
Un dicho muy citado afirma que debemos tener cuidado con lo que deseamos, porque corremos el riesgo de que se haga realidad. Algo parecido ocurre en lo económico y siempre es un aviso para actuar con cautela.
Es un hecho que, en los escritorios de las casas de bolsa y de las firmas de análisis financiero, México es una de las economías más prometedoras para la próxima década. Con una deuda baja, una perspectiva de desarrollo única e indicadores macroeconómicos estables, nuestro país entrará en un período en el que finalmente podría consolidar un desarrollo sostenido.
En el pasado hemos tenido otros períodos que predijeron crecimiento y estabilidad. Recordemos el llamado ‘milagro mexicano’, ocurrido a mediados de los años cincuenta y que se prolongó hasta principios de los setenta, gracias al modelo de ‘desarrollo estabilizador’ que impulsó prácticamente la totalidad de los sectores productivos del país durante tres seis meses y medio. términos de año. Luego vino el famoso auge petrolero de los años 80, en el que se nos advertía que teníamos que estar preparados “para gestionar la abundancia”. La diferencia fue que el primero se basó en la buena administración y el segundo fue una historia de despilfarro.
Después de la crisis del petróleo, lo que vino fue una sucesión de administraciones que siguieron un guión internacional que justificaba el libre comercio en ciertos sectores, el proteccionismo en otros y una globalización sostenida por la creencia de que los mercados tienden a acomodarse a sí mismos. solos como sandías. Cuarenta años después, eso no ocurrió ni en los años 90, ni a principios del nuevo siglo, porque caímos en la peor debacle (bautizada como ‘efecto tequila’), sufrimos una recuperación que trajo un cambio de partido en poder, que disfrutó de una racha histórica de ingresos petroleros, que –una vez más– despilfarró, para dar paso a un período de seis años de guerra simulada, a uno de corrupción acelerada, hasta que una mayoría de nosotros decidimos que ya era suficiente y era hora de Cambio de curso. En este camino, lo que sí ocurrió fue un aumento de la desigualdad, una pobre privatización de las funciones del Estado y sistemas administrativos obsoletos.
Sin embargo, el progreso de cinco años no es suficiente para cantar victoria y el gobierno entrante debe acelerar -no sólo establecer- políticas de desarrollo social complementarias, atención a las causas que generan la violencia e inversión económica, pública y privada para que la posición de México en El mundo financiero se expandirá.
Ya ha quedado claro, al menos para los mercados, que nuestro país es un socio comercial fiable, un actor fundamental en el bloque económico más poderoso de Occidente y un país con muchos recursos naturales y humanos para servir a un planeta que en los próximos años años podrían entrar en un nuevo ciclo de consumo y transformación comercial.
En ese sentido, nadie espera sorpresas en la gestión financiera, ni en la forma en que se ha orientado el gasto, particularmente hacia segmentos de la población que habían sido olvidados, pero que hoy impulsan históricamente las ventas de bienes y servicios. Es necesario reforzar este mercado interior, que en ningún otro momento se había visto con tanta claridad. Quizás no tengamos mejores oportunidades que los próximos años para lograrlo.
Esto significa el surgimiento de una nueva clase media, paralela a la que logró sobrevivir a tantas crisis y turbulencias, que abre oportunidades que antes estaban reservadas a ciertos sectores por origen o vinculación con la estructura de poder. Si algo podemos celebrar de este cambio de era es que la balanza se equilibró y la formación de una nueva ciudadanía está en marcha.
Pero eso también representa un desafío para que México no regrese a un modelo de concentración de la riqueza y amplíe los beneficios sociales, educativos y de salud a la mayoría de la población, con servicios públicos universales y gratuitos. Así como ocurre en los casos de éxito de naciones que son punto de referencia para quienes están de acuerdo y quienes están en contra.
Dudo que estemos en un escenario en el que se repitan los grandes errores de la gestión de la abundancia. Creo que estamos más cerca de un ‘nuevo milagro’, que no se basa en la fe ni en la suerte, sino en la convicción de que éste es el camino que debemos tomar para ocupar el lugar que merecemos en el mundo y, además, corregir muchos años de la injusticia y el abuso, a través de una mejor organización social y nuevos valores y principios.
El autor es comisionado del Servicio Federal de Protección.
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