
A pocos días de que el Comité de Ética de la UNAM diera a conocer su dictamen sobre quién plagió a quién la tesis de grado, la ministra Yasmín Esquivel cometió un error político al refugiarse para impedir que la Universidad hablara públicamente sobre el proceso. Esto, aunque sus voceros oficiales tratan de matizarlo, es un acto de censura que a la vez actúa como un boomerang, porque la hace verse culpable del crimen. A Esquivel le gustaría que nadie hablara de este caso porque afecta su reputación, pero, con lo que hizo, ella misma le dio el golpe de gracia a su honor.
Desde que el académico y escritor Guillermo Sheridan reveló en diciembre que Esquivel había plagiado la tesis de Édgar Ulises Báez Gutiérrez, la opinión pública y publicada nunca ha dudado de su culpabilidad. No era un caso juzgado, ni estaba claro, pero ella no sabía hacer control de daños. Incluso las incongruencias y mentiras en que incurrió Báez Gutiérrez -como el hecho de que nadie había hablado con él y que, en efecto, había tomado algunas ideas del trabajo del ministro para su tesis, que presentó un año antes que el ministro- no fueron suficientes para cambiar la percepción.
Buscar amparo para que la UNAM guardara silencio sobre el caso, en manos del Comité de Ética, solo amplificó la idea negativa sobre ella, al hacerla parecer culpable. El ministro lo niega. Se protegió, afirma, porque la actuación del Comité de Ética es ilegal y arbitraria, resolución que este miércoles determinará si es definitiva. Dice ser inocente de la acusación de plagio, pero fue criticada por no actuar con ética institucional y retirarse de la Corte Suprema de Justicia mientras se determinaban responsabilidades. No solicitó licencia, sostiene, porque nunca ha cometido conductas irregulares o falta de ética.
Cuanto más trata de salir del pantano, la percepción es que se hunde más. Tampoco han ayudado las ambigüedades del presidente Andrés Manuel López Obrador, producto de las contradicciones entre su gestión pública y privada, y la creencia de que las acusaciones contra Esquivel son ataques en su contra. Sin embargo, desde diciembre López Obrador consultó a varios miembros de la Corte Suprema para analizar posibles vías para que Esquivel sea apartado, lo cual no fue posible porque no hay previsión para este tipo de irregularidades. Mientras eso sucedía, el Presidente la defendió en público y criticó a la UNAM.
Continuaron las discusiones sobre cómo deshacerse del ministro, que se estaba convirtiendo en un problema para el Presidente. Hasta principios de febrero, al menos, siguió analizando escenarios que le planteaban para ofrecerle un puesto en la administración pública, para que dejara el Supremo. La decisión no fue tomada, pero el Presidente, mientras todo esto sucedía, se refería a ella y a la ministra Loretta Ortiz –ambas son esposas de antiguos colaboradores y amigas suyas–, aunque no las nombró por su nombre, que tenía. propuestos a la Corte, como ministros leales a su proyecto. Es decir, votaron a favor de los intereses de López Obrador.
En el futuro de Esquivel, por comunicaciones previas de diversas instancias universitarias, parece ser el retiro de su título de bachiller. El criterio que ha prevalecido es que, habiendo entregado a Báez Gutiérrez primero su tesis, la ministra fue quien plagió. Con toda la información que fue enviada al Comité de Ética por las partes involucradas, se pudo matizar o incluso cambiar el rumbo de la decisión. Pero, sea cual sea la resolución, la percepción no cambiará, porque la ministra tampoco hizo nada por afrontar la acusación con valentía, no con exabruptos, con inteligencia racional, no con inteligencia emocional, y sin crear enemigos externos para buscar consenso. interno.
El ministro contó con apoyo dentro de la UNAM, donde incluso se pensó que un dictamen negativo, en aras del equilibrio, podría ir acompañado de una reseña crítica de la obra académica de Sheridan, a quien artera e injustamente se trató de ensuciar por sicarios que responden al vocero presidencial, calificándolo de aviador por haberse ganado largas temporadas en sabáticos o realizando investigaciones fuera de la UNAM -todas autorizadas por la Universidad, que también producía trabajos académicos- utilizando material que olía a Centro Nacional de Inteligencia.
La actitud de la ministra no ayudó a que los contrapesos actuaran con eficiencia, y su firme negativa a solicitar una licencia fue mermando poco a poco su credibilidad y respeto. Esquivel nunca aceptó esa acusación y siempre rechazó esa posibilidad porque “no tenía nada de qué avergonzarse”. Uno de sus argumentos fue que prácticamente todos sus pares en la Corte Suprema le habían expresado su apoyo. no lo fue El equipo de la presidenta de la corte, Norma Lucía Piña, estuvo evaluando opciones para solicitar su renuncia por el costo que le estaba generando al Poder Judicial, pero jurídicamente no existe ninguna disposición legal. Varios de sus compañeros comentaron que su presencia era muy incómoda para todos.
El pasado viernes la Corte Suprema inició consultas internas para determinar si tiene facultades para iniciar un proceso de responsabilidad en su contra, lo que parecía anticiparse al fallo de la UNAM, pero en respuesta a las diversas denuncias ciudadanas en su contra, alegando que no tenía el buen reputación que la Constitución exige a quien ostente el cargo. Esta consulta caerá en la subjetividad, a menos que se determinen los parámetros para medir la reputación. Lo que sería una salida automática de la Corte es que le cancelen el título, que es un requisito para ser ministra.
El daño reputacional, que era lo que ella quería combatir, está hecho y se puede argumentar que será irreversible, sea cual sea la decisión final de la UNAM. Su ética institucional es inexistente y en las semanas se ha ido pudriendo como servidora pública, pasando de ser activa por Palacio Nacional y por la Corte, a ser un lastre.
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