
La visita de trabajo de dos días del Secretario de Estado Antony Blinken a Beijing ha encendido luces de esperanza en todo el mundo.
En 48 horas, Blinken se reunió con su homólogo Qin Gang -secretario de Relaciones Exteriores de China- para medir, tomar la temperatura y allanar el camino para lo que sucedería al día siguiente: el encuentro con Xi Jinping, líder supremo de China.
Las relaciones entre las dos mayores potencias mundiales en materia económica, tecnológica, comercial y militar habían ido en fuerte declive. Para algunos, incluso, un auténtico derrumbe.
La última vez que Blinken planeó un viaje a China para fortalecer y rehabilitar el diálogo directo fue precisamente durante la crisis de los globos aerostáticos, luego identificados como dispositivos de espionaje del gobierno chino, cosa que por supuesto negaron.
Ese fue un punto de inflexión, porque después pasaron muchas cosas que enturbiaron la relación.
El continuo acercamiento de Putin a Xi Jinping, en una evidente búsqueda de apoyo, una salida para sus bienes –principalmente hidrocarburos– debido a las severas sanciones occidentales por la invasión de Ucrania, además del tono más enérgico, beligerante y desafiante de China.
Las relaciones con Washington se han congelado en beneficio de todos aquellos que están centrados en construir, una vez más, un mundo bipolar dividido entre dos grandes bloques: Estados Unidos, con la OTAN y la Unión Europea -que son prácticamente lo mismo, con algunas excepciones-. . –, frente a China, Rusia, Irán, Corea del Norte, y muchos espontáneos como Venezuela, Cuba, Nicaragua y hasta Brasil, que busca rutas alternas.
Muchos expertos en seguridad internacional con años de experiencia sostuvieron hasta ayer que el choque comercial, arancelario y económico entre China y Estados Unidos acabaría desembocando en un conflicto armado.
Imagine las perspectivas para el mundo en caso de una guerra entre las dos potencias.
Por eso, para el mundo entero, excepto quizás para Putin y Kim Jong-un, el diálogo y el acercamiento abre una puerta luminosa para la comunicación, al menos.
Blinken pasó cinco largas horas con la Pandilla el domingo, en un diálogo que el Departamento de Estado calificó de franco, abierto, respetuoso y constructivo, donde seguramente se leyeron sus mutuas quejas y recriminaciones.
Pero el hecho de que el lunes, ese primer encuentro, desembocara en una reunión con el propio Xi Jinping, de quien se emitieron mensajes prometedores, permite deducir que este fin de semana se dio un paso de enorme trascendencia.
Blinken afirmó que aunque se habían reconocido sus “diferencias apasionadas”, pudieron construir un “terreno común” para futuros acuerdos.
Ambas naciones sostendrán profundas diferencias en materia comercial, territorial (recordemos el reclamo de larga data de China sobre Taiwán y el apoyo incondicional que Biden le ofreció hace apenas un par de meses) y muchas más, pero la reconstrucción de canales de diálogo y entendimiento será fundamental. para evitar que otros actores globales y regionales, como Rusia, Irán y Corea del Norte, inclinen la balanza hacia la confrontación en distintos escenarios.
Es importante señalar que la presidencia de Trump hizo mucho para dañar la frágil y intermitente relación entre Beijing y Washington. Putin fue el principal beneficiario de este distanciamiento, ya que llegó a acuerdos muy favorables para Rusia, comenzando por la invasión de Ucrania y el despliegue de una guerra absurda e inútil.
Xi Jinping se ha beneficiado del experimento y de la respuesta de Europa y Estados Unidos, precisamente para calibrar el alcance de sus propias aspiraciones hacia Taiwán.
Si antes de que termine la administración Biden y la vorágine electoral se apodere de Estados Unidos, se solidifica un sistema permanente de comunicación y negociación en todos los ámbitos, Biden y su gobierno habrán logrado una contribución significativa al mundo, independientemente de cuáles sean los resultados de las próximas elecciones y de la proporción que logren republicanos y demócratas en el Congreso.
China tampoco quiere una guerra con Occidente, China quiere el acceso –casi absoluto– al mercado más grande del planeta, para que sus mercancías puedan tener un curso libre por todo Estados Unidos.
Estados Unidos tendrá que encontrar un equilibrio entre la paz y la estabilidad mundiales, con cierto apoyo de China frente a Rusia, Irán y Corea del Norte, a cambio de bajar los aranceles y permitir la entrada de productos chinos.
La visita representa un primer paso hacia la construcción de mecanismos de diálogo y negociación.
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