dom. Oct 4th, 2026

Es imposible negar que se quiere al presidente López Obrador. Imposible ocultar que se le apoya. Es difícil regatear el entusiasmo, la emoción, el reconocimiento entre quienes salen a la calle a manifestarse a su favor. Y no es solo cuestión de “llevar” o pasar lista o tortas o frutsis. AMLO cada día, con las palabras que pronuncia, las élites que ataca y las promesas que hace, se convierte en megáfono del México marginado. Le da una plataforma y una voz. Comprende sus legítimos agravios y los magnifica magistralmente. Pero es muy diferente narrar bien que gobernar bien. AMLO no entregará buenas cuentas y es difícil encontrar métricas que puedan presumir. Pero en un afán por rescatar algo del proyecto progresista que la 4T trastocó y traicionó, ahora se celebra el triunfo -al menos- de la “narrativa lopezobradorista”.

Como argumenta Carlos Pérez Ricart, ese será el éxito. Que ningún gobierno deje de concebir proyectos de desarrollo para el Sur. Que ningún presidente vuelva a resolver problemas desde los lujosos jardines de Los Pinos. Que todo Presidente no olvide visitar los lugares más recónditos del país. Que no habrá lujosos viajes a Europa al estilo de Peña Nieto. Todas esas predicciones pueden ser ciertas, y lo agradezco. Pero transformar la narrativa, o el escenario del poder, o la forma de interpretar la realidad o medirla, no es lo mismo que transformar el País.

México no se está convirtiendo en Venezuela, pero detrás de la “narrativa positiva” se vislumbra una realidad más preocupante: México sigue siendo el mismo México. Un país clientelista alimentado por un Estado que crea destinatarios en lugar de participantes. Un país que mantiene el capitalismo de amigos, solo que con otros amigos; los de la 4T. Un renovado sistema hegemónico de partidos con pocos contrapesos. Un andamiaje institucional corroído, cuyas carencias han sido reemplazadas por un presidencialismo revivido y una militarización sin controles civiles.

AMLO ha cambiado la correlación de fuerzas pero en beneficio propio y de su pueblo, no a favor del Estado ni de la aspiración democrática. No a favor de leyes y reglamentos que desmonten el capitalismo oligárquico y acaben con su vertiente extractiva, rentista y depredadora. No a favor de un sistema tributario que aumente la presión fiscal sobre los que más tienen, para hacer frente a la desigualdad. Es Andrés Manuel quien cobra fuerza, no las instituciones necesarias, no el Estado. Ese Estado que día a día pierde la capacidad de regular, de intervenir, de educar, de sanar, de incentivar el crecimiento, de promover la legalidad, de garantizar la seguridad, de reducir las brechas. La destrucción metódica no ha empoderado a las mayorías, pero ha empoderado a una sola camarilla.

No veo a AMLO buscando inaugurar una nueva democracia más transparente, con contrapesos más robustos, con instituciones remodeladas para rendir cuentas, combatir la corrupción y asegurar una mejor representatividad. No veo una política social que reduzca el número de pobres, más allá de transferencias incapaces de generar trampolines para la movilidad social en el largo plazo. Pero sí veo el reemplazo de la discreción tecnoburocrática por la discreción obradorista. López Obrador no acaba con la confusión sistémica entre poder político y poder económico; simplemente se lo apropia.

Celebrar el cambio de narrativa sin abordar el deseo destructivo o los resultados reales es caer en la trampa que ha tendido el Presidente para seguir seduciendo con palabras y épica, pero no con hechos y métricas. Es participar del mito del cambio estructural que ha sido más un cambio teatral, de énfasis, de enemigos, de semántica. Aplaudir el cambio de guión sin destacar la propensión autoritaria -vive hoy en 4T- equivale a justificar a quienes discursivamente querían desplazar a las élites, pero para sí mismos situarse en la punta de la pirámide. Acurrucados allí, rechazan la cacofonía del pluralismo y buscan alterar las reglas de la democracia disfuncional para nunca perder el poder. La exaltación de la nueva escenografía en el mismo teatro se convierte en refugio del autoritarismo, disfrazado de preocupación por los pobres y recuperación de la dignidad simbólica. Y defender el lopezobradorismo como una ficción olvidada de los resultados que produce, no es un logro. Es una claudicación.

Leer la nota Completa

El Imparcial

By El Imparcial

EL IMPARCIAL, ahora en su versión en web online, es el periódico líder al Noroeste de México y en Sonora, con una cobertura informativa oportuna y veraz en materia de noticias de actualidad y relevantes.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *