vie. May 15th, 2026

Porque es el proyecto cultural más importante que este país logró construir en el siglo XX. Las Ciencias Exactas, la Cultura, las Humanidades, las Ciencias Sociales, el Arte, etc., encontraron un crisol en el que desarrollarse, fortalecerse y expandirse. La Universidad Nacional es el espacio en el que se encuentra, transmite y proyecta la inteligencia. Este es un activo valioso que sirve de base para una sociedad que busca ser democrática, libre e inclusiva.

Porque, además de nacional, es autonómico. Tiene un mandato constitucional y su trabajo diario lo hace efectivo. Este atributo permite recrear cada día la pluralidad y la diversidad, fomenta la interdisciplina y sustenta la libertad académica sin la cual la universidad no sería tal. La autonomía es un atributo identitario pero también una conquista colectiva. Sin ella la universidad no sería lo que es, pero se gana y se defiende día tras día. Vale la pena recordarlo en un contexto y momento en que el Presidente de la República —tras prometer no entrometerse— se pronuncia un día y otro también sobre los perfiles rectorales que no le gustan. Autonomía significa escuchar con oídos sordos.

Porque millones de jóvenes ven en sus aulas la oportunidad de cambiar su vida. La UNAM sigue siendo un proyecto de esperanza, movilidad social y proyección individual y colectiva. Mantener sus puertas abiertas y ampliar su alcance —que cada vez es más viable gracias a la tecnología— es un deber institucional que la UNAM no debe descuidar. Pero autonomía no es autarquía. La obligación constitucional, política y social de brindar oportunidades educativas a las personas en México corresponde al Estado y, en particular, al Gobierno de la República. Entonces la UNAM es un actor fundamental pero no es protagonista en esa empresa. Brindar educación de calidad a las personas en México es una obligación de las autoridades estatales.

Porque la pandemia ha dejado una huella que presagia desigualdades sin precedentes. Sobre todo en el ámbito educativo. En esto, la brecha tecnológica juega un papel clave pero, en realidad, son las condiciones estructurales —desigualdades históricas— las que activan las distancias. Tener o no tener acceso a una computadora, a una conexión a Internet, a una sesión virtual dejó una huella imborrable que será visible en unos años en las capacidades de toda una generación. En esa huella quedó marcado el futuro personal, profesional, vivencial de estas personas. La UNAM puede y debe ser una institución que contribuya a atemperar el efecto no igualitario de esta experiencia. Para lograrlo, debes diseñar programas, reinventar dinámicas y cambiar estructuras, pero lo importante es que puedes hacerlo.

Porque la UNAM es todo menos una institución perfecta. La defensa de la universidad nacional pasa por el reconocimiento de sus múltiples desafíos y problemas. Asiento solo tres como botones de muestra. Quizá no sean los principales retos pero son elocuentes:

a) Los estudiantes no son los protagonistas de la historia. Investigadores, profesores, directores, administradores, sindicalistas, técnicos, etc., disputan disputas sobre la agenda universitaria. Y el estudiantado no gravita con peso en el debate. Recuperar el protagonismo de las voces estudiantiles es un expediente urgente y, paradójicamente, marginado.

b) La burocracia se ha comido la academia. El peso de la administración inhibe las iniciativas creativas de quienes las tienen. Ante el monstruo burocrático, los académicos recurren a posibles atajos, alternativas institucionales, alianzas improbables o lo que sea necesario para que sus iniciativas se materialicen. Sin una mejora regulatoria, una reducción burocrática, una verdadera política de transparencia y una gestión basada en resultados, la UNAM no seguirá siendo lo que ha sido.

C) Feminismo, género, diversidades, masculinidades. Se pueden acomodar de muchas maneras, pero estos conceptos marcan la agenda de nuestro tiempo. Sobre todo si miramos a las generaciones futuras. Una universidad debe saber cómo responder a ella. La UNAM lo ha intentado, pero aún queda mucho camino por recorrer en esos temas. La expectativa de los que vienen impone desafíos que no han sido calibrados como deberían.

En las próximas semanas se iniciará el proceso de renovación de la rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México. Lo que decida la Junta de Gobierno —quién será la persona que dirigirá la universidad— será importante para la Universidad y para el país. Pero la UNAM es mucho más que su rectoría. Son miles de personas que estudian, enseñan, trabajan, discuten, investigan, escriben, actúan, modelan, dibujan, diseñan, calculan, miden, etc., en sus aulas, pasillos, laboratorios, cubículos y espacios.

Si no fuera así, no habría resistido estos años.

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