mié. Jun 3rd, 2026

En mis tiempos, José López Portillo deja constancia de su enfado por la abierta actividad política de su antecesor. De regreso a México, Luis Echeverría generó tal revuelo que su sucesora, además de lamentarse, anota en sus memorias que hablará con él para pedirle que deje de hacer ruido.

Eran tiempos diferentes, por supuesto. Sólo hubo expresidentes tricolores y las corrientes políticas que pesaron fueron del PRI, o de grupos marginales. Entonces, aunque ya había abandonado Los Pinos, el ex presidente tenía un claro ascendiente entre bastantes correligionarios, y su actividad fue interpretada políticamente.

A fuerza de exilios y bofetones, los que ya habían bailado aprendieron que su mejor escenario una vez trasladada la banda presidencial era sentarse, en un prudente ejercicio de autoridad silenciosa, porque si abrían la boca generarían grillas, chismes, especulaciones. y, al final de cuentas, problemas.

No siempre sucedió como lo establecía el guión no escrito. De ahí, entre otros, el enojo de López Portillo con LEA. Pero con sus altibajos y muchas reglas funcionó hasta Ernesto Zedillo, quien paradójicamente no tuvo un sucesor del PRI al que respetar y sin embargo es el ‘ex’ que más ha cultivado el silencio.

Con las alternancias, los rituales se evaporaron sin que la clase política haya establecido otros nuevos, o sin medir plenamente los beneficios o perjuicios de que los expresidentes cuiden su accionar, tratando así de contribuir a la que alguna vez fue su máxima responsabilidad: que a México le vaya bien. lo mejor posible. El ejemplo más cercano es, por supuesto, Vicente Fox Quesada.

Quien haya sido titular del Poder Ejecutivo no está condenado al silencio ni a renunciar a su derecho de expresión o participación política. No debería ser cancelado ni excluido de las plataformas. Si se equivoca o se excede, como a cualquiera, que se le apliquen las reglas o críticas correspondientes.

En el sentido contrario –y del mismo modo que se aplica a un líder religioso, comunitario, escolar, cultural o, por supuesto, político– tienes una obligación elemental: preguntarte en cada ocasión, literalmente con cada paso que das o palabra. usted dice, si tal ejercicio de su poder le da frutos a México.

No en vano si alguien como Carlos Slim declara, es noticia. Porque, como hacen otros jugadores importantes, cuida sus mensajes, el momentoy la relevancia de ambas cosas. Es fácil interpretar que lo hace más que por respeto al Presidente, para no interferir indebidamente en el progreso de las cosas.

Fox ha decidido, en una extraña reedición de 2006, que le toca saltar a la cancha y actuar como delantero contra el oficialismo en la contienda electoral que recién comienza en su etapa de precampaña.

Lo hace, lamentablemente, con arquetipos más retrógrados y nocivos, como se vio flagrantemente -pero no es la única ocasión- en su mensaje contra Mariana Rodríguez, con un machismo que dista mucho de ser reconocido y menos disculparse por él.

Fox, y no pocas veces Felipe Calderón, no advierten que con su frecuente participación en las redes sociales suelen contribuir a la polarización y, quién lo hubiera pensado, le dan a López Obrador un pretexto o material para alimentar ese espantapájaros de que el pasado es poderoso y acuerdos para descarrilarlo.

No es al actual presidente de la República a quien estos ex presidentes molestan o hacen ruido. Todo lo contrario. Lo fortalecen. En la alternancia, como antes en tiempos del PRI, el juicio de un expresidente vale oro… o aserrín, según el uso que se le dé.

Y Jolopo ya no está para al menos avisarles.

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Metro

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