
La Universidad de Guadalajara es un mundo de un cuarto de millón de personas, entre estudiantes, académicos y trabajadores de diversa índole.
En las últimas décadas, ese planeta –antes menos poblado, ahora más– giró en torno a la ambición y capacidad de Raúl Padilla López, quien además de diseñar y ejecutar un modelo educativo regional, le dio a la UdeG un sentido cultural global.
La muerte de Padilla López en su domicilio el domingo ha sido objeto de numerosos obituarios, varios de ellos ricos en datos y análisis políticos. La muerte es una tragedia para su familia y el llamado Grupo Universitario, y una mala noticia para todos aquellos que, de una forma u otra, sin dejar de ver o criticar sus defectos, reconocen su obra.
Su ausencia también representa riesgos para Jalisco. Es notable lo logrado en esa casa de estudios en estas cuatro décadas, pero ¿cómo trascenderá la UdeG el liderazgo que forjó su expansión académica y una fortaleza cultural inigualable? E incluso habría que cuestionarse si quien toma las riendas sabe que está obligado a despersonalizar la universidad y sus empresas.
La Feria Internacional del Libro es la mayor vitrina de la UdeG. La imagen de una universidad que “piensa y trabaja” todos los días, como dice su lema, ha dependido durante años de esas dos semanas en las que Expo Guadalajara se convierte en el centro editorial del planeta, y el momento anual en el que Padilla estuvo más visible. y más evidente su poder.
Por aquellos días, el ex rector y presidente de la FIL tenía lo más parecido al don de la ubicuidad. La feria estaba diseñada para que él pasara de un foro a otro, de una presentación a otra, sigilosamente, pero sin que nadie dejara de notar cuando llegaba a ocupar el asiento que le tenía reservado el puesto de avanzada. Y así como llegó, pudo irse.
De esta forma, El Licenciado fue visto por sus invitados nacionales e internacionales, y también por su –digamos– gobernado: por una familia universitaria consciente de que el león mayor podía aparecer a la primera oportunidad, y por la comunidad en general: los hombres y mujeres de Jalisco que quisieran o no reconocieran en él un poder de su estado.
Esa centralidad de Raúl –evidente también en la disposición de las mesas de honor en la inauguración, entrega de premios, cócteles y actos estelares de la FIL– hoy es un vacío que habrá que llenar, pero con un liderazgo diferente. Padilla nunca ocultó sus controvertidos orígenes, pero sabiendo que el mundo cambia, tampoco presumió de ello.
Si de algo ha de servir la previsible inercia -el impulso que es de esperar, dado que todos estos años Padilla ha formado una legión de operadores en los distintos espacios universitarios- es para dar oportunidad a que la vida académica y cultural continúe. sin problemas este año. .
Pero en el plano simbólico, del luto de estas horas pronto tendrán que salir señales que den certeza a la comunidad universitaria y a los jaliscienses, que quienes han heredado esta responsabilidad tienen idea de cómo asumirla. ella, de cómo no consumirla en luchas y grillas, de cómo se ven obligados a mejorarla.
Padilla acuñó ritos y caminos que es deseable que pasen a ser sólo parte de su leyenda. Una universidad menos patrimonial de grupo, unas iniciativas culturales más ancladas en alianzas y apoyos más allá de la rectoría de turno y el llamado Sanedrín, serían el mejor homenaje a quien se despidió el domingo de su labor.
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