sáb. Abr 4th, 2026

A diciembre de 2023, la inflación al consumidor en México se situó en 4.66 por ciento, significativamente por debajo de su máximo de 8.70 por ciento (impreso en agosto de 2022). Esta caída no ha sido una de las más pronunciadas ni rápidas en la actual fase de desinflación que están viviendo buena parte de los países tanto desarrollados como emergentes, pero tampoco ha sido una de las más lentas. Es justo decir que la caída ha sido razonable, máxime si se reconoce que ha sido promovida no sólo por los precios de bienes y servicios habitualmente volátiles, sino también por los precios de aquellos bienes y servicios con dinámicas más graduales y vinculadas a la ciclo económico. (Inflación subyacente). Dicha inflación ha disminuido de una tasa anual de 8.51 por ciento en noviembre de 2022 a 5.09 por ciento a finales del año pasado. Además, el consenso de analistas prevé que, durante el presente año, dichas caídas se extenderán a niveles cercanos al 4 por ciento, regresando así a niveles muy cercanos a los promedios históricos de México.

Lo anterior es sin duda una noticia alentadora. Sin embargo, vale la pena hacer un par de reflexiones sobre lo que realmente representa para los bolsillos y la calidad en el consumo la disminución de la inflación.

Por un lado, como resultado de la confluencia de diversos shocks tanto de demanda como de oferta, el índice de precios al consumidor (INPC) acumula un aumento del veinte por ciento en los últimos tres años. Lo anterior ha significado por sí solo una erosión en el poder adquisitivo de la canasta representativa medida a través del INPC. Dicho lo anterior, cabe mencionar que la caída de la que hemos hablado hasta ahora se ha producido en el ritmo de crecimiento anual de los precios y no en los precios en general. En este sentido, el consenso de analistas (y autoridades) dista mucho de anticipar un período deflacionario. Es decir, no se espera una caída generalizada y sostenida de los precios, sino más bien una moderación en el ritmo de su aumento anual.

Dicho esto, el temple observado hasta ahora y la eventual recuperación del poder adquisitivo no vendrían de una caída generalizada de los precios sino del ajuste al alza de los salarios nominales. La conveniencia de aumentos salariales similares o superiores a la tasa de inflación anual es otro tema a discutir. Lo relevante por el momento es no confundir una disminución de la inflación con una disminución general de los precios de los bienes y servicios que consumimos.

Por otro lado, en el ámbito de la calidad de nuestro consumo, cabe recordar la existencia de un fenómeno palpable en los últimos tres años: la ‘reducción de la inflación’ (contracción, en Inglés). Es decir, en los últimos tres años no sólo han aumentado los precios de los bienes y servicios que consumimos, sino que también algunos elementos de nuestras canastas de consumo han sufrido cambios que pretendían compensar el aumento de los costos de producción mediante medidas distintas al precio. del bien o servicio final.

En general, hemos observado el fenómeno de ‘reducción de la inflación’ en diversas formas, con el fin de mantener la percepción de precios estables a costa de reducir presentaciones, reformulaciones o ajustes en porciones. Por ejemplo, nuestro restaurante favorito habría introducido vajillas nuevas de menor tamaño o ajustado recetas o menús, privilegiando la rentabilidad sobre la calidad o abundancia de ingredientes o raciones. Algunos alimentos habrían migrado a presentaciones ‘económicas’ con un precio unitario más bajo pero un precio por gramo más alto. Para algunos servicios, habrían minimizado sus comodidades o comodidades adicionales a su servicio específico en un esfuerzo por mantener o aumentar ligeramente su precio (por ejemplo, no más capuchino gratis mientras espera su servicio automático regular).

Teniendo en cuenta lo anterior, es importante reconocer que, en el corto plazo, los precios podrían desacelerar su ritmo de aumento, pero la calidad, presentación o propiedades del producto o servicio podrían tardar en volver a ser lo que eran. como mucho. algún día regresan. Lo anterior seguiría teniendo implicaciones en la calidad del consumo que realizamos día a día en un entorno postinflacionario.

La primera de las aclaraciones que he hecho en este artículo (disminución de la inflación no es disminución de los precios) podría resultar obvia para muchos, la segunda no tanto (“reducción de la inflación”). Las consideraciones anteriores no son las únicas, dedicaré una entrega posterior a algunas otras consecuencias posinflacionarias que no debemos perder de vista.

Joel Virgen es analista económico del sector financiero radicado en Nueva York, Estados Unidos. Sus opiniones no necesariamente representan las de una institución financiera en particular.

Gorjeo: @joelvigen

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