
A casi tres años de la promulgación de la nueva Ley Federal para la Protección de la Propiedad Industrial, aún quedan asuntos pendientes y decisiones por tomar. De las diversas figuras nuevas de la ley, una se destaca por la trascendencia social que representa para el desarrollo de múltiples comunidades de productores tradicionales del país. Estamos hablando, por supuesto, de indicaciones geográficas (IG).
A diferencia de las conocidas denominaciones de origen, con las que comparten una serie de características, en el caso de las indicaciones no es necesario demostrar la participación de atributos tan escasos como los insumos endémicos y los métodos tradicionales de elaboración. Basta demostrar que un producto ha tomado el nombre de un pueblo, cuya fama ha trascendido la propia geografía de su origen. Cajeta de Celaya o Sarapes de Saltillo son dos buenos ejemplos de indicaciones geográficas.
El efecto de la protección es el mismo que en el caso de las denominaciones de origen, consistente en poder reservar su uso exclusivamente a los productores de la zona beneficiada, llegando a buena parte de los países con los que tenemos tratados en la prohibición en el asunto. Si el ejemplo del Tequila no nos ha motivado a seguir los mismos pasos, es difícil pensar en otra cosa que lo haría, sin embargo, las condiciones ya parecían ideales cuando se insertaron las indicaciones geográficas en la ley.
¿Qué nos falta entonces para detonar el crecimiento y los encadenamientos productivos de los productos que tienen indicación geográfica? Como suele ocurrir en estos casos, la respuesta es multifactorial. En primera instancia, podemos decir que es necesario el involucramiento directo de los productores como beneficiarios inmediatos; También es recomendable acompañar a los gobiernos estatales como promotores y financiadores de los esfuerzos; y como conducto para el logro de la tutela legal, es necesaria la participación del IMPI, desde que se detona la idea hasta más allá del decreto de tutela. Para su operación, las IG requieren financiamiento para los estudios que sustentan su existencia, así como para la conformación y funcionamiento de sus consejos reguladores. También requiere la sensibilidad y apoyo del Ministerio de Economía en la formación y aprobación de las normas oficiales aplicables.
Como ha sido ampliamente acreditado en varias regiones del mundo, las IG tienen una dimensión patrimonial, pero también cultural y turística. Es una figura que permite, a través de la apropiación legal de un nombre, generar un sentido de pertenencia y una disciplina de los productores que no se logra espontáneamente. Para múltiples comunidades en Europa (y poco a poco en otras latitudes), poseer una IG ha sido el parteaguas en la creación de productos exportables de alto valor agregado.
Hay muchas rutas para lograr el desarrollo de las IG en nuestro país. Una posible es la formación de un nuevo organismo, con leyes y recursos suficientes para impulsarlo; Otra forma es aprovechar al máximo los recursos y la experiencia del IMPI en la materia, como forma de generar el equilibrio necesario en el sistema. Pagos intensivos de tarifas de usuarios, redirigidos para proteger y fomentar el crecimiento de aquellos que han sido marginados durante muchos años.
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