mié. Abr 22nd, 2026

Ayer el país amaneció con una tensión inusitada. Desde que la ‘4T’ llegó al poder y Andrés Manuel López Obrador descubrió que sus mañanas podían ser utilizadas como espacio de denuncia, persecución, deslegitimación o como una suerte de tribunal, pocas veces el país se ha encontrado en un punto de no retorno como ayer. . Y es que, para qué nos engañamos, es un funeral gigantesco en el que ya no suenan las campanas en honor a los muertos, sino que se trata de dar sepultura como da pie el PRI y, al hacerlo, se también estar evitando el primer principio de la acción política que es ir hacia adelante y no hacia atrás.

Las elecciones en Coahuila y Estado de México se basaron en buscar dar respuesta a lo que buscábamos terminar y que lo que construimos desde aquí estaría basado en esa gran confusión que es lo que significa la fe del Presidente frente a la ilusión de su pueblo. Pero cuando no se utiliza la fe para lograr la armonía y cuando se demuestra que en 2018 los intentos de unir a todos los sectores de la sociedad no fueron más que propaganda política, deja en claro que un país que no tiene el propósito de unir o practicar el perdón es un país condenado a repetir lo peor de sí mismo.

López Obrador representa la fe. Parece como si tuviera y ejerciera la fe; sin embargo, hasta ahora el producto de su fe no es algo que nos permita ser optimistas. Y aunque soy de los que creen que ante la duda siempre es mejor optar por la fe, también creo que es fundamental diferenciar entre fe e ilusión. Naturalmente, mientras no se diga lo contrario, la ilusión de este pueblo se basa en destruir el pasado y en la búsqueda de construir un futuro mejor. En el mejor de los casos, este ejercicio solo puede garantizar una ilusión ebria y un enorme vacío en el que no tienes nada que ofrecer.

Los datos son claros, los resultados de las elecciones de ayer también. Aunque hay un resultado que el Instituto Nacional Electoral no es capaz de medir y ese es el más importante. Y es que, ¿cómo se mide la capacidad o la voluntad de construir un México en el que quepan todos, sin importar la edad o el nivel socioeconómico?

Para el rumbo político de México, lo ocurrido ayer –tanto en Coahuila como en el Estado de México– será un evento que tendrá casi la misma relevancia que el que tendrá lugar el 2 de junio de 2024. Oficialmente hay menos Falta menos de un año para que vayamos a las urnas y elijamos al nuevo presidente de México ya los miembros del Congreso de la Unión. Las recientes elecciones en México y Coahuila marcaron un punto de no retorno y, sobre todo, representan el fin de las condiciones de vida política que hemos conocido hasta ahora.

Hay quienes piensan que, hasta ayer, el presidente López Obrador podía hacer todo cómo, cuándo y con quién quería hacerlo, sin preocupaciones ni consecuencias. Pensamos que eso pondría fin a la jornada electoral celebrada ayer. Sin embargo, si aun estando en medio de una guerra como la que tiene actualmente contra el poder judicial, es capaz de obtener los resultados electorales que tuvo su partido -aunque principalmente él-, es innegable que tenemos muy poco para hacer con eso lo que venga de aquí. La gran pregunta es: ¿hasta cuándo podremos arreglárnoslas y depender sólo de la fe y el espíritu, teniendo que abandonar las exigencias de nuestro estómago?

O dicho de otro modo, ¿cuánto tiempo podemos seguir viviendo sin calcular lo que nos cuesta seguir en este mundo de fe que mueve montañas, que destruye instituciones, que hace y desafía las leyes de la física y la gravedad en la selva maya o simplemente inventa y dirige una nueva forma de rentabilizar el negocio petrolero? Y es que, actualmente, los mexicanos vivimos en medio de una dinámica en la que –más allá de no tener datos y estadísticas– todo se basa en la fe. El panorama y las acciones de gobierno se rigen por el avance y desarrollo de los megaproyectos gubernamentales y por las inversiones estratosféricas en refinerías que -además de la incertidumbre sobre sus beneficios futuros- no sabemos si en algún momento terminaremos haciendo un transición energética eficiente a fuentes que no dependan de combustibles fósiles.

La política y la economía moderna son, ante todo, un estado de ánimo. Y el estado de ánimo en México -pese a su clara despreocupación por todo lo que está pasando- está teniendo un Rubicón muy particular. Es más, si yo estuviera en la sede de esta nueva etapa política del país, llamaría la atención sobre los diferentes responsables de la realidad política y económica de la nación. A pesar de que los milagros son irrepetibles y están hechos casi a la medida, también son un reflejo del espíritu de quienes más los necesitan. Los milagros suelen ocurrir en situaciones de extrema desesperación o cuando la esperanza está a punto de desaparecer. Hoy, cuando más los necesitamos, los milagros escasean en nuestro país. Y es que en la medida en que el tiempo y los escenarios políticos se consagran en este México moderno, también se aleja la posibilidad de que la democracia –a través del voto– proporcione un cambio en el escenario nacional.

