
Primero y ante todo. ¡Qué bien que el Presidente de la República esté convaleciente! Espero que pronto recupere todas sus habilidades y destrezas porque cuando el presidente está ausente, la República tiembla. Y no es la primera vez que él sufre esta experiencia y el país la sufre.
Siempre es duro, muy duro, desprender lecciones de alguna enfermedad o dolencia y, en esa condición, reubicar el propio límite y horizonte. No es simple ni fácil de aceptar. Menos aún, cuando pesa sobre los hombros tal responsabilidad como es ocupar la Presidencia de la República y, en esa función, se estremecen las instituciones con la pretensión de transformarlas sin mapa ni ruta.
Andrés Manuel López Obrador lo sabe. Él así como sabe que ha adoptado actitudes o emprendido acciones relacionadas con esa realidad y voluntad. Actitudes y acciones que se pueden resumir en decir que ya no se pertenecen, redactar un testamento político, insistir en asegurar la base de la supuesta transformación, arreglar las pendientes, atar el próximo gobierno a la idea de continuidad con el cambio, encorsetando a quien finalmente lo logra y, quien lo quita, si no un día elabora un instructivo o un tutorial de cómo gobernar después.
De ahí la importancia de aprender lecciones, reubicar límites y reconocer algo muy simple: querer no siempre es poder.
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Convalecer es recuperar las fuerzas perdidas por la enfermedad y, añade el diccionario -refiriéndose a una persona o comunidad-, salir del estado de postración o peligro en que se encuentra. Esa es la clave de la circunstancia: la recuperación del presidente López Obrador y el distanciamiento nacional del peligro.
No importa dilucidar qué tan bien o mal se comunicó el trance en que se encontraba el presidente, menos aún cuando su estilo personal inhibe –incluso en una situación de crisis– la capacidad de decisión de sus propios colaboradores. Prueba de ello, el mismo relato presidencial de lo sucedido. En el video que afortunadamente subió la tarde de anteayer, el presidente narra algo revelador. Dice que cuando los médicos militares pidieron instrucciones al secretario general de la Defensa, Crescencio Sandoval, para hacer lo correspondiente y él accedió, el mismo López Obrador las contuvo con cierta dosis de humor.
“Yo los charoled. Yo les dije: miren, él es el secretario general, pero yo soy el comandante supremo de las Fuerzas Armadas. Así que les advirtió, no me van a llevar a ningún lado. Aquí, en esta silla, me atenderán. Y me tomaron la presión, me dieron un litro de suero, me subieron la presión y ya. Afortunadamente, no empeoró”.
Si en esa condición el presidente López Obrador determinó dónde sería atendido, es difícil ponerse en el lugar de quienes deben comunicar lo sucedido. Ese es el problema de concentrar el poder y establecer el mando en una sola voz. Qué valiente fue para definir la estrategia de comunicación, sin la autorización y el visto bueno presidencial para, luego, como sucedió, ser negado. El asombro de los colaboradores es la consecuencia natural de este estilo personal de gobernar.
No, lo importante es saber si el presidente López Obrador es plenamente consciente de la circunstancia, si saca lecciones de la fragilidad de su salud y de la dificultad del proyecto que impulsa.
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En los últimos meses ha sido notorio cómo el proyecto presidencial sufre retrocesos en más de un frente y cómo la desesperanza empieza a imprimir su sello en la gestión presidencial.
Después de más de un año de su inauguración, el aeropuerto Felipe Ángeles aún no ha despegado. En diciembre se derrumbó la reforma constitucional del régimen político-electoral y en qué lío está la imitación de la reforma normativa, el llamado plan electoral B. A fin de año, el afán de colocar a un incondicional que resultó Ser un farsante como presidente de la Corte fue contraproducente. Desde hace semanas, la inacción oficial contra el crimen organizado ha tensado las relaciones con Estados Unidos, donde cada vez más voces radicales piden una acción directa unilateral aquí. Permitir que cuarenta migrantes asfixiaran y quemaran hasta morir hace un mes en la improvisada prisión del Instituto Nacional de Migración hizo que tocara fondo la política migratoria militarista y persecutoria adoptada bajo la presión de Estados Unidos. La semana pasada, la Guardia Nacional recibió la orden de regresar a la Secretaría de Seguridad, luego de asignarla por la puerta de atrás a Defensa. Anteayer murió sin nacer el Instituto Nacional de Bienestar. Desde hace un tiempo, la falta de reglas y acuerdos en el juego sucesorio distrae la acción de gobierno… Y, ahora, los legisladores de Morena cierran con ignominia el deseo de atender a toda costa las iniciativas del Ejecutivo. Afortunadamente, se mantiene la estabilidad económica y financiera.
Ante este panorama, la reacción presidencial no se ha hecho esperar. El lenguaje corporal, gestual y oral del presidente refleja a un hombre irritable, tenso, desesperado, fastidiado, incontenible y, por momentos, harto o fatigado, presa del sexenio que marca el final del otoño.
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Como en las dos ocasiones anteriores, un virus ha obligado al presidente López Obrador a suspender actividades y descansar. Más allá de la voluntad, la realidad. Querer no es poder.
Es hora, entonces, de desprender lecciones, reubicar el límite y el horizonte, recalcular los pasos y reconocer que en esto importa el ser, el modo de ser y, por supuesto, la República. Espero que el Presidente de la República se recupere pronto. No es cuestión de ponerse chiqueadores en las sienes.
Pronto
Si plagió una tesis, no es de extrañar que esté vestido con una toga y birrete.
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