
Parece haber consenso en la expectativa de que 2024 será un año de desaceleración económica. Es decir, los escenarios de las grandes casas de bolsa y organismos multinacionales proyectan tasas de crecimiento del Producto Interno Bruto por debajo de las observadas durante el año en curso. Sin embargo, se abren al menos dos lecturas importantes para el contexto económico global acorde con tales cifras.
Por un lado, se destaca que los esfuerzos de política monetaria aún deberían mostrar un efecto significativo en el ritmo del crecimiento económico. Además, si la inflación global continúa mostrando signos de moderación a un ritmo muy gradual, el clima de altas tasas de interés reales podría extenderse hasta el próximo año. En tal contexto, las condiciones monetarias restrictivas seguirían afectando negativamente el crecimiento económico.
Además de lo anterior, los obstáculos económicos se verían reforzados por el agotamiento de los ahorros de los consumidores en el mundo desarrollado, especialmente en Estados Unidos. En muchos casos, existen riesgos de desarrollar problemas futuros en términos de deuda familiar. Lo anterior se justificaría bajo un escenario donde los hogares intentarían mantener su tasa de consumo lo más estable posible a través del endeudamiento (tarjetas y préstamos personales) en ausencia de mayores ahorros creados durante la pandemia.
En cambio, hay un contexto cualitativamente diferente que también podría ser consistente con una desaceleración, pero mucho más constructivo para el crecimiento económico hacia el segundo semestre de 2024 y 2025. En esta otra lectura, se asumiría que los mayores efectos restrictivos de la La política monetaria ya se ha transmitido a la economía y, en este sentido, lo peor ya pasó.
En este contexto, la tendencia a la baja de la inflación sería mucho más consistente con la convergencia hacia los objetivos de los respectivos bancos centrales. En el mismo sentido, señales de desaceleración económica darían a los bancos centrales un mayor margen de maniobra para comenzar a normalizar las condiciones monetarias (recorte de la tasa de interés de referencia).
Por el lado del consumo, el descenso más acusado de la inflación y sus expectativas, sumado a las nuevas revisiones salariales vigentes para el próximo año, implicarían una recuperación del poder adquisitivo. Tal fenómeno contrarrestaría parcialmente la pérdida de impulso del consumo explicada por el agotamiento de los ahorros vinculados a los apoyos otorgados en varias latitudes durante la pandemia, así como los asociados al consumo postergado.
Ambos escenarios serían consistentes con un menor ritmo de crecimiento económico global para el año siguiente. Sin embargo, el segundo mencionado anteriormente sentaría mejores bases para una desaceleración más moderada y una recuperación más temprana. Adicional a un mejor contexto para las proyecciones económicas para 2025.
Serán las cifras de inflación y las condiciones del mercado laboral en los meses inmediatos las que más pronto nos sugerirán qué tipo de narrativa será más relevante para el próximo año.
Sin embargo, uno de los elefantes en la sala será el efecto de un año electoral mundial récord sobre la actividad económica, tanto directa (a través del gasto público) como indirectamente (a través del estado de la confianza del consumidor). Dedicaremos una columna futura a este tema.
Joel Virgen es el analista económico del sector financiero radicado en Nueva York, Estados Unidos. Sus opiniones no necesariamente representan las de una institución financiera en particular.
Gorjeo: @joelvirgen
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