jue. Jun 25th, 2026

Emprender. Dime, querido lector, ¿cuánto hace que no escuchas esa palabra? Parece que fue desterrado de nuestro vocabulario, y lo que no se nombra se debilita en los hechos. El emprendimiento es parte de la naturaleza humana. Nuestra cabeza produce ideas, las ideas en un ambiente adecuado se pueden probar y en algunos casos generan tanto valor para la sociedad que la transforman, y quien lo genera recibe una recompensa del tamaño de su aporte. Porque las sociedades premian a quienes las transforman.

Schumpeter lo llamó el destrucción creativa. Siempre hay ideas mejores que otras, lo nuevo reemplaza a lo viejo y así evolucionan las sociedades. Una sociedad se estanca cuando adormece o mata a sus empresarios. Cuando no deja lugar para ellos porque son tan grandes los privilegios que se hacen los primeros que ya no hay lugar para los sucesores. Pienso en la actividad económica, pero permítanme hablar también de política. Las fiestas de siempre no comprometen, no ofrecen algo mejor al ciudadano porque cuando se establecieron cerraron las puertas o levantaron las barreras que impiden la asistencia de nuevos participantes. Los que disfrutan de ese privilegio, de un mercado protegido, se vuelven holgazanes, ignorantes. Matan el progreso.

Emprender en México no es un concepto de moda. Hoy no hay nada en cuanto a políticas públicas para promover el emprendimiento. Porque el emprendimiento es el anatema del control. Quien emprende rompe, no se somete. Quien emprende retos. Quien desafía no puede ser sumiso. Por eso, las palabras de moda en este sexenio son traspasos, clientelas, control… No emprendimiento.

Esta reflexión surge de trabajos recientes de México Evalúa. El primero es un Índice de la Burocracia en América Latina, en el que participamos junto a otras organizaciones de la región, bajo el liderazgo de Ana Lilia Moreno para el capítulo de México, y Roberto Salinas y Sary Levy-Carciente para la visión del conjunto de países. El estudio se puede encontrar en nuestro sitio web. Lo que ofrece es una descripción y análisis de lo que significa ser emprendedor en la región. Un microempresario. El que tiene fiebre por hacer algo, por el simple hecho de ganarse la vida o por otra cosa, pero encuentra el hielo de la realidad. En el estudio queda claro que el Estado tiene la capacidad de imponer obstáculos. Y es paradójico: no se presenta para generar certidumbre, sino para imponer una carga regulatoria de tal magnitud, que puede implicar 500 horas de trabajo al año, en promedio, para las pequeñas empresas de la región. No quiero hacer un argumento de desregulación total, porque estoy convencido de que el Estado tiene deberes que cumplir, como garantizar los derechos de los consumidores, la protección del medio ambiente o la salud. En definitiva, externalidades positivas de intervenciones inteligentes.

El índice al que me refiero describe los excesos basados ​​en testimonios de personas reales. Aquellos que se atrevieron a dar rienda suelta a sus impulsos de emprender y que encontraron muchas dificultades. Sobrevivientes de obstáculos regulatorios que se agotan, y luego los llamamos improductivos.

Esto de por sí desanima a los que quieren emprender, porque implica subir una cuesta empinada que no siempre deja ver la cima. Pero hay otra faceta del estado que tiene implicaciones más profundas. No es su intromisión excesiva, sino su ausencia lo que duele. Cuando el Estado es incapaz de ejercer su autoridad para estar presente, para ofrecer certeza y protección, se abre un flanco que nos devuelve al estado de naturaleza. A la ley del más fuerte o, mejor dicho, del más violento. Me refiero al fenómeno del cobro de derechos de piso. Un esquema de protección que surge cuando el Estado se retira o cuando es incapaz de brindar esa protección.

Describo un estado de indefensión en el que quedan quienes quieren ejercer su libertad de elección y de emprender. Mi colega Teresa Martínez sostiene, con base en sus estudios sobre el tema, que cuando el Estado abandona el ‘monopolio’ de la protección, abre la puerta a un mercado para tal función. Quien haga la amenaza de daño más creíble en un territorio se queda con el negocio. Teresa dice que es una “protección preocupante”, porque quien la ofrece amenaza, y puede crear una relación a largo plazo en la que el delincuente saca un impuesto. Sí, un impuesto penal (por cierto, así se llama el micrositio donde puedes encontrar todo lo que hemos investigado sobre el tema). Imagínese, querido lector, la situación: un Estado excesivo y un Estado ausente, simultáneamente. Ambos son signos de debilidad.

¿Somos emprendedores? quiero pensar eso Creo que es parte de nuestra naturaleza. El emprendedor no es el gran hombre de negocios. Es la persona que, bajo ciertas condiciones, puede desarrollar sus ideas hasta generar valor para él y la sociedad. Es un mundo donde todos ganamos. En él hay dignidad y valor. Lo proclamaría como un derecho fundamental. En México, pocos pueden hacerlo efectivo. Emprender es un privilegio más, accesible al grupo exclusivo. Miremos nuestras calles, escuchemos a quienes tienen sueños e ideas por desarrollar. Es una manera de acercarse a la naturaleza humana. Un eje para construir el futuro del país. Empieza a progresar.

El autor es director de México Evalúa.

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