Es muy difícil gobernar sin leyes. Aunque es más complicado gobernar teniendo leyes cuando el primer y mayor enemigo para evitar su cumplimiento es también quien está a cargo del país. Es imposible tener buenas elecciones sin árbitros creíbles; de hecho, la caída del sistema en la elección presidencial de 1988 fue un factor definitivo para la configuración –con efectividad política– de la oposición. Sin embargo, ahora hemos ido más allá, ya que no solo hemos vuelto a tener el control de los sistemas, sino que también hemos desaparecido la posibilidad de tener algún órgano de arbitraje. El árbitro es quien evita que sucedan cosas que carecen de explicación y quien da certeza a los resultados; sin él, todo es moneda al aire con poca –o demasiada– pronunciación hacia los intereses de quien verdaderamente gobierna el país. Un país que -salvo sus claras excepciones- se caracteriza cada vez más por tener funcionarios y candidatos con un 90% de lealtad y un 10% de eficiencia.

Todo esto es lo que es. Este es el país en el que vivimos. Es un país que se da el lujo de proponer una gran campaña de reconciliación con los que se van. Tengo mis dudas de que los que mandan deban tener algún tipo de pacto para repartirse el poder, porque al fin y al cabo son lo que son porque se lo han ganado, no porque nadie se lo haya dado. Por otra parte, da igual que nos sintamos seguros o no, pues aquí el objetivo y el gran legado de estos años ha sido buscar garantizar una paz que puedan sentir los demás -que son directamente beneficiados por los designios del Presidente- y nosotros no. Nosotros, los demás, tenemos que saber que debemos pagar con nuestra inquietud y con nuestra vida, ya que nuestra falta de solidaridad con los demás nos condena automáticamente a ser culpables de alta traición a la patria. Sin embargo, a pesar de nuestra culpa, no hay mexicano que pueda estar totalmente exento de la violenta realidad que atraviesa el país. El tema de la inseguridad es tan preocupante que actualmente no hay nadie -ni siquiera el propio Presidente- que pueda transitar por muchas zonas del país sin temer por su integridad.

Hemos admirado a países como Costa Rica por el hecho de que no cuentan con un ejército y apenas cuentan con una fuerza policial para garantizar el orden y la seguridad en su territorio. Pero en vez de buscar seguir su ejemplo o su método de control interno, hemos optado por mutar la esencia de nuestro Ejército. Y lo hemos hecho no precisamente porque la paz y la seguridad reine en nuestras calles, sino porque había tal voluntad de darle un papel más presente a las Fuerzas Armadas, que ahora se consolidan como la división preferida para la administración de aeropuertos, carreteras e incluso funciona. Antes los teníamos ocupados, o muy ocupados, trabajando para defendernos. Ahora los tenemos ocupados regulando nuestro tráfico, nuestros aeropuertos u obras; sí, siempre y cuando lo que hagan coincida con lo que piensan. Hoy nadie puede pedirle a un uniformado que entregue su vida para defender la nuestra. En la actualidad, los militares se juegan la vida en las carreteras, en los aeropuertos -que también pueden gestionar algunos y se espera que tengan su propia línea aérea- o dondequiera que sean enviados. Los soldados de hoy no tienen que derramar sangre ni perder la vida, ya que eso no es lo que esperamos de ellos, lo que esperamos de ellos es que sean buenos y fieles administradores y constructores de infraestructuras.

Estoy seguro que en algún lugar –probablemente donde viven las eminencias y la materia gris de este régimen– ya se está preparando el plan de estudios en el que confluirán los saberes y materias de la ingeniería civil con las enseñanzas que imparte el Heroico Colegio Militar. Todo con el objetivo de que, al mismo tiempo que uno se prepara para ser uniformado, también tenga preparación en otras materias que las circunstancias requieran. O, dicho de otro modo, los militares ya no solo aprenderán a garantizar la seguridad nacional o a ganar guerras –que en el mundo de la ‘4T’ solo son las que se libran contra enemigos internos–, sino que también se les enseñará a construir puentes, carreteras, gestionar aduanas o cualquier otra cosa que se les encomiende. Hoy no se espera que los militares combatan las múltiples amenazas que nos aquejan como sociedad y por lo que los índices de inseguridad son cada vez más preocupantes. Hoy se trata de construir y devolver la paz a los ciudadanos diversificando sus funciones, sin que estas cumplan precisamente los objetivos bajo los cuales se crearon las Fuerzas Armadas.

El tema de los militares trasciende lo político. Es un cambio de identidad y rumbo del país. La única pregunta que cabe hacerse es: ¿hasta cuándo o cuántos poderes más se le otorgarán a quienes tienen como función principal salvaguardar la seguridad nacional? Y es que, una vez acabadas las mañanas y lleguemos a pasado mañana –que siempre llega–, lo que habrá que determinar es quién será quien se ocupe de todo lo hecho. Está claro que será alguien que tenga la fe y la capacidad de gestionar el odio como elementos fundamentales de la acción política.

Hay quien de vez en cuando lo olvida, pero nuestro país, los sabios, saben odiar. El único…

Leer la nota Completa

Metro

By Metro

METRO es un sitio web internacional en donde destacan las noticias más relevantes de hoy, actualidad y diversos temas como deportes, politica, economía y más. Con información veráz y acertada en cada noticia de todo el mundo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *