
El multipremiado y gozosamente célebre biólogo chileno Humberto Maturana explicó que no es que los niños sean nuestro futuro, sino precisamente al revés: somos el futuro de las niñas y los niños, porque cómo estemos con ellos marcará profundamente condicionar sus opciones de vida.
En todo este complejo y por momentos muy sufrido en el 2022, vimos con feroz frecuencia el caso de docentes protegiendo a sus alumnos, tranquilizándolos, dándoles ejemplo de integridad y serenidad en los tiroteos ocurridos dentro o frente a sus escuelas, en diversas lugares en la ciudad. Geografía Nacional. También vimos los infames, pero comprensiblemente necesarios, simulacros de ataque con armas de fuego en las escuelas.
Lo que, por otro lado, todavía nos falta son verdaderos protocolos para el impacto socioemocional después de ese tiempo de violencia, así como lo que sigue a las otras violencias que se pueden manifestar o detectar en la escuela. Indudablemente lo primero es sobrevivir y acotar, pero a partir de ahí los referentes para el sistema escolar se limitan a la denuncia, el cambio de turno o plantel, la investigación y la “canalización para atención médica, psicológica o legal”.
Tenemos entonces tres déficits graves de enfoque: el primero sigue siendo el de la prevención, ya que no existen planes reales de acuerdos de convivencia que articulen la red de relaciones entre la escuela y la comunidad. Me explico: salvo iniciativas de autogestión de supervisores visionarios y directores valientes, no existe una auténtica detección de riesgos con una perspectiva más amplia que la de la escuela.
Escucho desde hace años, con admiración, asombro y condolencia, el trabajo en el territorio que se hace para articular no post facto, sino ante el riesgo presente con las familias, cuerpos de seguridad, fiscalías, servicios de salud, trabajo social y asistencial. cuando existe un claro foco de riesgo: escuelas cercanas a pasos fronterizos, zonas militares, campamentos de Pemex o CFE, campamentos temporales de trabajo, áreas de tráfico de armas y drogas, y en su extremo, en todas las supervisiones que se encuentran en territorio de drogas, en las que solo desde la integridad de los educadores está negociando con las fuerzas de ocupación zonas de libre paso e inmunidad para niñas y niños, y sus maestros, precisamente en medio de la más dramática de las deserciones del resto del Estado mexicano.
Los acuerdos de convivencia, cuando las cosas nos van bien, se hacen sólo desde los Consejos de Participación o asociaciones familiares, la mayoría de las veces en llamadas precipitadas y desalmadas, sin estudio previo, sin compromiso convencido, como un expediente a resolver “en un destello.” ”. Ciertos principios se socializan, pero las perturbaciones violentas no parecen disminuir, sino que se intensifican tras la apertura de las aulas. Hay “protocolos”, pero no estadísticas disponibles y transparentes para trazar polígonos de mayor frecuencia: hoy no hay forma de que un ciudadano común, interesado en los derechos humanos y el bien público de la educación, sepa cuántos hechos de violencia y con qué. características se dan en el año en las escuelas mexicanas.
El segundo déficit es la limitación a un modelo de “denuncia y canal”. En los documentos disponibles para cada estado (los hay de tiempos, tamaños, formatos muy diferentes y sobre todo profesionalidad), los manuales, protocolos o lineamientos tienen como momento y actividad central de la intervención la denuncia de los hechos al superior, a la fiscalía. , a la autoridad, para luego canalizar a las víctimas o afectados para su atención. En ninguno de los documentos encontré una estrategia de seguimiento por parte de la comunidad escolar. Si es admitido, hospitalizado o se va; Si va a ser reintegrado repentinamente, o en un plazo determinado, ¿qué corresponde a los agentes escolares? Hola, que bueno que regresaste, vamos a la pagina 67? Esta terrible omisión es una grave ausencia que hay que corregir.
El tercer déficit está en la comunidad. ¿Y los que se quedan? ¿Vamos a hacer un pacto de silencio lleno de conjeturas y chismes? ¿No vamos a aprender nada de tan doloroso hecho personal o colectivo? ¿No vamos a restablecer nada y esperar pasivamente que no vuelva a suceder? No se prevé ningún tipo de atención al grupo ya la comunidad, ni diálogos que sanen y fortalezcan.
Es necesario establecer protocolos para prevenir, detener y sancionar, pero también para restituir plenamente los derechos y reconstruir el entorno escolar. Protocolos de seguridad que no contemplen la atención socioemocional grupal derivada de la violencia. Morelos tiene una guía muy completa, tratando de identificar las diferentes irrupciones en la vida escolar y la experiencia de la meritoria Unidad de Maltrato y Maltrato Infantil de la Ciudad de México ha avanzado, pero aún nos queda mucho camino por recorrer. El refugio tiene que ser integral, y no solo aprender a esquivar la bala.
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