
A lo largo de su historia, la Ciudad de México, capital del país y centro político, cultural y financiero de la nación, ha sido testigo de no pocas manifestaciones cívicas populares masivas. Excluyendo las de carácter religioso, en términos generales ha habido dos tipos.
En ambos casos han sido para expresar apoyo a una determinada causa o apoyo a un determinado carácter, o con ambos fines a la vez. La diferencia entre uno y otro tipo de manifestaciones ha consistido en que mientras algunas se han caracterizado por haber sido inducidas, artificiales, con alguna dosis de simulación, las otras, en marcado contraste, son básicamente genuinas y espontáneas.
Para decirlo rápido, se puede decir que algunos se han organizado utilizando el humillante transporte de personas, obviamente pagado, y los otros han prescindido de esta infame práctica. Tan sencillo como eso.
La primera gran manifestación auténticamente popular fue la que tuvo lugar el 27 de septiembre de 1821, con motivo de la entrada a la Ciudad de México de Agustín de Iturbide al frente del Ejército Triguarante. Las crónicas de la época relatan que se trató de una desbordante manifestación popular, espontánea y entusiasta, a través de la cual el pueblo manifestó su apoyo a la consecución de la independencia nacional.
Otra manifestación similar fue la registrada el 7 de junio de 1911, cuando a las tres de la tarde de ese día Francisco I. Madero entró triunfalmente a la Ciudad de México en medio de un apoyo popular desbordante y auténtico, porque el pueblo creía que significaba el derrumbe de el Porfiriato y la victoria de la Revolución. Por cierto, y para ser más específicos, en la madrugada de ese día, que era miércoles, a eso de las cuatro y media de la mañana, la ciudad “fue sacudida por un terrible temblor”. Once horas después del terremoto, el pueblo recibió emocionado a Madero.
Es probable que a lo largo de más de dos siglos se hayan producido otras grandes manifestaciones genuinamente populares.
El historiador Luis González señala que luego de la huida del Presidente de la República Sebastián Lerdo de Tejada, que marcó el triunfo del Plan Tuxtepec, en la tarde del 23 de noviembre de 1876 Porfirio Díaz “entró a la capital de la República que recibió con el júbilo acostumbrado a los vencedores” (Historia General de México, Colmex, pág. 654).
Es decir, que las constantes rebeliones, motines, tumultos, etc., en que tan pródigo fue el primer medio siglo de vida independiente del país, llegaron a instaurar la rígida costumbre de recibir en la ciudad a los vencedores “con alegría”.
¿Qué es lo anterior? Porque el presidente López Obrador se propone mañana sábado 18 de marzo, con motivo del aniversario de la expropiación petrolera, demostrar mayor fuerza que la exhibida el 26 de febrero por los cientos de miles de ciudadanos que se congregaron libremente en el Zócalo y en más de noventa ciudades del país, para exigir respeto al INE.
Al igual que sucedió el 27 de noviembre de 2022, cuando López Obrador intentó superar la multitudinaria marcha ciudadana del domingo 13 de noviembre, el oficialismo volverá a recurrir a la presión, la amenaza, el acarreo indigno de la ciudadanía y el obsequio humillante. Todo lo cual fue denunciado en aquella ocasión por numerosos y valerosos testimonios y denuncias, a través de audios, videos, declaraciones y documentos.
¿Cuándo comenzó el porteo de personas en México? No lo sabemos a ciencia cierta, pero vale la pena consignar como quizás el antecedente más remoto el que menciona Fernando del Paso en su novela histórica “Noticias del imperio”.
Escribe Del Paso que durante la intervención francesa, tras la caída de Puebla, el general francés Elías Forey hizo su entrada triunfal en la capital, habiéndosele entregado las llaves de la ciudad en la garita de San Lázaro y siendo “recibido por arcos triunfales y una lluvia de flores tan densa que algunos caballos se encabritaron asustados…”
Y añade: “La recepción costó a las propias tropas francesas más de noventa mil francos, la mayor parte, al parecer, en el acarreo de campesinos; El capitán Loizillon, en carta dirigida a su madrina, le decía que (Juan N.) Almonte había alquilado a los campesinos, a razón de tres centavos por cabeza, más un vaso de pulque” (hoy se llama Frutsi), para simular con trajo apoyo popular al invasor francés.
Como veis ha pasado más de siglo y medio ya estas alturas del bochornoso acarreo la cosa sigue igual. La única diferencia que se observa es la que existe entre pulque y Frutsi.
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