dom. Abr 19th, 2026

El presidente López Obrador ha llevado a su partido a una contradicción. A cambio de apoyo electoral, Morena sacrifica la congruencia de muchos de sus candidatos con su ideología. A cambio de ganar elecciones, no importa si los candidatos están relacionados con un proyecto. Pueden ser viejos enemigos del movimiento obrero, pero, para obtener resultados, las ideas se dejan atrás.

Cuando Morena era un partido emergente, antes de 2018, el problema era encontrar personas que aceptaran ser nominados. Después de ese año, el problema fue encontrar un método para ordenar la cola.

López Obrador definió desde su propia elección en 2018 que las encuestas serían el método de elección interna dentro de Morena. Un método que se remonta a sus años en el PRD y las encuestas que el entonces partido opositor comenzó a elegir a sus candidatos presidenciales.

No hay nada de malo en tener procesos claros dentro de los partidos para designar a sus candidatos. Al contrario, es una buena manera de incorporar su militancia y contrastar diferentes proyectos internos. El problema es cuando se les da una supremacía que sacrifica todo lo demás.

En Morena, la popularidad importa más que la congruencia con el proyecto nacional propugnado por el presidente López Obrador. Lo importante es la “voluntad popular” reflejada en las encuestas, argumentando, como lo hace el presidente, que el pueblo manda. No hay criterios claros ni lealtades previas necesarias para competir con Morena por cargos públicos: lo crucial es ganar.

Varias personas que aspiran a ser candidatos en 2024 carecen del perfil que López Obrador ha definido como impoluto. El caso más evidente es el de Omar García Harfuch: no se trata de sus cualidades personales (que las tiene), sino que su perfil encarna al enemigo histórico de la 4T. Trabajó con Genaro García Luna, uno de los grandes demonios según el credo obradorista; Fue operador en Guerrero cuando ocurrió la masacre de Ayotzinapa y quizás parte de las reuniones en las que, según López Obrador, se urdió la verdad histórica.

Estas no son acusaciones externas; Son los parámetros que AMLO ha utilizado para ejemplificar la fuerza del mal. Ahora su propaganda opera contra el candidato “popular” de Claudia Sheinbaum, ni siquiera contra Morena, porque no ha sido militante.

Por cierto, sus antepasados ​​fueron parte del régimen que López Obrador llama corrupto del PRI en su época dorada.

Pero Harfuch no está solo en esta elección. En la mayoría de las contiendas para gobernador hay el mismo patrón: antes de Morena, sus candidatos tenían otras lealtades.

Carlos Lomelí, quien está en su segundo intento por ser gobernador de Jalisco, fue anteriormente miembro del Movimiento Ciudadano, incluso representó al partido como diputado en 2015. En Guanajuato, el candidato favorito de Morena, Ricardo Sheffield, fue miembro del PAN hasta 2018. Mientras tanto, en Yucatán destaca la aspiración de Verónica Camino, quien llegó al Senado con el PRI y luego saltó al Verde y, ahora, militar con Morena. También está Chiapas, donde Sasil de León podría ser el candidato. Pero es difícil ignorar su pasado con el Partido Verde durante la época de Peña Nieto, llegando incluso a hacer campaña junto a él en el estado.

No parece haber ningún requisito ideológico. Al jurar lealtad a la 4T para las próximas elecciones, se olvidan las diferencias del pasado. La necesidad es ganar los votos –o las encuestas– para ganar la candidatura.

El pragmatismo electoral está convirtiendo rápidamente a Morena en una nueva versión del PRI y el PAN. En varias ocasiones he preguntado a personas que viven en distintos estados del país si tal o cual gobernador de Morena ha hecho una diferencia. La respuesta es casi siempre la misma: podrían haber sido candidatos del PRI o del PAN, casi nada ha cambiado.

Es innegable que la estrategia ha dado sus frutos. Morena hoy controla 21 gubernaturas (23 si contamos la verde de San Luis Potosí). Pero para ello tuvieron que abandonar la congruencia.

La 4T, que prometió reformar a México, se ha convertido en una lealtad electoral y no ideológica.

Para ganar las elecciones se buscaron candidatos rentables, pero perdieron la ideología (si es que alguna vez existió).

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