mié. Ago 12th, 2026

Más allá de lo dicho, los hechos no sustentan la determinación de sumarse a la alianza Va por México.

Dirigentes y cuadros de los partidos convocados a coaligarse juran reconocer la necesidad de ir juntos y en conjunto con las organizaciones de la sociedad a la contienda electoral de 2024, pero no emprenden acciones ni asumen posiciones serias en ese sentido.

Peor aún, a veces esa oposición le da ventajas a Morena. Sin darse cuenta, se convierte en un activo para el partido que supuestamente quieren sacar del poder.

Conformar un frente capaz de presentarse ante el electorado como una opción real de poder con sentido, dirección y destino –no sólo como bloque de contienda– exige ejecutar tareas, hacer sacrificios y romper paradigmas.

Llevar a cabo esta hazaña no es una prioridad para la dirección partidaria de la oposición, aunque sus líderes declaran a gritos que están comprometidos con ella y están más unidos que nunca. El discurso oficial de los partidos Revolución Democrática, Revolucionario Institucional y Acción Nacional no tiene correspondencia con la práctica política.

La presunta voluntad de ser aliados no se corresponde con la realidad manifiesta en la que se insertan los líderes. Tal disconformidad, por momentos, parece una estafa a quienes, desde fuera y desde dentro, instan a estos partidos a aglutinarse a nivel electoral, político, legislativo y parlamentario, así como a diseñar los ejes de un posible gobierno de coalición.

Una estafa, o mejor dicho, una trampa en la que podrían caer activistas sociales y militantes partidistas verdaderamente convencidos de la coalición, así como el electorado al que podrían arrastrar. Estarían a salvo los grandes nombres de los partidos que, más allá del cántico aliancista, parecen centrados en defender sus intereses, evitar la cárcel o preservar el registro y las prerrogativas partidistas. Obstinados en concebir la ciudadanía como su instrumento, reacios a la idea de verse a sí mismos como su herramienta.

Los líderes de los partidos de oposición no están preocupados por relegitimar su mando y convertirse en líderes. Confunden liderazgo con gestión.

En mayor o menor grado y de diferente manera, estos mandos políticos basan su accionar en el dominio y control de los órganos de gobierno correspondientes a su partido sin advertir que, por lo tanto, los acuerdos de alianza carecen de solidez. No aprendieron ninguna lección de la experiencia del Pacto por México y quieren repetir la misma fórmula en Va por México. Se empeñan en practicar una política superior donde se encubren unos a otros, privilegian a sus familiares aun cuando el pasado los condene o los haga vulnerables y, luego, dan instrucciones a su militancia sin darse cuenta del malestar que habita en ellos.

El caso más sonado y patético de este tipo de líder es el del priísta Alejandro Moreno. No sólo confunde líder con gerente, sino también presunto y presuntuoso delincuente. Es uno de los políticos que entiende el comercio, el incumplimiento y la traición de acuerdos y compromisos como una habilidad política invaluable. Colaborar con él o confiar en él es tanto como comprar un billete de lotería que no entra en el sorteo y tener una fe ciega en ganar el premio.

Estas direcciones practican lo que critican: no están dispuestas a abrirse y distribuir el poder, sino a concentrarlo, reivindicar la política de cuotas y amigos, y convertir el pasado reciente en futuro próximo.

En cuanto al supuesto propósito de los líderes de abrirse a la sociedad, integrarla en sus decisiones y fortalecer su vínculo con ella, habiendo resuelto el método de selección de candidatos para las elecciones de este año y el próximo como un botín privado se desvanece ese delirio.

La Acción Nacional Revolucionaria Institucional no solo marginó a un aliado, como supuestamente lo es el Partido Sol Azteca, sino también a las organizaciones ciudadanas que impulsan la alianza. Ni para ver cómo devoraron aquel pastel, partido en dos, fueron invitados. Quizás por lo mismo, en las esporádicas e inconexas pasarelas donde desfilan los cuadros partidistas interesados ​​en la candidatura presidencial, ésta no incluye –si es que los hay– aspirantes ciudadanos. A los dirigentes les sigue tentando la idea de reciclar cartuchos quemados o recolectar desechos, pero no formar y cultivar cuadros partidistas o no y construir una candidatura fuerte.

Así, sin establecer las coincidencias que puedan dar impulso y viabilidad a la coalición ni fijar de forma clara y abierta el método de selección de los posibles campeones, la alianza se desvía. Por ejemplo, el veto del perredista Jesús Zambrano a la aspiración presidencial de la senadora neopanista, Lilly Téllez. No sin razón, el primero argumenta que el segundo está lejos del centro izquierda, pero ¿será que los líderes del partido ya tienen definido el perfil político de los que quieren ir a lo grande?

En definitiva, siempre que pueden, los líderes de los partidos hacen sentir a los ciudadanos y militantes que están ahí para apoyar sus decisiones y no al revés.

De la necesidad de romper paradigmas y repensar la forma de hacer política, saliendo de los pasillos y gastando soles en la calle, mejor ni hablar.

Los líderes de los partidos de oposición no están para eso. Si es el caso que la empresa se moviliza, sigue sus instrucciones y aparta un lugar para ellos a la sombra, si hay sol ese día. Lo suyo son acuerdos breves y privados, aumentando la productividad de newsletters y comunicados y elevando el tono de la denuncia.

Como quiera y dado el tiempo, sería bueno saber si estos mandatarios van solo por lo suyo o si van por México.

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Metro

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