
En estos días he tenido la oportunidad de reflexionar sobre cuáles serían los ejes temáticos para una Teoría de la Justicia de cara a lo que falta del siglo XXI. El resorte de mis cavilaciones ha sido una invitación que he aceptado para impartir un curso de doctorado sobre el tema.
Hace una década impartía la misma materia en la misma carrera académica, pero cuando revisé mi plan de estudios de entonces me di cuenta de que la realidad ha cambiado mucho en estos años y que, aunque persisten muchos de los problemas de antaño, era necesario actualizarse. el programa de estudios. Enseñar hoy sobre transiciones democráticas, multiculturalismo, comunitarismo y control de constitucionalidad —por citar algunos temas de ese curso— puede ser útil pero me pareció obsoleto.
Por eso me he dado a la tarea de reformular la agenda para lo cual he elegido cinco grandes temas que, a mi juicio, son los principales desafíos de nuestro tiempo. Existen múltiples conexiones y superposiciones entre ellos, pero cada uno plantea sus propios desafíos. Los expongo sin orden de prioridad.
La agenda de género —que incluye pero va más allá del feminismo— es un tema prioritario y urgente. La cultura y las prácticas patriarcales someten, excluyen y discriminan a millones de personas en todo el planeta. Los esfuerzos emancipadores que intentan desmantelar y superar esta dominación masculinizada son resistidos por instituciones milenarias y, cuando logran abrirse paso, suelen desencadenar reacciones violentas. El caso de los talibanes en Afganistán es el horror más elocuente de lo que me refiero, pero las violaciones a los derechos de las mujeres y de las personas de la diversidad sexual son una calamidad global. Es por ello que el tema de género es central en una reflexión sobre la justicia.
La violencia en plural es un mal que también azota por doquier. El horror de las guerras, masacres, desplazamientos forzados, desapariciones de personas, torturas, violaciones, etc., condiciona la vida de millones de personas. Nuestra existencia individual y la existencia de nuestra especie, sin exagerar, está permanentemente amenazada. La violencia nos acecha y en cualquier momento nos puede atacar. De modo que el ideal de una vida libre de violencia para todas las personas constituye un elemento central de una teoría de la justicia.
El mundo está amenazado por el desorden ambiental que el ser humano ha provocado. Las catástrofes naturales que ocurren recurrentemente en todas partes son producto de calamidades generadas por nosotros. También en esta área temática, la resistencia al cambio es muy poderosa. Basta mencionar los intereses políticos y económicos que impulsan las políticas energéticas de muchos países. El doctor José Franco advierte que el ser humano ha transformado el planeta en los últimos 70 años más que en los siete mil anteriores. Revertir el calentamiento global generado por los gases de efecto invernadero nos llevará, si decidimos hacerlo, al menos cien años. Por eso, la justicia hoy pasa necesariamente por el desafío del medio ambiente.
La reflexión sobre la Teoría de la Justicia desde Aristóteles hasta Rawls ha estado orientada por la agenda de la igualdad. No es un tema simple desde un punto de vista filosófico, pero es un ideal faltante desde un punto de vista práctico. La desigualdad social es la dura realidad de nuestra sociedad global. No es solo un tema económico porque el privilegio de unos pocos contrasta con la marginación alimentaria, educativa, sanitaria, etc., de millones. He dicho que no le daría prioridad a un recuadro temático sobre los demás, pero el tema de la desigualdad está entrelazado con los demás.
Finalmente, el tema de la inteligencia artificial y sus posibles efectos para el futuro de la humanidad. Son herramientas que traen consigo muchos beneficios y facilidades para nuestra vida individual y colectiva. Además, son fenómenos que llegaron para quedarse, por lo que no tiene sentido resistirse a ellos. Sin embargo, requieren un respaldo ético y una regulación legal que hasta ahora ha estado ausente a nivel global. Porque si se impone la lógica del mercado y del poder —como ha sucedido hasta ahora— los caminos de la revolución tecnológica pueden ser nefastos. Por eso es un tema relevante para una Teoría de la Justicia del siglo XXI.
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