lun. Abr 27th, 2026

Él ambientalismo y el feminismo Se trata de dos movimientos que han amplificado su voz en los últimos años y que han señalado al sistema económico imperante como el detonador de la Crisis ambiental y violencia contra la mujer.

Aunque a primera vista sus objetivos puedan parecer distintos, hay puntos clave en los que convergen y que han dado lugar a una nueva forma de pensar estas luchas en común: la ecofeminismo.

“El feminismo tiene decenas de observaciones académicas, se interpretan de diferentes maneras, hay ondas de feminismo que ayudan a entender las variaciones de las corrientes. El ecofeminismo es el resultado de todo este ejercicio previo, pero también es un ejercicio teórico, práctico e interdisciplinario”, explica la doctora en Economía Internacional y Desarrollo por la Universidad Complutense de Madrid, Aleida Azamar Alonso en una entrevista para el financiero.

La primera persona que habló propiamente de ecofeminismo fue Françoise d’Eaubonne en su trabajo Le Feminisme ou la Mort escrito en 1974. Allí el autor argumenta que el La opresión de la mujer se produce paralelamente a la dominación de la naturaleza.

“Ella habla de un dominio indiscutible del hombre en todas las esferas del gobierno y en todas las instituciones que habían llevado directamente a la escena de crisis socioambiental. Esto ayudó a sentar todas las bases para este modelo de desarrollo en que vivimos que depende del desarrollo, la producción y la explotación depredadora que se beneficia de la la naturaleza sino también el trabajo de las mujeres”, detalla el académico.

Defensores ambientales contra el sistema

La falta de representación política e institucional de las mujeres en regiones donde abundan los procesos extractivos y la explotación ambiental ha hecho surgir una lucha no solo por la defensa del territorio pero para el reivindicación de los derechos de la mujer ante el estado.

Un caso que ilustra esto es el de Mujeres en Lucha Centro de Servicios Comunitarios de San Miguel Topilejo, ubicado al sur de la Ciudad de México, en la alcaldía de Tlalpan. Allí, los indígenas del lugar se organizaron para transformar una tierra insegura e insalubre en un espacio de vida y esperanza donde realizan actividades y ofrecen alimentos a 200 personas diariamente.

Para lograrlo debieron enfrentar el rechazo de los ejidatarios y la legislación agraria excluyente, hasta que a principios de la década del 2000 lograron rescatar el lugar.

“Ellas se encargan, tienen recolección de agua de lluvia, le dan trabajo a otras mujeres para que ya no sean tan dependientes y no tengan que mudarse. Es un gran ejemplo de ecofeminismo porque están defendiendo su territorio, sus derechos y poco a poco han incluido a los niños indígenas”, destaca Azamar.

A pesar del éxito de este caso, es necesario aclarar que la falta de apoyo colectivo e institucional es uno de los mayores riesgos que enfrentan las mujeres en América Latina junto con la violencia y la estigmatización.

“La mujer está claramente estigmatizada, está mal visto que la mujer participe en acciones más allá de las de su propio hogar. Las mujeres de la ciudad y las que salieron a protestar han avanzado algo en esta estigmatización, pero las que viven en zonas rurales o periféricas piensan que deben quedarse en casa a cuidar a sus hijos, a cocinar, a cuidar sus padres”, dice la especialista.

Además, “cuando las mujeres salen a defender el territorio, son amenazadas sexualmente, generalmente antes de matarlas, hay maltrato”.

Según datos de Global Witness, en 2020, más de la mitad de los ataques contra activistas ambientales ocurrieron en solo tres países: Colombia, México y Filipinas.

En México se cometieron 30 homicidios relacionados con conflictos socioambientales, de los cuales no hay datos oficiales sobre la composición por género.

“Siempre hemos tenido muchos problemas con las cifras, pero a pesar de eso, sabemos que el número de mujeres que participan en la defensa es menor que el de los hombres por los riesgos que corren”, dice Azamar.

Ecofeminismo en México: Colectivo Amasijo

Los desafíos que plantea la defensa del territorio en uno de los países más peligrosos para activistas ambientales y mujeres son muchos y de enormes proporciones.

Sin embargo, un grupo de seis amigos ven en la comida una forma de reconectar con la tierra y así promover su cuidado y restauración.

