sáb. May 9th, 2026

Casi todos los países del planeta reconocen la imposición de un precio al carbono como un instrumento útil para avanzar en la descarbonización de sus economías, de acuerdo con el objetivo del Acuerdo de París, y están implementando este mecanismo de diferentes formas, en diferentes momentos. escamas. e intensidades, generalmente a través de la emisión de políticas públicas en combinación con medidas normativas y regulatorias más estrictas, cuya exigencia se incrementará paulatinamente en los próximos años.

La diversidad de medidas se traduce en la dificultad de estandarizar, medir y evaluar el desempeño de cada país y su avance hacia las metas. Algunas medidas imponen precios específicos a las emisiones de gases de efecto invernadero medibles y verificables, pero otras imponen costos implícitos derivados de las tareas que cada entidad responsable debe implementar para cumplir con la normativa.

La empresa Gro Intelligence, en asociación con Kepos Capital, ha desarrollado un indicador al que han denominado Barómetro de Carbono Gro-Kepos, para monitorear las políticas globales de precios del carbono y medir el desempeño de los países. Si el precio obtenido es positivo, significa que quien emite gases de efecto invernadero paga un precio por hacerlo, pero si es negativo, significa que el país tiene políticas tan relajadas que implícitamente está subsidiando las emisiones. De acuerdo con la última actualización de este indicador, con fecha 5 de mayo de 2023, México ocupa el lugar 23 de 26 países evaluados, con un subsidio neto al carbono de $30.45 dólares por tonelada de CO2 equivalente emitida a la atmósfera, y dos terceras partes de este subsidio neto, es decir $20.27, se han incrementado en los últimos 5 años.

Las emisiones totales de México alcanzan los 374 millones de toneladas de CO2, pero su intensidad de emisiones con respecto al PIB es de 0.29 kg de CO2 por cada dólar de su Producto Interno Bruto, siendo inferior al promedio mundial de 0.35 kg CO2 /$USD, que significa que imponer medidas más estrictas a quienes emiten gases de efecto invernadero, y por tanto mayores costes, quizás no tendría un efecto notoriamente negativo en la economía, ya que la generación de riqueza no depende en gran medida de las emisiones, acabando con ese viejo paradigma de que en para crecer económicamente, necesariamente se tendría que incurrir en una mayor cantidad de emisiones de GEI. Simplemente estamos siguiendo la estrategia equivocada.

Y está mal, porque subsidiar las emisiones para supuestamente incentivar la producción podría acarrear mayores costos a mediano y largo plazo, ya que países que sí tienen un precio positivo al carbono, como los miembros de la Unión Europea, que cada día imponen medidas más estrictas como la serie de medidas legislativas conocidas como “paquete fit for 55” que buscan reducir sus emisiones en un 55 por ciento para 2030, también van acompañadas de medidas como el “Carbon Border Adjustment Mechanism”, que no es más que una importación impuesto para evitar que los bienes producidos en países con acciones climáticas menos ambiciosas compitan deslealmente con los suyos o sus empresas que deciden trasladarse a esos países.

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