
El enfrentamiento en Texcapilla, Estado de México, entre vecinos de esa localidad y un grupo del crimen organizado, es sólo un síntoma de lo que ocurre en una gran cantidad de regiones del territorio nacional donde la delincuencia, con sus distintas denominaciones, ha establecido su verdadero lugar. y, gradual pero consistentemente, extiende su influencia y control sobre la sociedad.
La expansión de las bandas criminales, que ahora exhiben uniformes, equipos de combate y marcas propias, no sólo ha sufrido una metamorfosis en su vestimenta y giro de negocios, sino también en sus formas y modos de operar, en la diversificación de sus actividades, en el control territorial y en el desafío al Estado.
Sonora, Baja California, Tamaulipas, Zacatecas, Guanajuato, Guerrero, Veracruz, Jalisco… por nombrar algunas de las entidades federativas de nuestro extenso espacio geográfico, sufren a diario el embate de bandas criminales que se han apoderado, casi por completo, de las actividades que definen el intercambio social y la vida de las comunidades.
La evolución ascendente del poder de los cárteles, su paulatina transformación desde campesinos armados dedicados a la producción, traslado y distribución de drogas ilícitas, hasta la formación de grupos armados, con estructura jerárquica, entrenamiento, despliegue operativo, equipamiento táctico, inteligencia y Los recursos tecnológicos los hacen más parecidos a fuerzas paramilitares que a simples grupos criminales, con capacidad, al menos localmente, de enfrentar y desafiar abiertamente la fuerza del Estado.
Más allá de las estadísticas y el discurso optimista sobre los resultados en la lucha contra el crimen, la evidencia diaria nos ofrece otros datos sobre la inseguridad de la que es presa la sociedad: asesinatos, secuestros, extorsiones o apropiación de la actividad económica y social de las comunidades, y no sólo en regiones remotas, sino en zonas urbanas, incluso cuando se pretende que su presencia sea más discreta.
El problema se agrava cuando la influencia criminal se expande hacia el control político. El intento de influir en la elección o designación de cargos públicos, hay claros ejemplos de ello, con el objetivo de generar o fortalecer estructuras de protección que faciliten sus actividades ilegales, les ofrezcan ventajas competitivas, mayor libertad de acción y, por supuesto, ganancias. Economía e impunidad.
El interés de la delincuencia por influir en la actividad política se convierte así en un factor determinante, particularmente relevante en procesos electorales que, como ya se ha visto en algunos casos en el pasado, condicionan el resultado, generando, incluso subrepticiamente, gobiernos sometidos a la voluntad criminal en el poder. órdenes diferentes.
Estamos a un paso del mayor proceso electoral de la historia de nuestro país, en un entorno convulso y conflictivo política y socialmente, en el que, si no tenemos la prudencia y la sensatez indispensables, podríamos aventurarnos por un camino aún más peligroso.
Felices vacaciones.
El autor es profesor, analista político, consultor en estrategia, seguridad nacional y administración pública.
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