jue. Jun 18th, 2026

La espiral de polarización va en ascenso, cobra fuerza y ​​deja en la incertidumbre qué grado y altura puede alcanzar. El rumbo apunta a un desacuerdo, luego… a una ruptura.

Tres temas animan el torbellino. El veredicto contra el exsecretario de Seguridad, Genaro García Luna, que fortalece la narrativa oficial, debilita las ganas de resucitar de Felipe Calderón y coloca a Acción Nacional en nuevos problemas. La aprobación, por fin, de la reforma electoral que debilita la narrativa oficial, fortalece la resistencia y oposición a la terquedad presidencial y lleva el litigio a las calles ya la Corte. El descaro de la presunta ministra interina, Yazmín Esquivel, que cuanto más patea, más hunde.

El bucle aumenta justo cuando la declaración de culpabilidad del policía encumbrado por los gobiernos blanquiazules va acompañada de un mensaje de la Administración para el Control de Drogas, la famosa DEA: más vale cooperar o besuquearse. Mensaje del que ni los tirios ni los troyanos se dan por vencidos, a pesar del hedor a amenaza que desprende.

De las pocas certezas de estos días, hay una que es indudable: Felipe Calderón sigue sin entender la importancia del “timing” en política.

Solo a él se le pudo haber ocurrido publicar un texto dando consejos al público y buscando resucitar, en vísperas de la deliberación del jurado que terminó condenando a su policía favorito por cinco delitos. Solo a él se le podría haber ocurrido lanzar un tuit instándolo a asistir al mitin de pasado mañana, donde si asiste restará en lugar de sumar respeto al mitin. Solo a él se le ocurrió asegurar que nunca negoció ni estuvo de acuerdo con el crimen, no, de ninguna manera, solo lo integró al gabinete. ¿Creía que, en vez de condenar, iban a condecorar nuevamente a García Luna? ¡Qué inteligente el tuyo!

El expresidente debe rendir cuentas. Sobre todo, porque durante su sexenio más de una vez la prensa -esa tan despreciada por los gobiernos de ayer y de hoy- reportó acciones y conductas impropias o sospechosas del ahora reconocido doble agente. Pretender no haber oído hablar del tema y sentirse agredido por la sentencia es excesivo, como lo es pedir no distraerse con el asunto y, más aún, ignorar el caudal de muerte y violencia que dejó como legado y hoy hace al país. una tumba .

Es lógico, por supuesto, que si el expresidente nunca entendió el origen de su gobierno, menos se explica su destino.

Habiendo escrito lo anterior, el presidente López Obrador puede tirar el partido a la ruina.

Puedes celebrar lo que pasó allá en Brooklyn (no aquí, por iniciativa tuya), intentar despotricar políticamente y dar rienda suelta a tu alegría, incluso presumir de haber acertado en la narrativa. Sin embargo, espero que no cierres los ojos ni los oídos ante lo que sucedió y sus consecuencias. Además de García Luna, también estuvo en el banquillo el Estado mexicano, por lo que se le tomó una radiografía de cuerpo completo que reveló el grado de penetración del crimen.

Aun cuando se quiera hacer creer lo contrario, el juicio recae no sólo sobre el pasado, sino también sobre el presente, que, al militarizar la seguridad pública, expone a los altos mandos a encontrarse un día en el banquillo de los acusados. Prueba de ello, el caso del exsecretario de Defensa, Salvador Cienfuegos, detenido y luego liberado por gestiones presidenciales. Y, ni que decir tiene, hay funcionarios de este gobierno que la DEA tiene en la mira. Y no qué, varios de los propios gobernadores o aliados de Morena darán de qué hablar, en cuanto decaiga su estrella.

No en vano, a la resolución del jurado de Brooklyn, la directora de esa agencia, Anne Milgram, agregó una apostilla: “La condena de hoy de Genaro García Luna muestra claramente que la DEA no se detendrá ante nada para perseguir a los funcionarios políticos corruptos que participan en narcotráfico”. tráfico y violencia.” Más claro que el agua: la DEA va a actuar unilateralmente sin avisar ni compartir información, pero exigiendo aquí una cooperación efectiva.

La fiesta de hoy podría ser el funeral de mañana.

En tal circunstancia, el presidente López Obrador debería recalcular el despropósito de convertir el fracaso de la reforma constitucional del régimen electoral en la derrota de la reforma reglamentaria de las leyes electorales.

Ya se ha dicho aquí, el presidente erró en la forma, tono y momento en que impulsó la reforma constitucional. El relato oficial fracasó de entrada y, con ello, se perdió la oportunidad de reajustar uno de los pilares fundamentales del régimen. Insistir, ahora, en cambiar las reglas del juego electoral, quizás sirva para inquietar y ocupar a la resistencia civil ya la oposición partidista, pero el costo puede exceder la ganancia.

El problema no es solo que si la Corte no frena esta reforma se desequilibra la estructura del aparato electoral, si no lo hace el Poder Judicial colapsa. En tal condición, el tamaño de la crisis sería inconmensurable, justo cuando más de una luz roja en el tablero político parpadea advirtiendo de los peligros.

Este último hecho que, si bien afectaría el final del sexenio, convertiría en presidente cautivo a quien suceda al mandatario. Presa de su padrino y de sus adversarios. Reconciliarse sin capitular y separarse sin romperse al mismo tiempo no es fácil.

Al cuadro se suma esa flor del cinismo, llamada Yazmín. Ya no era lo que quería ni tiene qué hacer donde está y, en su afán de supervivencia, poco le importa arrastrar al Poder Judicial y al Poder Ejecutivo, a la fiscalía local ya la Universidad Nacional. El presunto egresado es como Felipe Calderón, uno de esos políticos en desalojo, incapaz de jubilarse, pero hay que retirarlo.

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Metro

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