
Por supuesto, el acceso al poder era diametralmente diferente, pero no tanto el ejercicio ni el sentido del mismo.
Sin duda, a Carlos Salinas de Gortari y Andrés Manuel López Obrador les irritaría la posibilidad de establecer un paralelismo entre ellos, pero no deja de ser curioso cómo –y, seguramente, a su pesar– guardan cierta similitud. Vale la pena insistir: no en el acceso, sino en el ejercicio del poder y, sobre todo, en la voluntad de repensar el Estado.
El punto delicado es si ese parecido prevalecerá en el desenlace de este sexenio. Carlos Salinas de Gortari cerró su mandato con una crisis de crisis, en la que los hilos políticos y sociales se enredaron con sangre, provocando el colapso de la economía.
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Nada que ver entre los dos políticos en la forma en que llegaron al poder.
La falta de legitimidad en Salinas de Gortari y su exceso en López Obrador fue y es contrastante. Habiendo accedido al poder, el primero tardó en ejercerlo; el segundo, aún sin acceder formalmente a él, comenzó a ejercerlo incluso como candidato triunfante y presidente electo.
Un partido fracturado con un engranaje osificado y una brújula perdida no sirvió a Salinas de Gortari como plataforma. Un movimiento valiente y entusiasta, capaz de galvanizar el malestar social y político acumulado, catapultó a López Obrador.
En el origen de su respectivo mando y mandato, imposible encontrar afinidad alguna. No tiene sentido detenerse en ese capítulo.
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Por otro lado, es posible señalar cierto paralelismo en cómo uno y otro fortalecieron el ejercicio del poder.
Por necesidad y tras su unción al frente del Ejecutivo, Salinas de Gortari reconoció una doble tarea. Crear una base que le diera apoyo social a su mando y congraciarse -en el marco de su proyecto- con factores reales de poder que le dieran espacio para ejercer el poder. El programa Solidaridad y la dedicada privatización del sector público de la economía, incluidos sectores estratégicos, fueron los ejes de su acción. Allí y en los acuerdos con Acción Nacional encontró los que le negaban las urnas.
En una especie de paradoja, Salinas de Gortari construyó una Presidencia fuerte a costa de desmantelar el presidencialismo que padecía su sucesor.
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Por convicción, interés y también en el marco de su proyecto, López Obrador resolvió sostener y lubrificar el respaldo social obtenido en las urnas, en la constitucionalización de los programas de asistencia social sin deshacer el nudo gordiano del empleo. Un gasto justificable -no está claro si se trata de una inversión- que, al final, pondrá en aprietos al próximo sucesor y a los siguientes. Financiar becas, pensiones y aumentar el apoyo con baja recaudación obviamente será un problema.
En cuanto al factor real del poder para ampliar el ejercicio de este sin ser presa del capital -el payaso de las bofetadas, dice-, los tabasqueños optaron por una fuerza indiscutible como es el Ejército y la Armada. Se entendía que, para no sufrir ni sacudir a la burocracia y perder su apoyo, el presidente volviera a cargar en las Fuerzas Armadas, pero no sólo en tareas de seguridad, ayuda, logística, construcción y distribución. Fue mucho más allá, los involucró en tareas de administración y función pública, empoderándolos hasta un punto de muy difícil retorno. Quien lo suceda se encontrará con un problema muy serio.
Andrés Manuel López Obrador construyó una Presidencia fuerte, a costa de confinar y poner contra la pared a quienes lo suceden. Hoy, quien finalmente gana la candidatura está obligado a sonreír en público y mañana a apretar los dientes en privado.
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Más allá de filias y fobias, unos y otros construyeron una Presidencia fuerte y compartieron el deseo de transformar las estructuras del Estado sin prestar mucha atención a su rediseño ni a las consecuencias o efectos secundarios a mediano y largo plazo.
Tras superar la falta de legitimidad y sentar las bases de su proyecto, Carlos Salinas de Gortari no supo o no pudo gobernar la sucesión. Recordar el último año de su sexenio es recordar una catástrofe. De un tiro al mes, algún acontecimiento hizo caminar al país al borde de un desfiladero. Levantamientos, secuestros, magnicidios y, al final, el error de diciembre postraron al país y condenaron al gobierno de Ernesto Zedillo. Tomó tiempo retomar el rumbo y comenzar a construir instituciones que, como ahora se dice, cuenten y hagan que el voto cuente. El desastre abrió la puerta a la alternancia, pero no a la alternativa y, como tantas otras veces, la desigualdad social quedó como monumento a la injusticia.
Hoy, en el otoño de este sexenio, la angustia comienza a apoderarse de Andrés Manuel López Obrador por su accionar. La fragilidad de su salud, la dificultad de culminar la obra tangible e intangible, los resultados de la mala implementación de algunas políticas e instituciones distan mucho de ser los deseados y el propósito de asegurar la continuidad comienza a complicar el juego sucesorio que precipitó sin mucho. cálculo. En el gobierno de este último tramo de su mandato, el presidente está en juego no solo su propio destino, sino también el del país.
Con suerte, no hay un paralelismo al final o, si se quiere, un salinismo involuntario.
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Repasar la trayectoria nacional de entonces a la fecha deja un regusto desagradable, donde la política pendular revela la incapacidad de la clase dominante para sentar las bases incluyentes, plurales y democráticas que le den perspectiva al país. un horizonte
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