jue. Jun 4th, 2026

Porfirio Muñoz Ledo, político de oficio e imaginación estatal, nos llevó a ver nuestras circunstancias más allá de la aritmética elemental de los intercambios cotidianos. Amplia visión y claridad de palabra, persistente crítica a la pérdida de principios y criterios fundamentales para evaluar nuestra democracia, imprescindibles para construir y reconstruir los consensos necesarios para transitar y (re)inventar nuestro convulso camino democrático. Habilidades y cargos públicos que se echan de menos, sobre todo en tiempos convulsos como los que atraviesa la República.

La política busca centralizar y monopolizar los sentimientos populares y nacionales, mientras que su hermenéutica busca formas menos grotescas o groseras de evadir, de evadir, diría un fiscal, los mandatos legales. En particular, las que regulen los procesos de designación de candidatos y elección de representantes o representantes.

El surgimiento de nuevas candidaturas o la capacidad movilizadora de las ya anunciadas, aun bajo el grotesco disfraz inventado, no debe ser excusa para quienes aspiran o suspiran por comprometerse públicamente a enfrentar y superar progresivamente nuestros problemas sociales y productivos que, por independientemente de los esfuerzos imaginativos que hagamos, no ha mejorado significativamente. Menos aún si se considera que miles de jóvenes que no han tenido acceso a trabajos dignos y bien remunerados ni a una seguridad social que cada día les debe parecer engañosa siguen llegando a la edad laboral.

Si nos fuera posible formular un llamado contra la violencia y en defensa de la vida, tal vez podríamos mirar más allá del nublado horizonte que caracteriza hoy nuestra vida pública. Ventilar el ambiente, promover una amplia y libre circulación de la palabra, realizar deliberaciones comprometidas y reiteradas con conocimiento, respetuosas del otro, del contrario: exactamente lo contrario de lo que hemos hecho durante demasiados años.

Reformar para mejorar nuestra construcción democrática no pasa por el derribo institucional ni por el sometimiento o acorralamiento del adversario. Implica diálogo e intercambio, voluntad de confrontación y debate, pero sobre todo de asumir el valor potencial de la opinión diferente o contraria. Consejo primigenio que en su día esbozó el sabio Albert Hirschman y que debe ser consigna mayor, fundamental para todos los actores involucrados en las cosas de la vida pública.

Se trata de asumir plenamente la dificultad capital a la que hemos llegado, no sólo por haber dado paso a todo tipo de violencia y delincuencia armada, sino también por el desgaste de nuestros criterios de seguridad ciudadana y cediendo terreno a los simuladores profesionales de la extorsión o la compraventa de protección para una ciudadanía acorralada.

La tarea no es menor ni puede cumplirse si la vida política continúa regida por principios y valores ajenos a la conducta democrática; si las ocurrencias pesan más que las ideas, si el marketing prevalece sobre la ley y la marcha de la “gustos”.

Ser víctima de un triunfalismo vulgar, miope y autista es un lujo que no podemos permitirnos. Menos celebrar resultados o victorias imaginarias sin fundamento… A lo que nos hemos dedicado en este tiempo, sin pudor ni ambigüedad.

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Metro

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