
CEO Fundador LEXIA Insights & Solutions
Polarizar sirve para ganar elecciones y concentrar el poder, pero es muy perjudicial para gobernar y forjar estabilidad.
La polarización también ayuda a los grupos fundamentalistas a atraer a personas sedientas de certezas, una necesidad de pertenencia y vehículos para su ira.
Los triunfos del polarizador de hoy serán, mañana, las derrotas de todos. Lo estamos viendo en múltiples frentes y en varios niveles.
Del Brexit y la victoria de Trump en la última década, pasamos hoy a la invasión rusa de Ucrania y la recientemente inaugurada guerra frontal entre Israel y Hamás.
Me gusta repetir la frase “un río revuelto, ganancia de polarizadores” y vaya, el río está revuelto a escala planetaria. Pero esta frase requiere un matiz, ya que las ganancias serán efímeras y tarde o temprano se volverán en tu contra.
Polarizar genera una relación perder-perder en el largo plazo, ya que, uno de dos, el polarizador es derrotado y expulsado o es condenado a seguir una deriva autoritaria y/o fundamentalista como único mecanismo de supervivencia y mantenimiento en el poder.
Para cualquier gobierno, partido, movimiento social u organización, utilizar las emociones no es opcional, es un requisito para ser efectivo y tener influencia e impacto. Los líderes políticos han comprendido y explotado la relevancia de las emociones para ganar y mantener el poder.
El problema es que cada vez recurren mucho más a las emociones negativas que a las positivas. Instrumentalizar el odio y el rencor es apropiarse de la opción de utilizar el amor y la armonía. Más venganza y menos esperanza.
La confrontación se está apoderando de la colaboración y esto lo vemos en múltiples frentes que van desde la incapacidad de los representantes republicanos para ponerse de acuerdo sobre un líder de la cámara baja, los desacuerdos sistemáticos e innecesarios en las relaciones entre México y Estados Unidos o la expansión de una cultura de exclusión basada en en contrastar las identidades de diferentes grupos sociales.
Ya se sabe que esta tendencia a polarizar ha encontrado en las redes sociales un catalizador de enorme poder, ya que los algoritmos nos están encerrando en esferas irreconciliables con otras.
Joe Biden logró ganar la presidencia porque pudo salir de su polo y reunir a más votantes instando a las fuerzas políticas a buscar soluciones bipartitas. Emmanuel Macron, con su propuesta centrista, ganó la reelección en una Francia cada vez más dividida y conflictiva. La posible renovación de la investidura de Pedro Sánchez en la presidencia del gobierno español es una respuesta a la contención de la extrema derecha emergente de Vox.
Los mencionados son algunos casos de éxito, con propuestas más inclinadas al amor que al odio y han tenido éxito, lo que lamentablemente no ocurre en todo el mundo, como podemos comprobar en países tan disímiles como la India de Narendra Modi, la Rusia de Putin, la Hungría de Orban. , la Turquía de Erdogan, el Israel de Netanhayu o el México de nuestro López Obrador.
Si bien la recompensa de polarizar ha sido grande para estos líderes, el balance para sus países es negativo porque, si bien confrontar y dividir les es muy útil para acumular poder, reduce su poder, los incapacita y deslegitima para convocar a todos sus ciudadanos a trabajar. y luchar por causas comunes.
Recurrir a la polarización es una enfermedad que se está viralizando, dejando de ser monopolio de los poderes en el poder, ya que desde distintas posiciones de la oposición o resistencia también están recurriendo al odio y creando situaciones bélicas en la lucha de unos contra otros.
El fenómeno está degenerando los procesos democráticos, hacia luchas de poder centradas en decidir quién tiene el “polo mayor” y convertir así triunfos o derrotas en designios absolutos.
Nada garantiza mejor la existencia de conflictos futuros que aplastar y someter a tu rival. Por eso es tan peligroso lo que estamos viendo hoy en el conflicto entre Israel y Hamás, donde la tentación de buscar una “victoria total” es tan grande como ilusoria.
Los fundamentalismos son la expresión más completa de la polarización. Hamás ha hecho su apuesta de muerte y sangre con rotunda claridad. La imposibilidad absoluta de ceder, de negociar, de escuchar, de pactar, que caracteriza a este grupo, que ha encontrado en el gobierno radicalizado de Israel su complemento perfecto para asegurar no la solución del conflicto, sino su eternización.
Hamás ha optado por el “odio eterno” y parece estar consiguiéndolo.
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