
El Banco de México tiene una tarea formidable si quiere cumplir con su objetivo constitucional de asegurar la estabilidad del poder adquisitivo de la moneda.
La variación anual del INPC en diciembre de 2022 y, en promedio, desde noviembre de 2021, ha llegado a 7,8 por ciento, tasa que representa más de dos veces y media la meta permanente.
Además, la inflación ha tendido a mantenerse alta desde antes de la pandemia de Covid-19. Durante los últimos seis años, la inflación promedio fue de 5,3 por ciento, 1,8 puntos porcentuales por encima de la observada durante los seis años anteriores.
Asimismo, durante los tres años previos a la epidemia, la inflación promedio fue de 4,9 por ciento. Finalmente, la inflación subyacente, que excluye los componentes más volátiles del INPC, ha mostrado resistencia a la baja, con un promedio de 4,7 por ciento durante 2017-2022, versus 3.0 por ciento durante 2011-2016.
Una inflación alta durante mucho tiempo presenta el riesgo de que se arraigue en la mente del público, a través de expectativas de aumentos de precios significativos e incluso crecientes. Esta situación podría dificultar el funcionamiento de la economía y reducir el nivel de vida de la población, especialmente de los más pobres. Desafortunadamente, cuanto más tiempo continúa, aumenta el probable costo social de revertirlo.
Un indicio de que México podría haber entrado en este proceso es el aumento, desde 2021, de las expectativas de inflación de uno a cuatro años, reflejado en la encuesta a especialistas elaborada por Banxico, que solía mantenerse estable, aunque por encima de la meta.
Si bien desde junio de 2021, este instituto central ha incrementado sucesivamente su tasa de interés de referencia, el valor real ex ante de ésta, considerando las expectativas de inflación de corto plazo, superó el intervalo neutral a octubre de 2022. La restricción de solo tres meses y el rezago con el que opera la política monetaria podrían contribuir a explicar los mínimos avances en el control de la inflación.
De cara al futuro, la pregunta clave es si Banxico perseverará hasta alcanzar su objetivo de manera duradera. Una respuesta afirmativa requeriría superar algunas deficiencias en la conducción de la política monetaria.
Con mucho, la limitación más importante ha consistido en la ausencia de una comunicación contundente y precisa sobre la estrategia de lucha contra la inflación, más allá de las publicaciones. Esta función corresponde al gobernador del Banco de México, quien por ley es el vocero. Hasta ahora han prevalecido las opiniones de algunos miembros de la Junta de Gobierno (JG), cuyas discrepancias, aunque a título personal, han resonado como si fueran institucionales, generando confusión.
Detrás de esta carencia parece estar la falta de acuerdo en al menos cuatro puntos básicos. Primero, el grado de voluntad incondicional de perseguir la convergencia de la inflación a la meta. Algunos miembros de la JG han expresado su preocupación por un presunto “excesivo endurecimiento” si se ven afectadas otras variables, como la actividad económica. La experiencia internacional enseña que la reducción de la inflación difícilmente es gratuita. Pretender estabilizarse sin costo es ilusorio y puede conducir a una situación peor, incluida la estanflación.
En segundo lugar, el diagnóstico sobre la inflación actual. Durante mucho tiempo, desde el estallido de la pandemia, Banxico sostuvo erróneamente que la inflación sería un fenómeno “transitorio”. Habiendo abandonado esa interpretación, no parece haber consenso sobre la importancia relativa de los factores internos y externos en el crecimiento de los precios.
Tercero, confianza en el potencial de la política monetaria. Por ejemplo, según el acta de la reunión de diciembre de 2022, un miembro de la JG opinó que “una condición necesaria para reducir la ola de inflación es el cese de las presiones globales”. Esta apreciación, propia de un régimen cambiario predeterminado, pone en entredicho la capacidad de una política monetaria independiente, propia de un sistema flotante, destinada a combatir la inflación.
En cuarto lugar, la orientación de la política monetaria. La insistencia en mantener un diferencial entre la tasa de interés de referencia de Banxico y la del Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos parece tener como objetivo la estabilidad del tipo de cambio y no la de los precios. Al vincular el peso al dólar, Banxico podría estar acomodando las presiones externas, convirtiendo efectivamente la inflación en un fenómeno principalmente importado.
Bajar la inflación en México es posible, pero requiere una comunicación institucional clara sobre el compromiso incondicional con el objetivo prioritario y el uso adecuado de las herramientas para lograrlo.
Ex Vicegobernador del Banco de México y autor de Economía Mexicana para Desencantados (FCE 2006)
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