. Lo mismo en Estrasburgo que en Rennes, Nantes o París, jóvenes y mayores ponen en jaque a los servicios policiales franceses ante las dimensiones del descontento. Laurent Berger, presidente de la Confederación Europea de Sindicatos, explicó el enfado popular en una entrevista con Le Grand Continent: “No hubo negociación… entre el anuncio de la reforma el 10 de enero y hoy, en dos meses, todavía no ha habido cualquier reunión intersindical con el Primer Ministro o con el Ministro de Trabajo”. Macron, al darse cuenta de la impopularidad de su iniciativa, hizo uso de una prerrogativa legal del sistema francés según la cual el presidente puede simplemente eludir al parlamento con un procedimiento acelerado para aprobar leyes. Macron, el único presidente liberal durante cuatro décadas en un país tan profundamente estatista y antiliberal como Francia, se negó a debatir y negociar. Es decir, se negó a hacer política.

El semanario alemán Der Spiegel da cuenta de cómo la popularidad de Macron atraviesa su peor momento: solo el 24% de los franceses lo consideran un “buen presidente”. Como siempre, los vacíos de liderazgo en la política tienden a llenarse. El propio Der Spiegel muestra cómo la caída de Macron se ha producido con el alarmante ascenso sin precedentes de Marine Le Pen, la líder de la extrema derecha francesa, un partido alguna vez conocido como Frente Nacional. En México ya lo vivimos en el sexenio pasado. Un grupo de reformadores liberales emprendió profundas reformas estructurales en beneficio del País, pero nunca se preocupó por socializarlas y lograr que la población se las apropiara. El resultado era predecible. La ira social arremetió contra el proyecto liberal, en beneficio del extremismo populista más destructivo. En Francia, el partido de Le Pen ha crecido como nunca, atrayendo intensamente a los más jóvenes, a los que promete derogar la “mal llamada reforma”. Detrás de Le Pen, la prensa habla de una “eminencia gris”, su asesor judicial Renaud Labaye, que postula un programa de oportunidades laborales para jóvenes como fachada para encubrir su principal propuesta: Un programa xenófobo, racista y antiinmigrante. Labaye y sus seguidores son partidarios de la teoría racista conocida como “gran reemplazo”, el gran reemplazo, según la cual existe una conspiración en curso para reemplazar al pueblo francés con otros grupos étnicos. Los populistas siempre imaginan conspiraciones.

Por primera vez, Le Pen está a las puertas de la presidencia francesa. Su partido es el que mejores expectativas electorales tiene para 2027. Para que el proyecto liberal triunfe en el siglo XXI como en los siglos XIX y XX, tiene que involucrar a las multitudes en los beneficios de su proyecto. El despotismo ilustrado ya no es sostenible. Parece increíble verse obligado a recordar algo tan elemental.

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