jue. Abr 30th, 2026

En la última columna comenté la relevancia del año 1994 en la historia reciente de nuestro país. Hay muchos cambios que comenzaron o ocurrieron hace tres décadas. En el tema de la democracia la diferencia es enorme con aquellos años. En este sexenio es claro que vivimos una suerte de retroceso, precisamente, al autoritarismo y a la adoración de la figura del Presidente como el hombre que todo lo puede. Una herencia priista que fue recuperada por el ex priista que tenemos como Presidente.

Sin embargo, vale la pena detenerse un poco en cómo se desarrollaron las elecciones desde entonces, sus resultados y sus protagonistas. Si las elecciones de 1994 mostraron la posibilidad de vencer al PRI y muchas de sus debilidades –especialmente el acceso a los medios de comunicación, como lo demostró el debate ganado por Diego contra Zedillo y Cárdenas; Los de 1997 serían el primer golpe al sistema priista, del que no volvería a salir ni siquiera con su regreso a la Presidencia un par de sexenios después. Me refiero a la caída de la CDMX, que en aquella ocasión ganó Cuauhtémoc Cárdenas y que las llamadas fuerzas de izquierda mantendrían hasta ahora. La CDMX ha sido el bastión del cardenismo y el lopezobradorismo. Las elecciones de 1997 se llevaron a cabo, por primera vez, con campañas publicitarias profesionales, con agencias y expertos, encuestas, etc. No importa mucho que tengamos elecciones modernas. Para ese año, las encuestas marcaban al PAN como posible ganador. Pero el partido se leyó mal, no eran intenciones a favor de los blanquiazules, sino para Diego Fernández. El PAN eligió a Carlos Castillo Peraza –un político muy talentoso y muy inteligente– que resultó ser un pésimo candidato. Ganó Cárdenas.

En el año 2000, Vicente Fox levantó la mano apenas terminadas las elecciones del 97. Se rieron de él por anticiparlo. Su avance fue enorme, nadie en el PAN se le opuso y resultó ser el mejor candidato jamás registrado. Armada con un notable talento de campaña, Fox no hizo más que ganar votos todos los días. Sólo con una candidatura así podría derrotar al PRI. Que su gobierno no fuera tan estimable como su candidatura es otra cosa, pero ahí empezamos a darnos cuenta de que no es el mismo perfil para un candidato que para un gobernante.

2006 le dio al PAN otra oportunidad. Una elección reñida, sin duda, que involucró dos proyectos en los que ganó Felipe Calderón y en los que las instituciones salieron airosas ante la amenaza de sabotaje del lopezobradorismo, que tuvo que esperar 12 años para llegar al poder. En 2012, Calderón tuvo que devolver la presidencia al PRI, que postuló a Enrique Peña Nieto, candidato señalado como el favorito de las televisoras. Sin duda era un candidato profesional, con método y sin fallos. El PAN se hundió al tercer lugar con Josefina Vázquez Mota.

El PRI, que creía que volvería a durar 70 años, se hundió – ​​¡sorpresa! – en la corrupción. El modelo político neoliberal, liderado por los partidos tradicionales, colapsó y México no fue la excepción. El agotamiento de los excesos del PRI y el PAN pasó factura y López Obrador, transformado en un líder indiscutible de masas, arrasó con sus contendientes y llegó con un gran margen de maniobra que ha utilizado para desmantelar los avances democráticos e institucionales de tres décadas.

Un hecho incuestionable queda como señal de este camino de nuestra democracia: los expresidentes de la vida democrática (1994-2018) viven en el extranjero -salvo uno que no vive en otro país, sino en otro planeta-. Ahí es donde estamos.

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