vie. Abr 10th, 2026

Es en la persona del diputado Ignacio Mier, antes que en la de Ricardo Monreal, en la que hay que prestar mucha atención para entender el momento que vive la política mexicana.

Cierto, en las próximas horas la definición que tome el senador Monreal -de forma individual y con un puñado de supuestos incondicionales- respecto a la contrarreforma electoral marcará la deriva de las elecciones en México; pero no estaríamos en tal aprieto sin gente como Mier, convertido –¿por su ambición de gobernador de Puebla?, ¿por sumisión genética priísta?…– en emblema de la retrógrada capitulación del Poder Legislativo.

La orden de Andrés Manuel López Obrador de que sus iniciativas no toquen ni una coma ha sido interpretada como un desdén hacia la oposición. Sí lo es, pero en la contrarreforma electoral que se discute estos días se puede apreciar cuán profundo es ese desprecio, que arrastra y anula a los propios legisladores del bloque oficial.

Varios cronistas, legisladores y expertos en nuestra vida parlamentaria han descrito el desorden sin precedentes en las formas en que se procesó la contrarreforma electoral que busca AMLO. No conforme con esto, el Presidente ha determinado que se cancelen un par de modificaciones que sus aliados querían incorporar a la iniciativa. Efectivamente: ni siquiera a ellos se les permite “cambiar comas”.

López Obrador quiere un Congreso de levantadores de dedos, de “ovejas”, de legisladores que acaten con disciplina, docilidad y fervor lo que les mande. En definitiva, quiere un Congreso de la Unión de tiempos anteriores a los 90. Y su rebaño, Mier el primero, le dice sí, qué hora quiere que sea para tener la hora solicitada, correcta o no, publicada en la Gaceta Parlamentaria por el titular del Ejecutivo.

Además, con Mier de pastor de los morenistas, y acompañando a verdes y PTs, el Presidente despliega una de sus bazas favoritas: qué forma más sencilla de alimentar la imagen de hombre fuerte que pretende Palacio Nacional que aplastar a los pajarillos. que no respetan la obligación legal y ética de comportarse como miembros de un poder independiente?

Esta nulidad voluntaria de capacidades por parte de tantos legisladores es una mala noticia para la democracia mexicana. Cientos de personas con cargos de elección popular guardan silencio y aceptan sin razón todo lo que les llega desde el Zócalo. Frente a ellos, opositores que no han destacado por sus detenciones o alimentación parecen grandes tribunos. En términos generales no lo son, pero eso es otro tema.

A los excolaboradores de Tabasco no les sorprenderá para nada lo que está pasando ahora. Tanto en su gestión al frente del Gobierno como en breves intervenciones, Andrés Manuel ha demostrado que la Legislatura constituye, en el mejor de los casos, un proceso por dirimir. Entonces, lo que vemos con la contrarreforma es un insulto al capricho presidencial, sí, pero consistente, en forma y fondo, con la tendencia de AMLO de no darle al Congreso la categoría de alter ego en cuanto a poderes. Y eso lo permite, antes que nadie, Morena.

López Obrador se habrá ido en un par de años, pero en la biografía de estos legisladores del oficialismo quedará marcado que, en efecto y sin aspavientos, hicieron retroceder el reloj a los tiempos en que los diputados eran ocupados por personajes que sin vergüenza se asumieron voluntariamente enajenados al titular del Poder Ejecutivo. Mier a la cabeza (es un dicho) de todos aquellos.

Monreal tiene ahora la oportunidad de no ser un Mier más; no peor Mier, porque ya era un gobernador rebelde.

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Metro

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