mié. May 6th, 2026

Esta semana se cumplen 100 años de Ricardo Garibay, escritor prolífico en oficios y géneros literarios. De personalidad magnética, Garibay supo ser cualquier cosa, desde inspectora de burdeles, combate boxeador, burócrata, guionista de cine, cronista, reportero. También era un hombre de medios. En el IMER, durante mucho tiempo, emitió algunos programas junto a Germán Dehesa en los que hablaba de literatura y eran francamente una delicia (esa emisora ​​debería sustituirla aprovechando el aniversario). Hombre de notable erudición literaria y cultura, pero al mismo tiempo con un gran sentido del humor. Experto en el Canción de canciones también era un formidable conversador. En aquellas charlas con Dehesa uno no dejaba de divertirse. En una ocasión estaba hablando Germán, pienso en Borges o alguien así, y Garibay cortó diciendo: “Maravilloso. No entendí nada. Vamos a unos comerciales”; En otra ocasión, Dehesa habló de un juguete –Tinker Toy–, a lo que Garibay respondió: “Mi pobreza no me llevó al Tinker Toy, yo ayudaba a mi padre con su trabajo de carpintería y jardinería y no sé lo que el Tinker El juguete sería. ; Eso -dijo, señalando a Dehesa- debió ser cosa de niños burgueses horribles” (ese video está en Youtube).

Garibay escribió mucho sobre sí mismo: su vida, sus aventuras. Transcribo un fragmento del propio encuentro del escritor con Gustavo Díaz Ordaz en las oficinas presidenciales, invitado a ver la obra del mandatario, que aparece en su libro ¿Cómo te ganas la vida?y que es un retrato impecable del presidente y la prosa puntual de don Ricardo:

“Semanas después yo estaba ahí mismo, como siempre, un poco disimulando mi presencia, un poco avergonzado porque Díaz Ordaz no soltaba su discurso de taberna ni su desprecio, y los secretarios de Estado callaban, salían pálidos y temblorosos. El Secretario de Educación hablaba casi en secreto y entregó, hacia el final de su acuerdo, un papel al Presidente. El presidente leyó el papel, lo partió en cuatro pedazos y arrojó los pedazos hacia el secretario y alzó la voz:

-Te demoraste más de lo esperado. Y ya deberías saberlo: ningún hijo de puta me abandona. ¡De qué forro salió…! Ve a hacer tu trabajo un poco mejor!

Y se levantó, el rostro cubierto de una dureza extraordinaria, los ojos dos rendijas brillantes. Yáñez no vio los papeles que recogió y metió en su carpeta negra; no vio las alfombras que se dirigía hacia la puerta, como atacado de calambres. Afuera, la multitud de reporteros lo esperaba.

-¡Fantástico! gritó Díaz Ordaz. Sentí un erizo en la garganta, no podía tragar saliva.

Y en esa primera vez que cuento –antes de este fastidioso incidente con mi antiguo profesor de literatura– mencioné, no sin malestar, a universitarios. Y entonces vi rencor y odio, escuché con angustia:

-¿Juventud? Esos hijos de puta no son jóvenes y no son nada. Parásitos chupadores de sangre. Mendigos, desagradecidos, cínicos y analfabetos. Estudiantes universitarios… ¡Carrión! Y ni siquiera tienen bolas para pelear de verdad. Para dar lo que ellos llaman su batalla. ¡Su batalla…! Niños…! Ella… se atragantó, se chupó violentamente los dientes y los labios (casi no tenía barbilla y le salían líneas blancas de las fosas nasales) y cerró los ojos con fuerza. Era la imagen de una concentración de rabia sin precedentes”.

Es una buena oportunidad para acercarnos a este gran escritor y personaje en su centenario: Cómo se gana la vida, Infancia feroz y otros años, La casa que arde en la noche, Las glorias de los grandes Quills… en resumen, hay algo para elegir. Tu eliges.

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