jue. Abr 23rd, 2026

Da la impresión de que, si había alguna posibilidad de que la ‘4T’ y el mensaje del presidente López Obrador fracasaran en un enfrentamiento electoral, sería solo por artimañas o una conspiración de hechos planeados en su contra. Si esto sucediera, a pesar de que actualmente parece un hecho utópico, es casi un hecho que el resultado no sería aceptado. El líder mexicano ha dejado claro que los males que aquejan a la administración que encabeza no se deben a su forma de ejercer el poder, sino a la manipulación que existe y a todos los actores que buscan consolidar su gran transformación del país.

Es curioso y trágico ver las últimas disposiciones de este gobierno, el más votado en la historia de la democracia mexicana y el gobierno que ha tenido todas las chances de reconstruir el país en una operación altamente quirúrgica, haciéndolo un país más seguro y evitando la producción de un quiebre institucional. Sin embargo, ante esa opción de éxito y grandeza, la actual administración optó por otro camino. Esta administración ha usado la fuerza para destruir y no dejar rastro de su experiencia política más que tierra arrasada.

La responsabilidad que uno tiene por haberse dejado gobernar o haber gobernado bajo lo que es un sistema corrupto –según la calificación permanente del presidente López Obrador–, formado por gente que nunca se equivocó, no porque no fuera capaz de hacerlo sino porque se equivocaron de manera deliberada para lograr beneficios espurios. Esta es la justificación que utiliza el líder mexicano para –como si de Sodoma y Gomorra se tratara– demostrar que todos los vicios de la corrupción y el mal gobierno son culpa de los neoliberales y de sus seguidores. Lógicamente, para López Obrador la responsabilidad nunca recaerá sobre su persona ni sobre quienes lo rodean, sino por el contrario, su respuesta ante los hechos que aquejan a la preocupante realidad mexicana es que recibió a un país en llamas. Pueden justificarse o evadir responsabilidades, lo que es innegable es la tierra arrasada que ejemplifica e ilustra los paisajes de nuestro país.

Sin mucho más que decir –más allá de lo que inevitablemente refleja la realidad– sobre lo que significa el enfrentamiento frontal con Estados Unidos, es curioso que el presidente mexicano se asombre de que el gobierno de Estados Unidos nos esté espiando. Todo el mundo sabe que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha ejercido sus alianzas bajo el entendimiento mutuo de que tenían que estar al tanto de lo que estaba sucediendo. Y es que, entre otras cosas, hemos vivido en un mundo en el que estaba claro que la responsabilidad de defendernos –con las implicaciones que ello conllevaba– la asumían los americanos y nosotros asumíamos la responsabilidad de que los malos, especialmente sus enemigos ideológicos, nunca llegarán al gobierno para siempre.

Todo esto ya no existe. Estados Unidos está interna y externamente comprometido en un gran desafío y enfrenta enemigos que están bien envalentonados. Otra cosa es suponer si esta situación realmente permitirá dar paso a un cambio cualitativo en las estructuras y equilibrios de poder. En todo caso, nuestro Presidente y el grupo que encabeza y bajo el cual pretende seguir gobernando a partir del próximo año, no tiene interés en cuidar alianzas ni relaciones con casi nadie dentro del país y mucho menos fuera. de las fronteras Por eso, especialmente con Estados Unidos, el sistema y la estrategia consisten en hacer saltar por los aires cualquier posibilidad de vivir como vivimos. Y, como siempre pasa, hay muchas cosas que habría que reajustar, aunque tengo mis dudas de que hasta los más altos elementos fanáticos de esta situación en la que se ha llevado a un país saben muy bien si quieren estar viviendo en un mundo donde los estadounidenses solo representan al enemigo más poderoso.

En el México de hoy no hay otra política que la política de tierra arrasada. Se trata, como si aún quedara alguna duda, de que no hay posibilidad de dar marcha atrás y, mientras tanto -mientras se estudia cómo se derogan y sustituyen las facultades de la Suprema Corte de Justicia de la Nación-, no hay forma de aceptar que se puede tener una situación de crear lo que es una alternativa política.

Desde que Sun Tzu escribió El arte de la guerra, se sabe que si uno se encuentra en medio de uno, lo más importante es engañar o hacer creer al enemigo en la posibilidad de la victoria. Un buen ganador es aquel que no solo gana guerras, sino que también hace imposible que el enemigo crea en la victoria. En este sentido, si se mira bien tanto los errores cometidos por la oposición como la implacabilidad del gobierno, en este momento ya estamos ante un problema mucho más grave que el de dar la cara e intentar pelear el resultado electoral. . Estamos ya en una situación en la que se está desvaneciendo el espíritu mismo de la posibilidad de ganar la guerra. De aquí en adelante, lo más importante –en una especie de reminiscencia del régimen de Pol Pot y los Jemeres Rojos– es que había que hacer joven a la clase dominante del país. Ya se ha hecho. Hace unas semanas la Cámara de Diputados aprobó que la edad mínima para ser diputado será de 18 años, mientras que para encabezar una secretaria de Estado será de 25 años.

Como miembro de la generación que ha llegado tan lejos, no tenemos muchos motivos para estar orgullosos de nuestro trabajo o del mundo que hemos dejado atrás. Aunque si realmente hay algo que podríamos aprender son las terribles consecuencias que se pueden producir si a una generación con responsabilidad en el poder y la política se le priva de la posibilidad de una maduración integral. Hay que ser optimista, ya que la esperanza es lo último que muere, pero, sobre todo, hay que ser eficaz para comprender la dimensión del problema al que nos enfrentamos. Y no es que estemos en guerra, sino que la guerra es destrucción total.

Naturalmente, no sorprende lo sucedido con el tema de la Guardia Nacional, ya se declaró inconstitucional el traspaso de esta institución a la Sedena. Ante la decisión del Supremo, lo único que le queda a la ‘4T’ es actuar como en su momento hizo Donald Trump y justificar la ampliación de los poderes y facultades de la Guardia Nacional –suspendiendo lo estipulado en la Constitución– bajo el pretexto de la defensa del territorio y la preservación de los ciudadanos mexicanos. No creo que las cosas vayan a quedar así. Como se viene manifestando el ejercicio del poder en nuestro país, no es que el Presidente gane unas batallas y pierda otras, es que su poder es absoluto y las consecuencias de las pérdidas son mucho más graves que lo que significa ganar o perder. sobre un tema específico que es: vivimos en un país donde no cabe la derrota del hombre providencial.

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