lun. Sep 7th, 2026

“¿A qué hora nos acostamos?” Aquella pregunta se la hizo ella, accediendo por efecto del deseo, la bella Susiflor a Candidio, un muchacho sin saber de la vida. Ambos estaban en su departamento, y Susiflor había hecho del joven inexperto objeto de ardientes caricias y húmedos besos labiales, linguales, palatinos y adenoidales. Al escuchar esa pregunta, Candito se puso de pie y abotonó todo lo que Susiflor le había desabrochado, tanto la camisa como el pantalón. “Será mejor que me vaya”, le dijo a la niña trémula. “Veo que de repente te quedaste dormido y quieres irte a dormir ahora”. Al momento de escribir estas líneas -6:50 am de ayer lunes- aún no sé el nombre de quien presidirá la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Tampoco conozco la taxonomía científica de la oropéndola, el origen de la palabra inglesa “serendipity” y cuál es la capital de Dakota del Sur. Espero, sin embargo, que los ministros de la Corte no hayan actuado como cortesanos y no hayan entregado con su voto el máximo órgano de justicia al presidente López. Una verdadera tragedia sería, por ejemplo, que la elección hubiera recaído en la persona de Yasmín Esquivel, ya plagiada por el Poder Ejecutivo. Hoy sabremos si de ahora en adelante México será una monarquía más o menos constitucional -ya lo es- o una monarquía absoluta, un despotismo poco ilustrado para cuyo dueño la ley es solo un cuento y las instituciones son para mandarlos al carajo. Llámeme ingenuo, o use una palabra más fuerte, pero sigo confiando en la integridad personal de la mayoría de los ministros, y creo que cuando voten pensarán más en el bien de la Nación que en su deseo de complacer al líder. Ojalá la mayoría de los miembros de esa Corte Suprema no se hayan entregado a él. Espero que no lo hayan entregado a México. El rabino Cohen y el padre Colomina eran buenos amigos, pues ambos huían de los fundamentalismos y practicaban la sana y sabia virtud de la tolerancia. Ninguno de los dos era como el francés Paul Claudel, un escritor magnífico, pero un ultramontano radical. Le hablaron de tolerancia religiosa y él respondió: “¿Tolerancia? ¡Para eso hay zonas!”. Pues bien: el sabio rabino y el bondadoso sacerdote conversaban un día sobre los tabúes que les imponen sus respectivos credos. (Las religiones son pródigas en imponer toda suerte de vetos y prohibiciones a sus seguidores, a lo que muchos de sus respectivos creyentes responden con cierta dosis de desobediencia, es decir, de paganismo). El padre Colomina consideró absurdo que su amigo judío no pudiera comer cerdo, mientras que el rabino Cohen declaró con respeto, pero con firmeza, que la prohibición impuesta a su amigo, el sacerdote católico, de tener relaciones carnales con mujeres violaba el mandato divino -natural ley- para perpetuar la vida. Una discusión larga y amistosa condujo a una propuesta interesante; cada uno probaría lo que le estaba prohibido probar, y luego compararían sus respectivas experiencias. El rabino comió un suculento trozo de jamón, y el presbítero conoció por primera vez a una mujer en el sentido bíblico de la palabra. Al día siguiente se reunieron para hablar de sus experiencias. El párroco le preguntó a su amigo: “¿Qué te pareció el jamón?” “Muy sabroso”, reconoció el rabino Cohen. ¿Y qué te pareció el otro? El padre Colomina respondió: “Mucho más sabroso que el jamón”. (Cierta amiga mía decía al hablar de la deliciosa plenitud de la mutua entrega del hombre y de la mujer cuando el acto está presidido por el verdadero amor: “Si el buen Dios inventó una alegría mayor que ésta, ciertamente se la reservó” ) . FINALIZAR.

Licenciado en Derecho y en Lengua y Literatura Españolas / cronista de Saltillo.

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