Colectivo Amasijo es un grupo de mujeres con diferentes saberes y haceres que descubrieron una nueva forma de incidencia socioambiental mientras cocinaban tamales de elote bajo un cielo nublado de agosto.

Mientras realizaban las tareas de elaboración del plato, se dieron cuenta que cuidar la tierra era un acto que podían hacer desde el cocido. Así surgió la idea de crear un proyecto que cuestionar, conversar y reflexionar sobre el origen y la diversidad de los alimentos.

“Empezamos a conectarnos con las mujeres que cuidan la tierra, y a cocinar esos víveres que nos daban y compartirlos con la gente de la ciudad”, narra Carmen Serra sobre los inicios del colectivo.

Mientras preparan los platos, se sientan a conversar con todos los involucrados en el proceso y es allí donde comparten sus experiencias en un ejercicio de “escucha amplificada”.

“Esta metodología de hacer algo mientras estás hablando realmente amplifica tu escucha. En esas conversaciones, el narrativas que emergen de las mujeres Los que estamos con los que realmente nos están hablando del cambio que se está dando en la tierra, del cambio climático, no es el científico que está en su computadora hablando de los tres puntos que la tierra se calentó, pero es la mujer que te dice que cuando llegaron las tabaqueras a Veracruz se acabaron las meliponas. Estas narraciones nos están dando cuenta desde un lugar de lo que le está pasando a la tierra”.

En cada comida o celebracion como ellos lo llaman, preparan un pequeño compendio que contiene las historias de las materias primas que componen los guisos.

“El berro es cada vez más difícil de conseguir, esta hierba crece donde hay mucha agua y generalmente hay cada vez menos agua limpia. Hay que estar muy pendiente de dónde y cómo se corta. Ella es Mariluz de Lerma en el Estado de México”, se lee en uno de los fragmentos.

Además de estos rituales entre amigas y compañeras del campo, se destacan otros de sus proyectos como el lanzamiento del mercado ‘Echar montón: Milpa Alta, territorio en resistencia’ en el Museo de Arte Carrillo Gil. Mujeres productoras del sur de la ciudad acudieron al lugar para compartir sus conocimientos e instar a los asistentes a ser más responsables con el cuidado de la tierra.

“Milpa Alta corre peligro porque están cambiando el uso comunal de la tierra, la quieren privatizar. La presentación fue un llamado para que desde acá podamos hablar de estos temas en defensa del territorio de Milpa Alta, cómo llevar algo que aparentemente está muy lejos a algo más doméstico y que realmente se pueda ver, tocar, oler. , sentir y conectar. Estas historias nos ayudan a estar cerca”, explica Carmen con fervor.

Además, han participado en una investigación sobre el fandango titulada ‘Los sones de la tierra’ en el Salto de Eyipantla, por encargo del Museo de Arte Moderno de Nueva York y en la conversación activa, ‘Re-member’, en Cove Park, Escocia en el marco de la COP26.

En una de sus más recientes colaboraciones con el proyecto artístico #NOVOYSOLA, instan a los marchantes del 8M a pasar por un taco de pato y unas tortillas de maíz producidas en milpas de “familias amigas, donde las yerbas que nos alimentan nacen libres en el monte, donde los animales que sacrificamos crecen cerca unos de otros y donde el cuidado está en el centro”.

imagina el futuro

El grupo cataloga sus proyectos como artísticos porque conciben el arte como un espacio “para poder decir cosas que quizás no te dejarían decir en otro campo”.

“El arte es político, es social, amplifica y da permiso para imaginar mundos que quizás no son tan obvios. Empiezas a crear las condiciones para que sucedan otras pero desde un lugar más creativo, más imaginativo”, subrayan.

Por eso, al visibilizar el aporte de las comunidades cercanas a la tierra y al compartirlo con las personas alejadas de ella, buscan demostrar que existe una alternativa al modelo productivo imperante.

“Los deseos del colectivo es el deseo de cómo queremos vivir, Bajo la comprensión de lo poderosos que somos cuando estamos juntos. En el momento que empecemos a desfragmentar las relaciones, quizás podamos empezar a imaginar y ponernos de acuerdo en lo que queremos ser en un bienestar y en un centro, todos nosotros”, concluye Carmen.



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