La tira cómica en México tiene una larga tradición, revela rasgos y formas de nuestra personalidad social. Juan Manuel Aurrecoechea y Armando Bartra -junto a otros investigadores-, se dieron a la tarea de indagar y exponer la riqueza histórica de nuestra historieta. Con el apoyo de Conaculta, el Museo de Culturas Populares y Editorial Grijalbo, en 1988 publicaron un texto destacado: Cuentos puros: La historia de la historieta en México. 1874-1934 Volumen I y 1934-1950 Volumen II.
Historia excepcional para conocer la evolución y profundidad de este género que en nuestro país contaba con millones de seguidores. A lo largo de los años, Aurrecoechea y Bartra notaron con sorpresa que un investigador y docente de la UNAM había tomado -sin dar el crédito correspondiente y haciéndolo pasar por propio- partes de esa obra.
Todo esto pudo haber sido anecdótico y olvidado, pero se propusieron demostrarlo. Denunciaron y demostraron el plagio, ese investigador y docente fue despedido y revocado su título académico. El asunto quedó zanjado y la vergüenza por ese personaje quedó en su expediente.
Cuando llegó esta administración encabezada por López Obrador, ese estafador fue reclutado por el Conacyt -no sin asombro-, pues una institución que favorece la investigación no debe albergar a un plagiario. La respuesta del actual dueño a la contratación fue de antología: “Ayudaría a combatir la ciencia neoliberal”.
Luego de este bochornoso asunto y con el seguimiento del periodismo crítico, el mismo individuo apareció luego como miembro de la CNDH, con un jugoso salario y como asistente indispensable del actual presidente de la distorsionada organización.
Hoy presenciamos con alarma que los plagiarios han entrado a las más altas esferas del Gobierno, no hay pudor ni vergüenza, el mismo Presidente de la República los defiende con pobres argumentos ideológicos.
Uno de los personajes que poblaron estas historietas y que Aurrecoechea y Bartra rescataron en su célebre obra fue “Jilemón Metralla y Bomba”, creado por la genialidad de Gabriel Vargas, quien caricaturizó tajantemente a ese México posrevolucionario que, años después, el mismo Vargas daría nosotros La familia Burron.
“Jilemón Metralla y Bomba” es estrafalario, ventajoso y cínico, un veterano revolucionario, un mentiroso irredimible, víctima del acné y dueño de un cabello despeinado que a veces esconde con distintos sombreros, poseyendo una nariz redondeada que parece ser su seña de identidad. Carlos Monsiváis la define como una “cabula”. La investigadora Laura Hernández Nieto, en su tesis de posgrado de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, lo analiza: “Como reflejo del mexicano en la etapa posrevolucionaria”.
Hoy tenemos serios problemas, el plagio del ministro Esquivel -del cual no hubo 18 párrafos, como lo fue el de ese docente despedido de la UNAM-, es una copia absoluta y sin defensa. Hoy sabremos si la ministra continúa en su aberrante pretensión de ser presidenta de la SCJN y continuar -ilegalmente con la ayuda de Palacio Nacional-, perteneciendo a esa institución.
Pareciera que la imaginación de Gabriel Vargas se hubiera materializado y la vida política actual fuera el relato de una de sus historietas, ingeniosas narraciones acompañadas de caricaturas que revelan un país desigual, corrupto, habitado por gente aventajada e ingeniosa.
Espectáculos que violan la ley electoral que nadie paga pero existen, mentirosos que hacen alarde descaradamente de sus mañas, instituciones antes respetables asaltadas por impresentables, promesas repetidas en Salud que sugieren una cruel burla. El cinismo como argumento y la ideología como justificación del desastre.
Todas las mañanas la Nación escucha puros cuentos, como una caricatura aparecen los disparates acompañados de mentiras. Vivimos en tiempos de trampas.
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